En la plaza mayor de České Budějovice, a pocos pasos de la fuente de Sansón, una losa distinta al resto del empedrado obliga a los vecinos a dar un pequeño rodeo cuando cae la noche. La llaman Bludný kámen, la piedra errante. Señala el lugar donde se levantaba el patíbulo medieval de la ciudad. “Dice la leyenda que quien pise la piedra no encontrará el camino de vuelta a casa”, nos advierte nuestra guía mientras el grupo, entre risas, empieza a empujarse para ver quién la pisa primero.

La anécdota sirve de puerta de entrada a esta ciudad de casi cien mil habitantes a orillas del Moldava, donde las leyendas conviven con una historia documentada desde el siglo XIII y con una cerveza cuyo nombre cruzó el Atlántico para protagonizar uno de los pleitos comerciales más largos de la historia. Hemos viajado hasta allí para descubrirla.

Una ciudad trazada con regla

České Budějovice

Přemysl Otakar II, rey de Bohemia, fundó la ciudad en 1265 en la confluencia del Moldava y el Malše para reforzar el poder de la corona en el sur del reino. “El rey pidió a un arquitecto un plan urbanístico. Según ese plan construyeron la plaza y empezaron a levantar las casas alrededor”, explica nuestra guía Eva. Ese orden sigue intacto. Las calles se cruzan en ángulo recto y todas desembocan, tarde o temprano, en la plaza.

El nombre tiene un origen más difuso. La explicación más aceptada lo relaciona con un tal Budivoj, que habría dado nombre a la primera aldea, aunque nuestra guía admite que nadie lo sabe con certeza. Los vecinos de habla alemana la llamaron Budweis y así la conoció media Europa hasta 1945.

La prosperidad llegó en el siglo XVI con la plata. “Cerca de aquí había minas de plata y la ciudad era bastante rica en aquellos días”, recuerda la guía. A la plata se sumaron la sal que llegaba desde Austria y, más tarde, la industria. Junto al río trabaja todavía Koh-i-noor Hardtmuth, que fabrica lápices aquí desde 1848 y los exporta a medio mundo.

Ranas, calaveras y ladrones en un paseo por su centro histórico

El paseo empieza en la plaza de los Piaristas, la más antigua de la ciudad. El mismo año de la fundación, el rey cedió el solar a los dominicos, que levantaron un convento y la iglesia de la Presentación de la Virgen, una de las grandes obras góticas del sur de Bohemia. Donde hubo un cementerio se instala ahora un mercado de fruta, verdura y plantas los jueves y los sábados por la mañana.

Frente a la iglesia se levanta la antigua Solnice, almacén de sal y grano que también sirvió de arsenal y de prisión. En su fachada asoman tres rostros de piedra toscamente tallados. “Recuerdan a tres ladrones que robaron la iglesia. Se dice que los emparedaron vivos en la muralla, pero creo que es una leyenda”, comenta la guía con media sonrisa.

La iglesia tiene su propio inquilino fantástico. En uno de sus muros trepa una pequeña gárgola con forma de rana. Según la tradición, el animal se coló en los cimientos durante las obras y derribaba los muros una y otra vez hasta que lograron expulsarlo. Su efigie, dicen, sube un poco cada año. “Cuando la rana llegue arriba se derrumbará la iglesia o se acabará el mundo, así que mejor que se quede ahí”, bromea.

En el claustro espera otra leyenda. Una calavera atribuida a Adán preside un relieve barroco. “Quien se para aquí y mira sus ojos vacíos puede pedir un deseo sin decirlo en voz alta”, explica. Algunos visitantes la tocan para asegurarse. Muy cerca se alza la Torre Blanca, el campanario de la iglesia. En los bajos de la plaza funciona una cervecería que recibe la cerveza desde su propia fábrica a través de tuberías subterráneas.

Sal, caballos y murallas

Una calle estrecha conduce hasta una esquina que pasa inadvertida para casi todos. Aquí estaba la estación del ferrocarril de tracción animal entre Budějovice y Linz, inaugurado en 1832 y considerado uno de los primeros trenes públicos de la Europa continental. Los vagones circulaban sobre raíles tirados por caballos y su carga principal era la sal del Salzkammergut austriaco. “Imagina que alguien compraba aquí un billete y el viaje empezaba a las cinco de la mañana. Tardaba unas catorce horas en llegar a Austria. Ahora, en coche, llegamos en una hora”, cuenta la guía. El servicio funcionó hasta 1872, cuando lo sustituyó el tren de vapor. A lo largo de la antigua ruta se conservan puentes y casas de posta donde se cuidaba a los caballos.

La sal entraba en la ciudad por la Solní branka, la Puerta de la Sal. En la misma calle, un hotel con farolillos en la entrada recibe a presidentes y visitantes ilustres cuando pasan por la ciudad.

El recorrido sigue junto a los restos de la muralla, a orillas del Malše. En una esquina resiste la torre de la Železná panna, la Doncella de Hierro, cuyo nombre remite a los instrumentos de tortura que, según la tradición, se guardaban dentro. Hoy alberga un pequeño café. Por el río navegan barcas que ofrecen paseos de unos 45 minutos mientras el ayuntamiento prepara una gran reforma del malecón.

