Nos encontramos posiblemente ante uno de los museos más tristes y desoladores del mundo. El Museo del Genocidio de Phnom Penh es, pese a todo, una visita obligada para entender o tratar de acercarnos al menos a la trágica historia reciente de Camboya. De alguna manera, es también un golpe duro y certero en nuestra consciencia sobre algunos aspectos de la naturaleza humana. Miserias que suelen permanecer ocultas hasta que salen a la luz de la forma más terrible.

Avisamos, por tanto, que la visita a este museo es una experiencia dura y poco agradable; posiblemente no apta para todas las personas. En este artículo te explicaré en qué consiste el museo y haré un breve acercamiento a este triste periodo de la historia de Camboya. En el camino intentaré no caer en el morbo o en descripciones demasiado gráficas y, por eso mismo, he decidido ilustrar el artículo únicamente con alguna fotografía neutra del exterior del edificio.

¿Qué es el Museo del Genocidio o Tuol Sleng?

Museo del Genocidio – Foto de Descubrir.com

El Museo del Genocidio Tuol Sleng se encuentra en la antigua escuela Tuol Svay Prey en el centro de Phnom Penh, la capital de Camboya. En 1975 los Jemeres Rojos tomaron el poder en Camboya y ordenaron a los habitantes que evacuasen esta ciudad y que sus habitantes se desplazasen a trabajar al campo. Aunque parezca increíble, cuando uno observa en la actualidad la estresante vida de la capital camboyana, la ciudad permaneció prácticamente deshabitada durante los años de la Kampuchea Democrática. Las escuelas fueron abandonadas y algunas de ellas, como está en la que nos encontramos, fue convertida en cárcel y centro de torturas.


La revolución de los Jemeres Rojos, liderados por Pol Pot, tomó el poder en Camboya en 1975 entre la alegría y esperanza de un pueblo que había sufrido con dureza varias guerras recientes. Sin embargo, el nuevo régimen impuso una serie de leyes y cambios muy controvertidos que provocaron mucho sufrimiento al pueblo camboyano y el colapso del país en muy pocos años. El objetivo inicial del nuevo gobierno no era otro que devolver la soberanía a los agricultores y a las clases más humildes. Parecía desde luego un noble objetivo pero, en su radical visión del mundo, eso implicó que no había espacio ni función para las clases ilustradas y todas las personas se convirtieron en potenciales enemigos y traidores.

Cualquier persona que tuviera estudios, un mínimo de cultura o, simplemente, que no trabajase en el campo se convertía automáticamente en sospechosa. Llevar gafas, hablar otro idioma o tener las manos bien cuidadas se volvieron motivos susceptibles de persecución. La mayoría de la población de las grandes ciudades fue enviada a trabajar al campo, en condiciones infrahumanas, mientras que otros cientos de miles fueron encarcelados y torturados en centros como este. Un lugar que recibió el nombre de Prisión de Seguridad S21.

Historia de la Prisión S21

Museo del Genocidio – Foto de Descubrir.com

La prisión S21 sirvió como sede central de un amplio y elaborado sistema de control y reclusión de la población que el nuevo régimen consideraba sospechosa de traición. Durante los cuatro años que duró la Kampuchea Democrática, fue utilizada como centro de detención, interrogación y tortura de los “enemigos políticos”. El Camarada Duch, un militar de alto rango del gobierno de Pol Pot, fue quién dirigió este lugar durante la mayor parte de su existencia y es, sin duda, la cara más visible del horror.

Las antiguas clases escolares se convirtieron en celdas para los presos y habitaciones de torturas al tiempo que el recinto se protegía de posibles fugas con alambres de espino, rejas en las ventanas y casetas de seguridad. Se calcula que entre 15.000 y 20.000 prisioneros pasaron por estas cuatro paredes durante esta etapa y los investigadores creen que prácticamente ninguno sobrevivió. Se han encontrado registros de las entradas en la cárcel, pero tan solo figuran algunas liberaciones puntuales de un pequeño número de presos, por lo que se sospecha que el resto fue asesinado o murió a consecuencia de la reclusión.  

Lo habitual era que las víctimas fuesen interrogadas, torturadas y declaradas culpables en simulacros de juicios justos. Sentenciadas a muerte, eran enviadas a morir a Choeung Ek, un lugar a las afueras de Phnom Penh, que fue el lugar elegido para ejecutar a los condenados. En esta cruel y desatada ola de represión que se vivió en Camboya, las víctimas eran asesinadas junto a sus familias para evitar que éstas se vengasen en el futuro o pudieran dejar testimonio de lo sucedido.

En 1979 el ejercito vietnamita toma Phnom Penh, tras derrocar al gobierno de Pol Pot, y antes de huir los carceleros se apresuraron para destruir numerosas pruebas y asesinar a los presos que todavía permanecían allí. Cuando los liberadores localizaron la prisión se encontraron una terrorífica escena, pero también hallaron con vida a 12 personas que habían sobrevivido a esta última masacre. Cuatro de ellos eran niños que se habían escondido bajo una montaña de ropa sucia hasta que fueron liberados.

¿Acabó la historia entonces? Por suerte no aunque tardó bastantes años en hacerlo y solo de forma parcial. Duch y el resto de los responsables de la prisión huyeron y se protegieron ocultos en el anonimato muchos años. Hay que tener en cuenta que Pol Pot y los Jemeres Rojos permanecieron activos tras su derrocamiento casi veinte años más. Ocultos en las selvas de Laos y Tailandia, mantuvieron activa una guerra de guerrillas que siguió provocando muchas muertes y dolor al pueblo camboyano durante los siguientes años.

