Bogotá tiene fama de ciudad difícil. Tráfico denso, altitud que castiga los primeros días, una geografía urbana que puede resultar abrumadora para el recién llegado. Y en ese contexto, Usaquén aparece como una anomalía muy apetecible. Un barrio del norte que durante siglos fue un municipio independiente y que, aunque fue anexado a la capital en 1954, todavía conserva la esencia de un pueblo.
Las calles adoquinadas, la plaza central arbolada, las casas de fachada colonial ya conviven con algunos de los mejores hoteles y restaurantes de la ciudad o con las mejores galerías de arte. Hemos viajado hasta Bogotá para descubrir su barrio más dinámico.
Tierra del sol, pueblo de haciendas

El nombre lo dice todo, o casi todo. Usaquén proviene del término muisca que significa "tierra del sol", alusión directa a su pasado prehispánico como asentamiento del pueblo muisca en el altiplano bogotano. Con la llegada de los españoles en 1539, el territorio fue fundado oficialmente como Santa Bárbara de Usaquén y pasó a manos de encomenderos, quedando las comunidades originarias desplazadas de sus tierras.
Durante la época colonial surgieron grandes haciendas que definieron el carácter rural de la zona durante siglos. El municipio fue abandonado por decreto español en 1777, repoblado gradualmente, refundado en 1846 y escenario de combates durante la guerra de Independencia y la guerra civil de 1860, cuando las tropas de Tomás Cipriano de Mosquera se impusieron aquí antes de tomar el poder del país. La historia de Colombia, en unas pocas manzanas.
Hasta mediados del siglo XX, Usaquén mantuvo 71 kilómetros cuadrados de territorio propio, siendo lugar de veraneo predilecto de la élite bogotana, que mantenía allí sus casas de campo. Cuando en 1954 fue integrado a Bogotá, conservó buena parte de sus instituciones municipales. En 1987, su centro histórico fue declarado monumento nacional en reconocimiento a su riqueza cultural y arquitectónica.
La plaza, la iglesia y las calles de siempre




Usaquén - Fotos: Christian Rojo
El núcleo histórico del barrio se organiza en torno a la Plaza Fundacional de Usaquén, ubicada entre las calles 116 y 127, y desde la carrera quinta hasta la novena. Es un pequeño barrio, rodeado de arquitectura colonial que lo mismo alberga un café de especialidad que una tienda de ropa de diseñador. En el lado oriental de la plaza se levanta la iglesia de Santa Bárbara de Usaquén, construida en 1665 y reformada en el siglo XX, que sigue presidiendo el barrio con la misma firmeza de siempre.
Las calles que la rodean, estrechas y adoquinadas, tienen ese don particular de hacer que uno aminore el paso sin que nadie se lo pida. Junto a la plaza, la Hacienda Santa Bárbara, antigua casa señorial colonial, fue reconvertida en un centro comercial que hoy convive con boutiques de diseño, restaurantes y el inevitable contraste entre el arco de piedra del siglo XVII y los escaparates contemporáneos. Durante la semana mantiene un ritmo residencial y se llena de ejecutivos de las oficinas cercanas que se acercan a comer. Los fines de semana se convierte en uno de los polos culturales y gastronómicos más activos de Bogotá.
El domingo es sagrado: el Mercado de Pulgas






Usaquén - Foto: Christian Rojo
El Mercado de las Pulgas de Usaquén nació en 1990 con el nombre de "Asociación de Expositores Toldos de San Pelayo", en referencia al joven mártir español vinculado al origen del comercio de antigüedades, y surgió como una convocatoria de la Alcaldía para artesanos y artistas que necesitaban un espacio donde exponer su trabajo.
Más de tres décadas después, el mercado ha incluido en su nómina a artesanos indígenas, comunidades afrocolombianas, personas con discapacidad, víctimas del conflicto armado y mujeres en riesgo de exclusión, convirtiéndose en un mapa social de la Colombia contemporánea tan interesante como el artístico.
Se extiende por la carrera sexta entre calles 119 y 120, con unos 240 expositores agrupados en la asociación oficial, y funciona todos los sábados, domingos y lunes festivos de 9:00 a 17:30 horas. Lo que se encuentra allí es ecléctico por definición: artesanías en cerámica, telas y vidrio reciclado, joyería hecha a mano, antigüedades con historia propia o inventada, cuadros, esculturas, libros, sombreros, mochilas de colores. Los domingos, músicos callejeros, estatuas vivientes y pequeños espectáculos de magia se suman al despliegue.
Más de 20.000 personas visitan el mercado cada domingo, entre bogotanos y visitantes extranjeros que lo han convertido en parada obligatoria. A ese flujo se suma la Ciclovía, la marcha ciclista dominical que cierra varias avenidas de la ciudad al tráfico y convierte Bogotá en una ruta abierta para bicicletas, patines y caminantes, pasando también por las inmediaciones del mercado y reforzando esa sensación de un domingo que se disfruta en la calle.
El café como disciplina: Café San Alberto



