Un cuadro de 315 por 437 centímetros acaparó todas las miradas en el Museo del Prado durante el reinado de Fernando VII, eclipsando a Francisco de Goya y a José de Madrazo, y situándose por encima de obras que hoy consideramos indiscutibles, como Las meninas.
Ese cuadro era El año del hambre en Madrid, pintado en 1818 por José Aparicio, y hoy resulta prácticamente desconocido para el gran público. El Prado lo recupera ahora con un nuevo formato expositivo que promete incomodar, en el buen sentido, a quienes crean que el canon artístico siempre ha sido neutral.
Un nuevo formato para una sola obra

El museo estrena con esta muestra el ciclo "Una obra, una historia", una apuesta expositiva que concentra el foco en una única pieza para explorar en profundidad su contexto, su recepción y su significado histórico. La exposición puede visitarse hasta el 13 de septiembre en la sala 66 del edificio Villanueva, y su punto de partida es tan sencillo como revelador: ¿cómo es posible que una obra que fue el mayor icono del museo durante décadas haya caído en un olvido casi absoluto?
Miguel Falomir, director del Prado, explica que el objetivo es "invitar al espectador a contemplar una obra que, más allá de sus méritos estéticos, nos ayuda a reflexionar sobre aspectos de la historia del arte que a menudo pasan inadvertidos". En esa frase caben preguntas que la exposición desarrolla con amplitud, como quién decide qué obras merecen ser admiradas, bajo qué condiciones se construye la gloria de un artista y cuánto tienen que ver el poder político y la propaganda con la formación del gusto colectivo.
El cuadro más célebre de su tiempo
Cuando El año del hambre en Madrid llegó al Prado en 1819, el año de inauguración del museo, fue recibido como un acontecimiento cultural de primer orden. La prensa lo aclamó como un hito artístico, se multiplicó en estampas que circularon por toda España y se convirtió en inspiración para canciones y poemas. Su autor, José Aparicio, alcanzó una fama que lo situaba en la cima de la pintura española del momento, por encima de nombres que la posteridad elevaría a la categoría de genios.
La obra retrata el sufrimiento de la población madrileña durante la hambruna de 1811-1812, uno de los episodios más dramáticos de la Guerra de la Independencia, cuando el asedio y el desabastecimiento provocaron miles de muertes en la capital. Aparicio construyó una escena de gran formato y carga emocional, con una teatralidad característica de la pintura de historia neoclásica, que conectó de inmediato con el público y con la corte. Fernando VII la consideró su cuadro favorito, lo que no fue un detalle menor en una España en la que el favor real podía determinar el destino de una carrera artística y, en buena medida, el de una obra.
Arte al servicio del absolutismo
La exposición no se limita a celebrar el redescubrimiento de una pintura olvidada. Su propuesta más incisiva consiste en desentrañar el mecanismo político que convirtió a El año del hambre en Madrid en el gran icono del Prado durante el reinado fernandino. La reconstrucción de la ubicación original de la obra en el museo en 1819, en un lugar privilegiado que hoy ocuparía una obra de Goya o Velázquez, desvela cómo el absolutismo de Fernando VII utilizó la pintura como instrumento de legitimación.
El cuadro recordaba el sufrimiento del pueblo durante la guerra, pero lo hacía desde una lectura muy concreta: la que convenía al relato del rey restaurado como garante del orden y salvador de la nación. Una narrativa visual tan potente como conveniente para el poder, y tan frágil como cualquier construcción ideológica cuando cambian los vientos políticos. La muestra analiza ese peaje ideológico que impuso el absolutismo y que, en buena medida, explica tanto el ascenso meteórico de Aparicio como su posterior desaparición del relato oficial del arte español.
De metáfora nacional a anécdota local
El declive de El año del hambre en Madrid no fue gradual sino vertiginoso. Lo que durante el reinado de Fernando VII había sido la metáfora visual más potente de la España del siglo XIX se fue convirtiendo, a lo largo de las décadas siguientes, en una curiosidad menor, hasta quedar reducida a mera anécdota local. El cuadro abandonó el Prado y hoy se encuentra en depósito en el Museo de Historia de Madrid, donde permanece alejado del circuito de grandes obras que millones de visitantes recorren cada año en el paseo del Prado.
Esta trayectoria de gloria y olvido es precisamente el material con el que trabaja el nuevo formato expositivo del museo. A través de un único ejemplo, el Prado despliega una reflexión sobre los vaivenes de la crítica artística, el papel de la propaganda en la construcción del canon, la invención del gusto y la responsabilidad de los museos como instituciones que no solo conservan obras sino que también deciden, con cada sala y cada cartela, qué merece ser visto y qué queda en los márgenes.
Información práctica
La exposición "Una obra, una historia: El año del hambre en Madrid" puede visitarse en la sala 66 del edificio Villanueva del Museo Nacional del Prado, en el Paseo del Prado de Madrid, hasta el 13 de septiembre. El museo abre de lunes a sábado de 10.00 a 20.00 horas y los domingos y festivos de 10.00 a 19.00 horas. La entrada es gratuita de lunes a sábado entre las 18.00 y las 20.00 horas y los domingos y festivos entre las 17.00 y las 19.00 horas.
Con este ciclo, el Prado se suma a una tendencia creciente entre los grandes museos europeos de apostar por formatos expositivos de menor escenografía y mayor profundidad interpretativa, en los que una sola obra actúa como ventana hacia debates más amplios sobre historia, política y cultura. Una apuesta que, en este caso, tiene además el atractivo de recuperar una historia casi olvidada sobre los orígenes del propio museo y sobre cómo se fraguó, en los primeros años del siglo XIX, la idea de lo que debía ser el arte español.

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