Lima recibe muchas veces con el cielo gris. Durante buena parte del año, la garúa, esa neblina húmeda que los limeños llaman “panza de burro”, tapa el sol y se funde con el océano en una misma franja de color plomo. Por eso sorprende la primera imagen del JW Marriott Lima. Desde la calle, a través de la fachada de vidrio, se ve una gran lámpara circular que recorre los 14 metros de altura del vestíbulo y une todas las plantas públicas del hotel. Su forma recuerda a las terrazas concéntricas de Moray, el antiguo laboratorio agrícola de los incas en el Valle Sagrado de Cusco.

La torre se levanta en el Malecón, en pleno Miraflores, justo donde la ciudad se asoma al vacío de la Costa Verde. A unos pasos, el centro comercial Larcomar se esconde dentro del propio acantilado. Abajo, la carretera bordea el Pacífico. Arriba, los parapentes que despegan de los acantilados de Miraflores planean junto a la fachada. Desde las plantas altas, por momentos, parece que van a estrellarse contra la ventana.

Veinticinco años en el malecón

El hotel abrió sus puertas en el año 2000 con el nombre de Lima Marriott Hotel & Stellaris Casino. Lo diseñaron el estudio Arquitectonica y la constructora peruana Graña y Montero, que levantaron una torre de 25 plantas y 300 habitaciones en uno de los primeros grandes edificios de esta parte del malecón. En 2001 pasó a llamarse JW Marriott, la marca de lujo de la cadena. En 2006 se separó del casino y adoptó su nombre actual.

Desde entonces, sus pasillos han visto pasar a jefes de Estado. En 2008, durante la cumbre de APEC, se alojó aquí George W. Bush. En 2024, con la misma cumbre de vuelta en Lima, el huésped fue Joe Biden. Desde 2019, el edificio pertenece al Grupo Breca, uno de los grandes conglomerados empresariales de Perú.

El próximo capítulo ya tiene fecha. En mayo de 2026, Marriott anunció que en 2028 el hotel pasará a operar como The Ritz-Carlton, Lima, la segunda propiedad de esa marca en Sudamérica. El nombre JW Marriott se trasladará entonces al actual Westin de San Isidro. Mientras llega ese cambio, el hotel ha completado una renovación que empezó por los espacios públicos y terminó en las habitaciones, con una idea que lo recorre todo, la de convertir el edificio en un viaje por la geografía y la historia del país.

Perú cabe en el vestíbulo

El recorrido empieza nada más cruzar la puerta. Las paredes altas y texturizadas del acceso, de color arena, imitan los acantilados de la Costa Verde que protegen el litoral de Lima. En el corazón del vestíbulo, una chimenea revestida de cuarzo gris y naranja evoca los desiertos de la costa peruana y funciona con vapor de agua y luz.

Arriba, en la segunda planta, un muro anguloso y geométrico reinterpreta la cordillera de los Andes y la precisión de los muros incas. Muy cerca, los jardines verticales de musgo natural y plantas ornamentales traen al interior los humedales limeños y la selva amazónica. Los mosaicos del suelo de la recepción, hechos a medida, repiten los círculos del techo como si fueran las terrazas de Moray o las ondas del océano.

La historia colonial aparece en las celosías de madera. Lima es una de las ciudades del mundo con más balcones de madera, construidos en su mayoría en los siglos XVI y XVII bajo influencia andaluza. El hotel los reinterpreta en celosías inspiradas también en las tapadas limeñas, las mujeres que en la Lima virreinal se cubrían con un manto y dejaban ver solo un ojo. Muchas de esas celosías dibujan olas y formas marinas.

El azul domina el restaurante La Vista, el color del Pacífico que entra por los ventanales, pero también el de las cuestas de San Blas, el barrio de artesanos de Cusco donde las casas blancas se pintan con puertas y balcones azules. En el comedor privado cuelgan las obras de gran formato de Gam Kluitier, un artista neerlandés afincado en Perú desde hace años que mezcla animales y formas abstractas.

Habitaciones con memoria colonial

Las habitaciones se renovaron por completo en 2025 y son la parte del hotel donde el discurso del diseño se vuelve más íntimo. La paleta es contenida, con paredes revestidas de un textil gris de textura rayada, techos blancos y suelos de roble claro con certificación FSC. Sobre esa base neutra, cada pieza cuenta algo de Perú.

El cabecero es el centro de la habitación. Es una gran pieza de cuero color tabaco flanqueada por paneles con un bordado geométrico en tono dorado, un dibujo de líneas quebradas que reinterpreta los motivos de la época colonial. A ambos lados cuelgan lámparas con forma de farol y cristal ambarino. Sobre la cama descansan mantas de baby alpaca tejidas por artesanos de comunidades altoandinas que viven a más de 3.800 metros de altitud, agrupados en la asociación Wayra.

El espacio se divide en dos zonas. Una está dedicada al descanso. La otra, junto al ventanal, sirve para comer, leer o trabajar, con una mesa redonda de mármol sobre una base cónica negra y un sillón envolvente de piel clara. Las cortinas de gasa gris filtran la luz de la garúa. En las habitaciones que miran al mar, basta descorrerlas para que el Pacífico ocupe todo el ventanal.

