Pocas capitales europeas generan tanta sorpresa al visitante como Berna. Los viajeros que llegan a Suiza se pierden entre los Lagos de Lucerna, escalan el Jungfrau o recorren en tren el paso del Gottardo. Y reservan Berna para una próxima vez que rara vez llega. El resultado es una ciudad medieval extraordinariamente bien conservada, con menos aglomeraciones que sus vecinas y con el carácter intacto de quien no ha tenido que adaptarse a los gustos de nadie.
La ciudad se asienta sobre una península natural formada por el río Aar, que la rodea en un amplio meandro. Esa geografía peculiar le ha dado durante siglos una forma compacta y fácilmente reconocible desde las alturas. Con algo más de 130.000 habitantes en su núcleo urbano, Berna funciona a un ritmo tranquilo que contrasta con la imagen de eficiencia frenética que el mundo suele proyectar sobre Suiza. La ausencia de atascos, el silencio de las calles a mediodía, la eficiencia de su transporte público y la amabilidad de sus habitantes resulta del todo envidiable para los que vivimos en una gran ciudad.
Historia: de la fortaleza medieval a la capital federal

Berna fue fundada en 1191 por Bertold V, duque de Zähringen, en un promontorio rodeado por el Aar. Según la tradición, el duque decidió dar a la nueva ciudad el nombre del primer animal abatido en aquellas tierras durante una cacería: un oso. El Bär, en alemán, se convirtió en el símbolo de la ciudad y sigue presidiendo su escudo de armas, sus fuentes, sus banderas y, de manera muy literal, el foso con osos vivos que se conserva, no sin polémica, en el extremo oriental del centro histórico. Si el duque hubiera tenido mejor puntería aquel día y hubiera cazado, digamos, una liebre, la capital de Suiza se llamaría hoy Hase y sus habitantes decorarían sus balcones con conejos de peluche. La historia prefirió al oso y los berneses lo agradecen.
Durante los siglos XIII y XIV, Berna creció con rapidez hasta convertirse en una de las ciudades más poderosas de la Confederación Helvética. En 1353, se integró formalmente en la alianza de cantones que daría origen a la Suiza moderna. Su posición geográfica central, su muralla imponente y su capacidad para negociar alianzas con los territorios vecinos la convirtieron en un actor decisivo en la política alpina de la Baja Edad Media.

Sin embargo, un gran incendio de 1405 arrasó buena parte de la ciudad. La ciudad se reconstruyó con piedra arenisca en lugar de madera y esa decisión determinó el aspecto urbano que Berna tiene todavía hoy. Las fachadas color ocre y dorado, los soportales continuos que recorren kilómetros bajo los edificios y las torres medievales son herederos directos de aquella reconstrucción sistemática. La UNESCO reconoció el valor excepcional de ese conjunto en 1983, cuando declaró el centro histórico de Berna Patrimonio de la Humanidad.
En 1848, tras la aprobación de la Constitución Federal suiza, la ciudad fue designada sede del gobierno federal. El término oficial que se usa en Suiza no es “capital” en el sentido pleno, ya que la Confederación rechaza históricamente las jerarquías simbólicas, una curiosidad que los guías locales explican con cierta insistencia. La ciudad es la “ciudad federal” (Bundesstadt), lo que en la práctica significa que alberga el Parlamento, el Consejo Federal, los ministerios y las instituciones diplomáticas, aunque formalmente ningún cantón tiene rango superior a otro.
Dicho de otra manera. Berna es la capital de Suiza para todo el mundo excepto para los suizos, que prefieren no llamarla así para no herir susceptibilidades cantonales. Es el tipo de solución diplomática que solo puede ocurrírsele a un país que lleva siglos perfeccionando el arte de no ofender a nadie.
Un paseo por la ciudad: soportales, un reloj astronómico y fuentes

Recorrer el centro histórico de Berna a pie es la mejor manera de entender su arquitectura y su carácter. La red de soportales, llamados Lauben en alemán, se extiende durante aproximadamente seis kilómetros a lo largo de las calles principales. Esos pasillos cubiertos protegen a los peatones de la lluvia y la nieve en invierno, y del sol en verano, lo que convierte el paseo urbano en una actividad cómoda durante todo el año. En días de lluvia, es perfectamente posible moverse de un extremo al otro del centro histórico sin mojarse.
La calle Kramgasse concentra algunos de los elementos más representativos de la ciudad. En un extremo se alza la Zytglogge, el reloj astronómico medieval que marca el centro simbólico de Berna. Construido en el siglo XIII como torre de la puerta de la ciudad, fue transformado en reloj a comienzos del siglo XV.
Cada hora, un espectáculo mecánico de figuras animadas atrae a pequeños grupos de visitantes: osos dorados que giran, un bufón que agita sus campanillas, un gallo que cacarea… El mecanismo tiene más de quinientos años y sigue funcionando con una precisión sorprendente.





Zytglogge - Fotos: Christian Rojo
Albert Einstein vivió muy cerca, en un apartamento de la misma calle Kramgasse entre 1902 y 1909. Y fue allí, en esa vivienda hoy convertida en museo, donde desarrolló los trabajos que culminaron en la teoría de la relatividad especial. El propio Einstein reconoció en varias ocasiones que sus paseos diarios frente a la Zytglogge alimentaron su obsesión por los experimentos mentales sobre la velocidad y el tiempo.
Llegó a describir uno de sus célebres Gedankenexperimente imaginando qué ocurriría si un tranvía se alejara del reloj de la torre a la velocidad de la luz. Resulta tentador pensar que sin esa torre y sin esos paseos, la física del siglo XX habría tenido que esperar un poco más.
Las fuentes de Berna son otro elemento que merece atención. Distribuidas por toda la ciudad, una docena de fuentes monumentales del siglo XVI muestran figuras alegóricas pintadas con colores intensos: el Ogro devorador de niños (Kindlifresserbrunnen), el Arquero, el Heraldo o la Justicia.