La plaza de Přemysl Otakar II, una de las más espectaculares de Europa

La plaza de Přemysl Otakar II se abre de golpe al final de las calles del centro. Mide unos 133 metros de lado y la rodean casas con soportales y fachadas de colores. Es una de las plazas porticadas más grandes de Europa central. A la caída de la tarde, cuando la luz baja sobre las fachadas, se entiende por qué los vecinos la consideran lo mejor de su ciudad.

El edificio principal es el Ayuntamiento, que nació de la unión de dos casas medievales y recibió su fachada barroca entre 1727 y 1730. En lo alto se alinean cuatro estatuas que representan la Justicia, la Valentía, la Sabiduría y la Prudencia. “Fijaos también en las gárgolas. Ahora no funcionan, son decorativas”, indica la guía antes de señalar los escudos con el león de Bohemia en el centro, el de la ciudad debajo y las águilas de Moravia y Silesia a los lados.

En el centro de la plaza se levanta la fuente de Sansón, construida entre 1721 y 1727 con esculturas de Josef Dietrich, el mismo artista que firmó las estatuas barrocas del convento dominico. El héroe bíblico lucha con un león sobre una gran pila que durante más de un siglo abasteció de agua a la ciudad. A unos pasos, casi a ras del suelo, espera la piedra errante de la que os hablé en la introducción.

Desde cualquier punto se ve la Torre Negra, símbolo de České Budějovice. Se construyó entre 1550 y 1577, en plena bonanza de la plata, con maestros de obras italianos. Mide unos 72 metros. “La ciudad tenía mucho dinero y quería enseñar su poder”, resume Eva. Levantarla no fue sencillo porque el terreno era pantanoso y hubo que traer mucha piedra de las canteras cercanas para asentar los cimientos. Su nombre se suele atribuir a un incendio de 1641 y a los años en que quedó sin restaurar. Para subir hay que vencer 225 escalones hasta las campanas, entre ellas la Bumerin, de más de tres toneladas. Hasta los años setenta del siglo pasado vivió allí un campanero con su familia y sus animales. Junto a ella se levanta la catedral de San Nicolás.

Budvar contra Budweiser

El mismo rey que fundó la ciudad le concedió en 1265 el derecho a elaborar cerveza. Su fama llegó pronto a la corte de Praga, que la apodó “la cerveza de los reyes”. La afición sigue intacta. República Checa encabeza desde 1993 el consumo mundial por habitante, con casi 149 litros al año según el último informe de la japonesa Kirin. “Eso dicen. Yo no sé cuántos litros son”, admite Eva cuando le preguntamos por el récord.

La palabra Budweiser significa, sin más, “de Budweis”. Así se conocía en alemán la cerveza de la ciudad, que sus cerveceros ya exportaban a Estados Unidos en la década de 1870. Como ya contamos en nuestro artículo sobre Saint Louis, en 1876 Anheuser-Busch empezó a elaborar una lager a la que llamó Budweiser, inspirada, según Adolphus Busch, en el estilo de Budweis. En 1895 un grupo de cerveceros checos fundó en la ciudad la sociedad que hoy conocemos como Budějovický Budvar. Para entonces ya funcionaba la cervecera de los ciudadanos de habla alemana, fundada en 1795 y conocida hoy como Samson, igual que la fuente.

El conflicto dio lugar a una sucesión de acuerdos comerciales y batallas judiciales. En 1911 y 1939, ambas compañías alcanzaron pactos relacionados con la comercialización de Budweiser en Estados Unidos, pero dejaron abierta la disputa por el nombre en Europa. Desde entonces, los tribunales de distintos países han tenido que decidir quién podía utilizar una denominación que unos defendían como marca comercial y otros vinculaban al origen geográfico de la cerveza.

El resultado es un mapa partido en dos. En la mayor parte de Europa, el nombre Budweiser pertenece a la cervecera checa y la marca estadounidense se vende como Bud. En Estados Unidos y Canadá ocurre al revés y la cerveza de Budějovice se vende como Czechvar.

Las campanas de las ocho

El paseo termina en las Masné krámy, las antiguas carnicerías. Los carniceros vendían en puestos de madera instalados en la plaza hasta que, en 1364, el emperador Carlos IV ordenó trasladarlos por razones de higiene. El edificio actual, de 1554, conserva la estructura de los antiguos puestos. Hoy acoge un restaurante de la propia Budvar. “Cuando entréis veréis que se ha conservado la forma original, con mesas dentro de los puestos”, explica la guía en la puerta.

Mientras contemplamos los relieves de mujeres con trajes tradicionales en el antiguo edificio de la caja de ahorros, suenan las campanas de la Torre Negra. Son las ocho y la cena espera. “Espero que la cerveza os guste”, se despide Eva en la puerta. Dentro, entre los antiguos puestos de los carniceros, la cena llega en forma de cocina checa de toda la vida, con svíčková, el solomillo de ternera en salsa cremosa de verduras y nata que se sirve con arándanos rojos, acompañado de knedlíky, las rebanadas de pan cocido al vapor que absorben la salsa, entre otros platos regados con la cerveza de la casa.

Al salir, ya de noche, alguien propone volver a pisar la piedra errante. Pasadas las diez, perderse en České Budějovice suena más a premio que a castigo.