Las categorías van de las habitaciones urbanas y contemporáneas a las suites. En las Junior Suite, el dormitorio y el salón comparten un espacio abierto que gira en torno a un sofá curvo blanco con cojines de terciopelo verde y una mesa baja de mármol. Detrás de la cama, unos paneles de madera clara con listones verticales recuerdan a unas contraventanas.

El diseño de los baños se inspira en el encuentro entre la Costa Verde y la ciudad, que traduce en planos superpuestos. Las superficies lisas de madera y mármol claro contrastan con un muro de piedra Talamoye, oscura y rugosa como una pared de roca. En las Junior Suite, sobre esa piedra se ilumina un espejo ovalado, mientras una bañera exenta espera junto a la ventana con el océano al fondo.

La renovación tiene también una parte menos visible. La decoración usa piedras locales, las luces LED y los sensores de energía reducen el consumo eléctrico de las habitaciones en un 70 %. Las botellas de plástico han desaparecido. En su lugar hay envases de vidrio reutilizables y dispensadores de agua en cada pasillo que llevan la cuenta de las botellas ahorradas.

Un taller de ceviche y un jardín frente al mar

Rafael Casín

La renovación de la segunda planta trajo consigo un nuevo chef ejecutivo. Rafael Casín es peruano y lleva más de veinte años en cocinas de lujo. Empezó en Londres, trabajó en Italia y pasó por El Celler de Can Roca, en Girona, antes de volver a Perú. Allí se sumergió en la cocina andina como chef ejecutivo de hoteles en Cusco. Su propuesta para el JW Marriott consiste en recorrer la despensa del país, de la sierra cusqueña a la selva de Loreto, pasando por los huertos de Pachacamac, a las afueras de Lima.

Con él compartimos un taller de ceviche, el plato que mejor resume la cocina peruana. Pescado fresco, limón, ají, cebolla roja y sal bastan para construirlo. El jugo que suelta, la leche de tigre, tiene vida propia en las barras de Lima y también su propia interpretación en el JW. Perú lo declaró Patrimonio Cultural de la Nación en 2004 y le dedica un día nacional cada 28 de junio. En diciembre de 2023, la UNESCO inscribió las prácticas y los significados asociados a su preparación y consumo en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

El otro escenario de la visita fue el jardín del hotel, una de las señas de identidad de la marca. El programa JW Garden lleva huertos y jardines de hierbas a los hoteles JW Marriott de todo el mundo, en recuerdo de los paseos diarios por la naturaleza del fundador de la cadena. También rinde homenaje al huerto que su esposa, Alice Marriott, cultivaba para las cenas familiares. En Lima, el jardín recibe la brisa del Pacífico y aporta hierbas aromáticas a la coctelería y a los postres. Parte de las verduras llega además de huertos ecológicos del valle de Lurín, en Pachacamac.

La despensa de Perú en tres mesas

Todo ese producto desemboca en tres espacios. En La Vista, el plato que resume la idea del chef es la carrillera en salsa de tucupí negro. La carne se cocina durante 36 horas y se sirve con papa nativa de Huatata, en Cusco. El tucupí negro es una salsa fermentada de yuca brava que elaboran, con una receta transmitida de generación en generación, las comunidades nativas de las orillas del río Ampiyacu, en Loreto. En un mismo plato se juntan así la costa, la sierra y la selva. El restaurante acoge también el desayuno buffet, la merienda en los meses de verano y el brunch de los domingos, alrededor de unas mesas centrales escultóricas que esconden los sistemas de refrigeración cuando no se usan.

Al caer la tarde, el movimiento se traslada al JW Lounge, organizado en tres estaciones, una de mixología, otra de barra clásica y una tercera de sushi. Allí los itamaes, los maestros del corte japonés, preparan una propuesta nikkei, la cocina nacida del encuentro entre Japón y Perú, mientras la barra sirve cócteles de autor, pisco y vinos de una cava seleccionada. Sobre la barra cuelga una lámpara diseñada en Italia cuya forma recuerda a una constelación.

El dulce tiene su propio espacio. El JW Market está a cargo de la chef pastelera Valery Schroth, que trabaja con frutas andinas como el aguaymanto, la lúcuma o la chirimoya. Sus creaciones se en una pequeña cafetería y llegan también al resto de restaurantes del hotel.

Del malecón a Barranco

Entre comida y comida, el hotel ofrece una piscina exterior con bar propio que abre durante el verano local. También cuenta con un gimnasio que la propia casa presenta como el más grande de la ciudad dentro de un hotel.

Aun así, la tentación está al otro lado de la puerta. El malecón de Miraflores es un largo paseo verde sobre el acantilado, con espacio para caminar, correr o pedalear con el océano siempre a un lado. Junto al hotel queda el parque Salazar y, pegado a él, Larcomar, con tiendas de artesanía, galerías y restaurantes asomados al mar. Desde sus terrazas se ve caer el sol sobre el Pacífico en los días en que la garúa da tregua.

Siguiendo la costa hacia el sur se llega a Barranco, el barrio bohemio de Lima, que a finales del siglo XIX fue el balneario de veraneo de las familias limeñas. Sus casonas republicanas de colores, sus murales y sus galerías conviven con museos como el MATE, dedicado a la obra del fotógrafo Mario Testino, o el MAC, el museo de arte contemporáneo de Lima. El corazón del barrio es el Puente de los Suspiros, una pasarela de madera tendida sobre la Bajada de Baños, la vieja escalinata que baja hasta el mar y que Chabuca Granda inmortalizó en una de sus canciones.