Fray Bentos no es un destino que aparezca con frecuencia en los itinerarios habituales por Uruguay, pero cualquier viajero que se acerque a esta pequeña ciudad a orillas del río Uruguay descubrirá que guarda uno de los secretos mejor conservados del continente americano.

A apenas 309 kilómetros al noroeste de Montevideo, Fray Bentos es la capital del departamento de Río Negro, situada en el suroeste del país, en la frontera con Argentina. Lo que convierte a esta ciudad en un destino único no es su tamaño ni su clima, sino un complejo industrial que durante más de un siglo alimentó, literalmente, a medio mundo y que hoy, con el sello de la UNESCO, se ha convertido en una de las visitas más interesantes y curiosas de Uruguay.

La cocina del mundo: cómo nació el gigante industrial

La historia comienza mucho antes de que el lugar adquiriese su nombre definitivo. El complejo industrial está situado al oeste de la ciudad de Fray Bentos, en un saliente de tierra bañado por las aguas del río Uruguay. Su origen fue una fábrica de salazones creada en 1859 para la explotación comercial de la carne del ganado vacuno criado en las vastas praderas de los alrededores. La abundancia de ganado en las llanuras próximas, la accesibilidad de un puerto fluvial de aguas profundas y la disponibilidad de mano de obra formaron la combinación perfecta para lo que habría de convertirse en un motor económico sin precedentes en la región.

El salto cualitativo llegó gracias a una fórmula y a dos hombres con visión de futuro. La fórmula que dio origen al extracto de carne fue creada por el químico alemán Justus Von Liebig, considerado el padre de la química orgánica. El extracto reducía 32 kilos de carne a un solo kilo sin destruir las proteínas. Ese hallazgo científico se convirtió en negocio gracias al ingeniero alemán George Giebert, quien, radicado en Uruguay, se asoció con Liebig y comenzó a producir extracto de carne en Fray Bentos para exportarlo a Europa.

La inversión inicial necesaria para levantar la fábrica fue de 500.000 libras esterlinas, un capital aportado en su mayoría por inversores ingleses, lo que explica que la empresa resultante recibiese desde el principio un sello claramente anglosajón.

Fray Bentos - Foto: Christian Rojo

El sitio comprende los edificios y equipamientos de la empresa Liebig Extract of Meat Company, que en 1865 empezó a exportar a Europa su producción de carne en conserva y concentrado de carne. Sus productos alcanzaron tal nivel de excelencia que la compañía LEMCO arrasó en los primeros premios de todas las exposiciones internacionales en que participó. La fama de la marca trascendió las estadísticas comerciales y llegó incluso a los campos de batalla. Durante la Primera Guerra Mundial, dos tanques de guerra británicos recibieron el apodo de "Fray Bentos" porque su tripulación se sentía dentro de ellos como carne enlatada.

Como explica el guía Nicolás durante las visitas al museo, el atractivo de la fábrica para los ejércitos en guerra era evidente. En sus propias palabras:

"Para lo que la guerra ocasiona aquí se fabricaba un producto ideal. No necesitaba frío y suponía una rica ingesta de nutrientes al cuerpo con una simple sopa."

El Anglo: tres periodos y 116 años de historia ininterrumpida

En los últimos años de la década de 1910, la Liebig's Company entró en crisis como resultado de la Primera Guerra Mundial y el establecimiento estuvo a punto de cerrar, hasta que en 1920 se produjo un negocio que hizo surgir a la que fuera la Anglo del Uruguay, con capitales netamente ingleses. Así comenzó la segunda y más icónica etapa del complejo.

La compañía Anglo Meat Packing Plant inició la exportación de carne refrigerada a partir de 1924. La transición del extracto al frigorífico supuso una transformación radical de todas las instalaciones, pensada además con la vista puesta en un posible conflicto bélico europeo que ya se intuía en el horizonte.

Las cifras que el Anglo manejó en su época de esplendor son difíciles de asimilar desde la perspectiva actual. En su momento de máxima actividad, el Anglo empleó directamente a casi 5.000 personas, en una localidad de 12.000 habitantes. La diversidad de su plantilla resultaba asombrosa incluso para los estándares actuales, con más de 60 nacionalidades representadas entre sus obreros, desde europeos huyendo de las guerras hasta trabajadores locales. La cámara frigorífica, cuya maquinaria puede admirarse hoy en la sala de máquinas del museo, tenía 100 metros por 40, cinco niveles y diez cámaras por nivel, con una capacidad global de almacenamiento de 18.000 toneladas de carne.

Fray Bentos - Foto: Christian Rojo

Una de las curiosidades que más sorprenden a los visitantes es la historia de la electricidad. Como relata el guía durante las visitas al complejo:

"En 1883, por primera vez en la historia de Uruguay, se produce luz eléctrica aquí. El barrio Anglo estaba alumbrado un par de horas al día y todas las instalaciones de la fábrica. Cuatro años después, Montevideo recién empieza a producir luz eléctrica. El barrio Anglo era un país adentro de otro."