La fuente del Ogro es realmente curiosa. Representa a un gigante con una sonrisa tranquila que se lleva un niño a la boca mientras tiene otros tres esperando turno en el saco. Los historiadores llevan siglos debatiendo su significado. Una teoría apunta a una advertencia pedagógica medieval para niños desobedientes. Otra, la relaciona con el carnaval y las figuras del miedo ritual. La más inquietante, que algunos investigadores defienden con criterio, sugiere que podría ser una sátira antisemita del siglo XVI.
El caso es que la figura lleva quinientos años en su sitio, los turistas se fotografían con ella encantados y los niños de Berna crecen sabiendo perfectamente qué les espera si llegan tarde a cenar. Todas las fuentes tienen réplicas de las originales, que se conservan en el Museo de Historia y todas siguen siendo fuentes funcionales. En verano, algunos vecinos llenan botellas directamente de sus caños.







Berna - Foto: Christian Rojo
La Catedral de Berna, el Münster, domina el centro histórico desde una terraza que se asoma al río. La construcción se inició en 1421 y el remate de la torre principal no quedó concluido hasta 1893, lo que convierte al Münster en la iglesia más alta de Suiza con 100 metros de campanario.
El portal principal está decorado con un tímpano gótico extraordinariamente bien conservado, con escenas del Juicio Final donde más de doscientas figuras se reparten entre el paraíso y el infierno. Desde la plataforma exterior de la torre, si el clima acompaña, la vista sobre los Alpes berneses es una de las más nítidas que se pueden disfrutar desde una ciudad europea.


Catedral de Berna - Foto: Christian Rojo
El edificio del Parlamento federal, el Bundeshaus, cierra la ciudad por el lado sur con su cúpula neorrenacentista. La visita gratuita a su interior permite acceder a la sala del Consejo Nacional y a los frescos que ilustran la historia de la Confederación. Es un edificio construido para impresionar, diseñado con materiales traídos de todos los cantones suizos, y cumple su función representativa sin excesos.
La vida en torno al río

El río Aar no es un elemento decorativo del paisaje de Berna. Es un espacio de uso cotidiano, una franja verde y azul que los habitantes de la ciudad tratan como un gran parque. El agua del Aar baja fría durante todo el año, procede del deshielo de los glaciares alpinos y mantiene temperaturas que oscilan entre los 16 y los 20 grados centígrados incluso en pleno verano. Esa frialdad, lejos de disuadir a los berneses, es la condición que hace posible su deporte estival más característico: dejarse llevar por la corriente.
Cada verano, cientos de personas se lanzan al Aar en el sector del Marzili, junto a las instalaciones de baño públicas situadas al pie de este barrio. Nadie, o casi nadie, intenta nadar contracorriente. La práctica habitual consiste en dejarse llevar por la corriente durante varios centenares de metros, salir del agua en alguno de los puntos establecidos y regresar al punto de partida a pie. Algunos berneses llevan sus pertenencias en bolsas estancas y hacen el trayecto varias veces seguidas durante la pausa del mediodía.

Los márgenes del Aar están acondicionados con zonas de césped, caminos para peatones y ciclistas, bonitos restaurantes y zonas de picnic. En los meses cálidos, la vida social de buena parte de la ciudad se desplaza hacia esas riberas. Familias, estudiantes, turistas y vecinos de toda condición comparten el espacio sin aparente conflicto. El Aar marca también la transición entre el centro histórico, encaramado en lo alto del meandro, y los barrios más tranquilos que se extienden al otro lado del río. El puente Nydeggbrücke conecta el casco antiguo con el Rosengarten, un jardín de rosas con vistas panorámicas que en primavera se convierte en uno de los miradores más concurridos de la ciudad.
El Gurten: la montaña de los berneses

Muy cerca del centro de la ciudad, el Gurten es la montaña particular de Berna, ese lugar al que los habitantes de la ciudad suben un domingo por la mañana para desconectar. Se accede en pocos minutos desde el barrio de Wabern a través de un funicular histórico que lleva en funcionamiento desde 1899 y que ha sobrevivido a dos guerras mundiales y a varias generaciones de berneses con vocación montañera. El trayecto dura apenas cuatro minutos, pero el cambio de perspectiva es inmediato.
Desde la cima, a 858 metros de altitud, la vista sobre la ciudad y los Alpes berneses es una de las más completas de la región. En días despejados se distinguen con nitidez el Eiger, el Mönch y la Jungfrau alineados en el horizonte sur, mientras al norte la meseta del Mittelland se extiende con suavidad hasta perderse en la distancia.


Berna - Foto: Christian Rojo
En la cima funciona el restaurante Gurtner, un establecimiento con terraza amplia y cocina que tira hacia los clásicos suizos, rösti incluido. En verano, las mesas exteriores se llenan de familias y grupos de amigos que combinan el paseo por los senderos del bosque con una comida sin prisa y con vistas. En invierno, cuando la nieve cubre la cima, el Gurten se convierte en un pequeño paraíso de trineos para los niños de la ciudad, una tradición que los padres berneses transmiten con pasión.
Berna no necesita anunciarse. Funciona con la discreción característica de quien sabe exactamente lo que tiene y no siente la necesidad de convencer a nadie. La capital de Suiza es una ciudad para caminar bajo los soportales en un día lluvioso de noviembre, para lanzarse al río en agosto con los vecinos, para detenerse ante un cuadro de Klee y salir al jardín a tomar el aire entre colinas de acero. Es, sobre todo, una ciudad para regresar.

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