Asurbanipal, rey de Asiria, encarna una dualidad difícil de simplificar. Fue un estratega militar implacable, artífice de campañas violentas que quedaron inmortalizadas en relieves de una crudeza explícita. Sin embargo, el poderoso y temible mandatario fue también un gran erudito, una condición singular, casi excepcional para su época. Sabía leer y escribir y presumía de su capacidad de debatir con los más sabios.
La exposición Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria (hasta el próximo 4 de octubre en CaixaForum Madrid) aborda la vida y el legado de Asurbanipal (669 - c. 631 a. C.), que gobernó, en el siglo VII antes de Cristo, desde la mítica ciudad de Nínive (en el actual Irak), un grandioso imperio que se extendía desde las costas del Mediterráneo hasta las montañas de Irán.
El rey que quiso dominar el mundo

Comisariada por el Dr. Sébastien Rey, jefe del Departamento de la Antigua Mesopotamia en Medio Oriente del British Museum, la exposición revela el perfil de un soberano que combinó la violencia militar con una notable vocación intelectual, impulsando, incluso, la que está considerada como la primera gran biblioteca de la humanidad. A través de relieves, objetos y textos, el recorrido aborda el perfil complejo de este gobernante lleno de claroscuros, así como la grandeza y posterior caída de un fastuoso imperio. Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria subraya además la importancia de preservar el patrimonio cultural para comprender nuestro pasado común.
La muestra, conformada por un total de 158 piezas procedentes de la colección del British Museum, recorre la vida de Asurbanipal, último gran soberano del Imperio asirio. Pero más que una sucesión de objetos arqueológicos, el itinerario se plantea como una narrativa no exenta de dualidad: la de un rey que quiso dominar el mundo conocido mientras intentaba, también, reunir todo el saber de su tiempo.
Arquitectura, arte y propaganda en la capital imperial

Articulada en siete ámbitos, la exposición avanza como una serie de capítulos de una historia extraordinaria y fascinante. Primero, en la construcción del mito del soberano que se autoproclamó “rey del mundo”, heredero de una estirpe destinada a gobernar. Desde ahí, el relato se despliega hacia Nínive, la capital imperial, presentada como una ciudad sin rival, un centro de poder donde arquitectura, arte y propaganda se entrelazan para sostener la autoridad del monarca.
Hay algo casi cinematográfico en la forma en que la muestra reconstruye estos espacios. Los relieves, originalmente policromados, hablan de palacios deslumbrantes, jardines concebidos como paraísos donde crecían exóticas plantas provenientes de cualquier rincón del imperio y ceremonias cuidadosamente coreografiadas. Una puesta en escena destinada a transmitir una idea clara: el poder no solo se ejerce sino que también se exhibe y representa.
Ese despliegue visual convive con escenas feroces donde la caza del león, criaturas indomables, representa un ritual político más que un simple acto de caza. En esas imágenes, el rey se enfrenta al animal, símbolo del caos, para reafirmar su papel como garante del orden universal. No hay espontaneidad: cada gesto está pensado para ser respetado, admirado pero también temido.
El núcleo central de la exposición se encuentra en el ámbito titulado El rey erudito. Allí emerge la biblioteca de Nínive, considerada la más grande y completa jamás reunida. Conformada por más de 10.000 textos, todos ellos grabados en tablillas de la mejor arcilla, reunía textos de medicina, astrología, religión y abundante literatura, entre ellos fragmentos de la Epopeya de Gilgamesh, la obra más famosa de la literatura mesopotámica.
Auge y caída del imperio

El recorrido avanza hacia la maquinaria del imperio: una estructura administrativa y militar que abarcaba desde el Mediterráneo hasta las montañas de Irán. La red de comunicaciones, los sistemas de control y la circulación de bienes y personas revelan un mundo sorprendentemente interconectado.
Pero el poder, como la historia ha demostrado, es efímero e inestable. La rivalidad con su hermano mayor, Shamash-shum-ukin, soberano de Babilonia; las revueltas internas y las guerras constantes con el reino elamita —una de las grandes potencias del antiguo Oriente Medio— erosionaron la estructura del imperio que Asurbanipal había consolidado. Tras su muerte, cuya fecha y causa continúa siendo un misterio, al igual que sus últimos años de reinado, el imperio comenzó a desmoronarse.
La caída de Nínive en el 612 a. C., arrasada por una coalición de enemigos, marca el final de una era. La ciudad más grande de su tiempo fue saqueada y reducida a cenizas. Afortunadamente, en esa destrucción se produjo una paradoja: el incendio que devastó la biblioteca ayudó a preservar las tablillas, permitiendo que su contenido llegara, fragmentado pero legible, hasta la actualidad.
El último ámbito de la exposición se detiene en el redescubrimiento de Asiria en el siglo XIX. Las excavaciones arqueológicas de Paul-Émile Botta y posteriormente del arqueólogo británico Austen Henry Layard, transformaron la imagen que Europa tenía de esta civilización —basada en relatos bíblicos y en la literatura de la Grecia y Roma antiguas, que la describen como decadente— hacia una comprensión más compleja y veraz.

Encontramos una advertencia en el epílogo de Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria: la reflexión sobre la conservación del patrimonio iraquí, dañado por décadas de conflicto. Porque esta exposición no se limita a explorar una historia concluida sino que introduce una dimensión ética sobre la responsabilidad de preservar la memoria, el patrimonio tangible e intangible de la humanidad.
Asurbanipal fue un personaje complejo y humanamente contradictorio. Constructor y destructor, erudito e implacable guerrero, estratega y símbolo de la opulencia y del exceso. Quizá por eso su figura resulta inquietantemente actual e invita a reflexionar sobre la relación entre poder y conocimiento, sobre la fragilidad de los imperios y sobre la perpetuidad de ciertas formas de dominio.

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