Cuando el turista llega a Portobelo, en la costa norte de Panamá, lo que más suele llamarle la atención es el grandioso fuerte marítimo que protege a la ciudad frente a la costa del Caribe. Un antiguo y bien conservado recuerdo de la presencia española en uno de sus primeros asentamientos en el Nuevo Mundo. Frente a esa bien conocida historia de “gloriosas hazañas” de los conquistadores españoles, pasa mucho más desapercibida, sin embargo, una historia sin duda más interesante: la historia de la cultura de los Congos en el país panameño.

Y es que suele ser habitual cuando viajamos que nos centremos en grandes monumentos que nos recuerdan reiteradas historias de batallas, conquistas, reyes señoriales o catedrales ostentosas. Pero olvidados tras esa macrohistoria, como la llaman los expertos, suelen ocultarse muchos lugares interesantes que nos hablan de un relato diferente, de la mal llamada microhistoria, que nos cuentan en definitiva la historia real de los sitios que visitamos. Es el caso del Rincón de la Cultura Congo, gestionado por la fantástica Mamá Ari, a la que tuve la suerte de conocer en mi visita a Panamá, y de otros puntos de Portobelo que conservan la memoria de la comunidad congo. Conozcamos un poco de su historia y tradiciones.

Historia de la cultura Congos

Historia de la Cultura Congos

Hagamos una breve introducción para entender la historia de esta cultura que fue reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco en 2018. Tras la invasión española del centro y del sur de América, comenzaron a llegar a partir de 1523 numerosos barcos esclavistas que traían a hombres y mujeres capturados en países como Angola, Camerún, Guinea y el Congo para trabajar en los campos y las ricas minas del nuevo continente.


Estas comunidades de esclavos fueron cultivando su propia cultura con una fusión de estilos musicales de origen africano, sus propios cantos, instrumentos y bailes con una vestimenta muy particular. También desarrollaron un sincretismo religioso propio que se apropió de ciertos elementos de la religión católica como los diablos, muy importantes en la tradición de los congos, como veremos a continuación.

Y llegaron a crear incluso su propio idioma en una curiosa mezcla de palabras en castellano, inglés, francés y portugués que hablaban al revés para evitar ser entendidos por sus dueños esclavistas. Gracias a esta forma de comunicación y un fuerte sentimiento de comunidad consiguieron tener éxito en numerosas revueltas y constituyeron diferentes palenques en los alrededores de Portobelo. A principios del siglo XVII, consiguieron que se les reconociera cierta libertad y pudieron mantener una vida comunitaria que preservó estas tradiciones durante los siglos posteriores.

La modernización del país en el siglo XX conllevó la dispersión de la población y aunque la mayoría de sus descendientes se mantienen en la provincia de Colón, hoy existen también algunas comunidades en El Escobal, en torno al Lago Gatún y al sur del país. La tradición se fue perdiendo con las nuevas generaciones, pero el trabajo de diferentes personas, como la propia Mamá Ari o la fotógrafa Sandra Eleta, así como de colectivos como de la Fundación Bahía de Portobelo han resultado fundamentales para que se terminase reconociendo su enorme valor cultural y, sobre todo, para que las nuevas generaciones lo conocieran y no se perdiera en la vorágine de la globalización.

El rito de la danza Congo

La Danza Congo – Foto de la Fundación Bahía de Portobelo

La representación más importante de esta cultura es sin duda su música y su danza tradicional. Se trata de un arte lleno de simbolismos que bebe de las más antiguas raíces africanas y que está fuertemente vinculado con la naturaleza. De hecho, el baile debe realizarse descalzo para sentir el contacto con la tierra y los movimientos del hombre y la mujer tratan de imitar o conectar con los propios movimientos de nuestro entorno.

No existen movimientos ni una coreografía establecida porque el baile es fundamentalmente improvisado. Los bailarines tratan de expresar sus sentimientos más íntimos mediante el movimiento y la pareja de baile responde a su compañero de manera intuitiva tratando de seguir sus gestos.