Phnom Penh, capital de Camboya – Foto de Descubrir.com

De hecho, su gobierno seguía siendo reconocido como el legítimo por grandes potencias como Estados Unidos o Reino Unido, que se resistían a dar legitimidad al nuevo gobierno de la denominada República Popular de Kampuchea, que en 1989 adoptó el nombre actual de Camboya. Con la perspectiva del tiempo, e incluso entendiendo el contexto de la Guerra Fría, resulta muy difícil y doloroso comprender el enorme apoyo internacional que mantuvo Pol Pot y la manera en que Occidente miró, una vez más, a otro lado durante tanto tiempo.

No fue, por tanto, hasta finales de los años 90 con la decadencia de los jemeres rojos y la muerte en 1998 de Pol Pot, cuando las autoridades camboyanas pudieron iniciar realmente su propia transición y tratar de poner justicia a estos años. En el mismo 1998, el rey Norodom Sihanouk concedió una amnistía a los guerrilleros y los principales líderes de los jemeres rojos para que volvieran y se reintegraran de forma pacífica en la vida del país.

Esto no fue bien recibido por las organizaciones de derechos humanos y de las víctimas, que insistieron en la necesidad de un juicio contra los responsables del genocidio. Y, por fin, en 2007 se inicia el Juicio a los Jemeres Rojos. Un juicio que mostró al mundo los crímenes a la humanidad cometidos durante este periodo y que ofreció algo de justicia a las víctimas, aunque de manera muy insuficiente para la gran mayoría.

Una de las pocas personas condenadas en el juicio fue Kaing Guek Eav, más conocido como Camarada Duch. Tras permanecer con una identidad falsa en el país durante veinte años, fue descubierto por un periodista británico en 1999 y se entregó a la policía dispuesto a confesar y arrepentirse de los crímenes que había cometido. Permaneció varios años en la cárcel esperando su juicio y, finalmente, en 2009 fue condenado a 35 años de prisión, que se convirtieron en cadena perpetua tras ser apelada la sentencia.

Visita al Museo Tuol Sleng

Museo Tuol Sleng – Foto de Descubrir.com

La visita nos permite conocer algunos de los edificios que fueron utilizados como lugares de reclusión y tortura de estos prisioneros. El lugar se divide en cuatro edificios: A, B, C y D. Tanto el edificio A como el C conservan de forma prácticamente intacta algunas de las instalaciones que se usaron durante esos años y los edificios B y D albergan exposiciones fijas con paneles informativos, galerías fotográficas o algunos de los instrumentos de tortura utilizados.

El edificio A es el primero que nos encontramos a nuestra entrada al recinto y se compone de una serie de habitaciones que se usaban para realizar los interrogatorios y la tortura de los prisioneros. En ellas fueron encontradas las últimas víctimas del centro S21 y en algunas podemos ver un somier de hierro oxidado y los grilletes que se mantienen tal y como fueron encontrados en 1979. Una introducción al horror que ya deja sin respiración al visitante.


Por su parte, en el edificio C se conservan las celdas donde malvivían habitualmente los prisioneros. Pequeñas celdas de 2 metros de largo por 0,8 metros de ancho separadas por ladrillos o trozos de madera prácticamente improvisados. Las condiciones eran tan malas que muchos prisioneros morían enfermos durante su estancia en esta prisión. Algunos de ellos grabaron sus nombres en las paredes con inscripciones que han permanecido como vivos recuerdos de su historia.

Los edificios B y D también estaban ocupados por celdas pero han sido remodelados para albergar las diferentes exposiciones que podemos ver actualmente en el museo. La visita al edificio B es posiblemente el momento más emotivo y duro de nuestra visita. Cientos de fotos de víctimas se suceden en paneles interminables y nuestra mirada recorre de forma incrédula las caras de mujeres, niños o jóvenes intentando imaginar unas historias que terminaron de la forma más cruel posible.

Finalmente, en el edificio D, que es el más alejado de la entrada, encontramos más paneles informativos y una serie de objetos de tortura que fueron usados en la prisión S-21. También vemos algunas obras de artistas camboyanos que han intentado reflejar el horror de este lugar. Vann Nath es uno de esos artistas y fue, de hecho, uno de los pocos supervivientes de la prisión. En sus pinturas podemos ver algunas escenas cotidianas de su reclusión y sus testimonios han sido clave en las investigaciones y juicios posteriores.

Monumento a las víctimas de Tuol Sleng

En los bonitos patios interiores, que nos servirán para descansar y desconectar durante unos instantes, encontraremos algunos monumentos conmemorativos como las tumbas que recuerdan a las últimas 14 víctimas. También podremos ver un memorial erigido en 2015 compuesto por un monolito y varias placas de mármol con la inscripción del nombre de todas las personas que pasaron por estas cuatro paredes y que se ha convertido en un lugar de recuerdo y oración para sus familiares. En determinados horarios podemos ver y escuchar en persona a algunos de los supervivientes, que nos ofrecen su testimonio y venden biografías con sus historias.

La visita al museo tiene un coste de 5 dólares para los visitantes extranjeros a los que tendremos que sumar 3 dólares más si queremos utilizar la audioguía, disponible en la entrada. Es muy recomendable porque en ella nos explican la historia del recinto y podremos escuchar algunos testimonios realmente emocionantes. El guión está en varios idiomas, incluido el español, con una calidad de locución muy buena. El horario del museo es de 8:00 a 17:00 y tendremos que respetar una serie de normas en el vestuario como taparnos nuestras piernas y brazos.  

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