Esta colosal fábrica alimentaria estuvo exportando carne enlatada y extracto de carne a los cinco continentes durante casi 120 años. Desde su fundación hasta 1924 se llamó Liebig's Extract of Meat Company (LEMCO), luego Frigorífico Anglo de Uruguay y, en sus últimos años, Frigorífico Fray Bentos, hasta el cierre en 1979. A finales de la década de los sesenta fue nacionalizado y adquirido por el Estado, pasando a denominarse Frigorífico Fray Bentos, aunque popularmente se le continuó llamando Frigorífico Anglo.

El Barrio Anglo: una ciudad dentro de otra ciudad

Fray Bentos - Foto: Christian Rojo

El conjunto patrimonial abarca 275 hectáreas que incluyen la imponente arquitectura del frigorífico Liebig's-Anglo, sus instalaciones industriales, los muelles sobre el río Uruguay, el matadero, las áreas dedicadas al pastoreo y las residencias de obreros y sus lugares de esparcimiento. Pero quizás el elemento más llamativo para el visitante contemporáneo no sea la maquinaria industrial sino el propio tejido urbano del Barrio Anglo, ese enclave residencial levantado para albergar a los miles de trabajadores que la empresa necesitaba tener cerca.

La empresa comprendió desde el principio que para mantener a su fuerza laboral concentrada y productiva debía ofrecerle todo lo necesario para la vida cotidiana sin que sus empleados tuviesen que salir del recinto. Las viviendas junto a la orilla del río en Fray Bentos forman el "Barrio Anglo", una ciudad dentro de una ciudad donde los trabajadores de la planta cárnica vivían y que contaba con hospital, escuela, club social y equipo de fútbol. A ello se sumaban tiendas, espacios de ocio y una red de servicios que hacía de aquel enclave un organismo autosuficiente.

El resultado es un barrio que hoy conserva una personalidad arquitectónica inconfundible. Como lo describe el guía en la visita:

"Si ustedes cruzan desde Fray Bentos al barrio sin saber nada de acá, te das cuenta que es diferente, que tiene algo europeo en las casas, en los materiales, en cómo está diagramado. Habla por sí solo."

El sitio posee un valor universal excepcional por presentar un ejemplo destacado de la evolución de la estructura social y económica de los siglos XIX y XX en Uruguay y en la región. Asimismo, juega un rol esencial en el proceso de formación de la nacionalidad, resultante de la integración y del aporte cultural de inmigrantes de más de 55 nacionalidades que llegaron a trabajar allí. Esa mezcla humana imprimió al Barrio Anglo una identidad mestiza, que todavía puede sentirse al recorrer sus calles.

La escala industrial de la empresa obligó además a una autosuficiencia tecnológica que no tenía precedentes en Uruguay. El sitio muestra las innovaciones tecnológicas de la época, incluidas técnicas pioneras de cadena de montaje y refrigeración que revolucionaron la industria cárnica. Si se rompía una pieza de maquinaria, los obreros del lugar tenían que fabricar réplicas funcionales en los propios talleres del complejo, sin necesidad de esperar semanas a que llegasen los repuestos originales desde Europa.

Patrimonio de la Humanidad y destino turístico de referencia

Fray Bentos - Foto: Christian Rojo

El domingo 5 de julio de 2015, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO reunido en Bonn, Alemania, definió el ingreso del "Paisaje Industrial Fray Bentos" en la Lista de Patrimonio Mundial. La declaración llegó bajo los criterios II y IV de la UNESCO:

El criterio segundo reconoce que el sitio "atestigua un intercambio de valores humanos considerable, durante un período concreto o en un área cultural del mundo determinada, en los ámbitos de la arquitectura o la tecnología, las artes monumentales, la planificación urbana o la creación de paisajes". El criterio IV, por su parte, reconoce que es "un ejemplo eminentemente representativo de un tipo de construcción o de conjunto arquitectónico o tecnológico, o de paisaje que ilustra uno o varios períodos significativos de la historia humana".

En junio de 1989, la parte central del frigorífico fue declarada Monumento Histórico Nacional. Parte del mismo se convirtió en museo y el resto de las instalaciones se transformaron en un Parque Industrial Municipal, en el que operan pequeñas empresas. Hoy el complejo alberga también el Museo de la Revolución Industrial, instalado en la antigua planta del ex Frigorífico Anglo, donde puede verse todo tipo de maquinaria, el proceso de elaboración del corned beef, los uniformes de trabajo que incluían unos vistosos zuecos de madera e incluso las tarjetas de los despidos a obreros que participaban en las huelgas.

El centro de visitantes abre de lunes a domingos de 9:30 a 17:00, mientras que el Museo de la Revolución Industrial abre de martes a domingos en el mismo horario. La entrada al Museo de la Revolución Industrial cuesta 50 pesos uruguayos. Aunque el museo puede visitarse en un par de horas, la comprensión del sitio y de su historia, así como el disfrute de los encantos de la zona de amortiguamiento, justifican plenamente pasar un día o dos en Fray Bentos.

El mundo comió durante décadas gracias a lo que se procesaba en estas orillas del río Uruguay. Hoy, pasear por el Barrio Anglo, detenerse ante los compresores de amoniaco de la sala de máquinas o contemplar la chimenea de ladrillo que se alza sobre el río es comprender, de forma visceral y directa, cómo la revolución industrial moldeó no solo la economía global sino también las vidas de miles de personas que dejaron su huella en este rincón improbable del Uruguay.