Lo que sí está perfectamente establecido es el reparto de los personajes que forman parte del denominado Drama del Congo. La protagonista del baile es la Reina, que representa a las mujeres que guiaron a la población a la libertad y a los palenques en la selva. Le acompaña su esposo Juan de Dios, que viste una ostentosa corona, el bastón de mando y una faja con insignias. Alrededor de ellos pululan un gran número de personajes como, por ejemplo, los diablos, disfrazados con llamativos disfraces rojos y cuernos, u otros como El Cazador, El Matuanga, El Filibustero, El Holandés, El Arcángel o La Turba Raza, entre muchos otros.

La música se interpreta en directo por bandas de músicos que tocan diferentes tipos de tambores. El principal se conoce como La Caja y será el que lleve el compás. Se trata de un instrumento cilíndrico elaborado con madera y cubierto de cuero que se toca con dos palos. Le suelen acompañar el tambor de balso repicador, de sonido más agudo, y el tambor de balso pujador, con un sonido más grave.

Vivir la cultura de los Congos en Portobelo

Rincón de la Cultura Congo

La cultura de los Congos está presente todo el año en Portobelo y podremos conocerla si nos acercamos a alguno de estos lugares. El primero es la Casa Congo, una bonita casa colonial que alberga un hotel y un restaurante con fantásticas vistas a la bahía. Se trata de un proyecto gestionado por la Fundación Bahía de Portobelo que sirve como sede para talleres de formación, producción artesanal y centro de exposiciones. Tanto si optamos por alojarnos en su hotel como si estamos solo de paso, es muy recomendable acercarnos para que nos expliquen las tradiciones de esta comunidad y los objetivos de esta asociación.

La misma Fundación también gestiona la Escuelita del Ritmo, un centro de formación gratuito donde niños y jóvenes aprenden a entender la música y a tocar algún instrumento. No solo los tradicionales tambores usados en la música congo, sino también todo tipo de instrumentos como la guitarra, el piano, saxofón, trompeta, etc. Puedes consultar las diferentes actividades que organizan en su página de Facebook.

Por último, también podemos visitar esa pequeña casita que os mencionaba al comienzo del artículo conocida como el Rincón de la Cultura Congo, donde Mamá Ari ha construido una familia muy especial. En esta pequeña escuela, los niños de la zona aprenden tanto a tocar los tambores tradicionales como el arte artesanal para fabricar las máscaras y los sombreros que se usarán en el baile. Solía estar abierta durante los fines de semana, aunque es posible que los horarios hayan cambiado con la pandemia. Pero en cualquier momento, puedes contactarles a través de su página de Facebook y organizar una visita para que te expliquen su proyecto.

Mayo, el mes de la cultura negra

Aunque, sin duda, el mejor momento para acercarse a Portobelo y descubrir la cultura de los congos es en mayo, cuando se conmemora el mes de la cultura negra y se celebran diferentes actividades y festivales. La fiesta principal de la cultura congo suele tener lugar el día 30 de mayo cuando la reina, los diablos y el resto de los personajes de su danza ritual toman las calles de Portobelo.

Ese día toda la ciudad se engalana, la plaza central de llena de banderines de color negro y rojo y los puestos callejeros de comida se multiplican. En mitad de la plaza, una corona dorada espera a que la reina conga llegue a por ella mientras los diablos corren y asustan al público asistente. Los tambores comienzan a sonar en manos de las diferentes agrupaciones de la región, incluyendo la de la escuela de Mamá Ari, y el rito del baile se inicia.

Las celebraciones suelen contar con la participación de más de 500 artistas y se alargan durante todo el día hasta que un espectáculo de fuegos artificiales indica el final de la fiesta. Solo entonces, congos y diablos se dan la mano, se funden en un abrazo y se citan para el próximo festival. Una nueva fiesta a la que sin duda querrás volver al año siguiente.

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