Café San Alberto - Fotos: Christian Rojo
Colombia produce algunos de los cafés más valorados del mundo y, sin embargo, durante décadas los colombianos bebieron en casa lo que no pasaba el filtro de exportación. Eso está cambiando y en Usaquén hay un ejemplo preciso de ese cambio. Café San Alberto tiene su sede en la calle 117, número 6A-47, y su historia comienza lejos de Bogotá, en Buenavista, Quindío, en una finca familiar que lleva décadas produciendo café de especialidad premiado internacionalmente.
La filosofía de la marca parte de una selección meticulosa en el origen y una búsqueda constante de sabores limpios y expresivos en la taza. En el local de Usaquén, los granos se tuestan para revelar claridad y el menú está concebido para mostrar cómo distintas preparaciones destacan facetas diferentes del mismo café. El cliente elige método y el barista explica el proceso. Desde los parámetros de molienda hasta el tiempo de extracción, pasando por las notas aromáticas que cabe esperar.
La experiencia de cata lenta molecular que ofrecen, reservable con antelación, lleva ese concepto un paso más allá. No es solo beber café, es entender por qué ese café sabe como sabe y qué decisiones tomó alguien en una ladera del eje cafetero para que llegue así a la taza. Las paredes del local nos recuerdan la finca de origen, con plantas de café en distintos estadios de crecimiento que hacen las veces de explicación visual del proceso. Inevitable quedarse más de lo previsto.
Ron, salsa y Caribe en las alturas: Pedro Mandinga Rum Bar
A pocos metros, un bar instalado en una casa colonial de tres plantas ofrece algo que curiosamente no abunda en Bogotá: una carta seria de rones. Pedro Mandinga Rum Bar nació en Ciudad de Panamá, de la mano del estadounidense Brad Krauss, maestro cervecero que destilaba ron como afición y que terminó construyendo un alambique de cobre para convertir la afición en marca.
El ron que da nombre a la casa, el Pedro Mandinga Silver, es un blanco sin añejamiento, con notas de banano y algodón de azúcar en nariz, más suave en boca que otros blancos del mercado, concebido para la coctelería. Los cócteles de autor llevan la firma del mixólogo Nathan Hazard, que para la apertura del bar en Bogotá estuvo estudiando frutas en mercados como Paloquemao, experimentando con pitaya, marañón y kiwi, hasta dejar en la barra de Usaquén mezclas propias de este territorio.
La carta de rones es, según sus responsables, una de las más amplias del país en ese destilado. Desde el Havana Club Selección Maestros hasta el Viejo de Caldas de ocho años, pasando por Flor de Caña, Appleton Estate, Botran, Pampero y Parce. El local funciona en tres plantas, cada una con carácter propio, con decoración caribeña, salsa a un volumen que permite conversar y un ambiente que traslada momentáneamente la altitud de Bogotá (2.600 metros) al nivel del mar. El bar ofrece también catas de ron para quien quiera entender qué hay en el vaso más allá del mojito.
Galerías: el arte que se pasea

Galería Aborigen - Foto: Christian Rojo
Usaquén acumula una densidad de galerías de arte que resulta llamativa para un barrio que no presume de ser distrito cultural. La Galería Aborigen es uno de los espacios más reconocibles del barrio, especializada en arte indígena y popular colombiano, con piezas que van desde textiles y cerámicas tradicionales hasta trabajo contemporáneo de artistas que dialogan con esa herencia. Es una muestra del tipo de propuesta que caracteriza al barrio, sin concesiones al souvenir fácil.
Pero Aborigen no está sola. Por las calles de Usaquén funcionan también espacios como La Cometa, con más de 35 años de trayectoria y presencia en Colombia, España y Estados Unidos, centrada en artistas latinoamericanos. Otras galerías como Umbral, Cecilia Gómez y Otros 360°, esta última fundada en 2012 con una apuesta por hacer el arte contemporáneo accesible a públicos amplios, completan un circuito que puede recorrerse a pie en una mañana. Las exposiciones rotan con regularidad, la entrada es generalmente libre y el nivel de la propuesta artística es, en conjunto, muy interesante.
Dónde dormir: el W y las alternativas del norte




W Bogotá
En Usaquén, el W Bogotá funciona como un hotel urbano con narrativa propia, de esos que entienden la ciudad y también el tipo de viajero que llega a ella. Su identidad visual gira en torno al mito de El Dorado y se nota desde el primer momento. El interiorismo fue concebido por el estudio neoyorquino Studio Gaia, dirigido por Ilan Waisbrod, con referencias directas a la laguna de Guatavita y a la idea de ofrenda, traducidas a un lenguaje contemporáneo de texturas geométricas, luz cálida y guiños dorados en lobby, pasillos, habitaciones y zonas comunes. En el Welcome Desk, los mostradores evocan balsas doradas y en el W Lounge aparecen hilos suspendidos que sugieren las ofrendas en el fondo del agua. Un mural de Vértigo Graffiti remata la historia con una lectura más emocional del mito.
El capítulo de bienestar es uno de sus puntos fuertes. El gimnasio FIT abre 24 horas y trabaja con equipamiento Technogym, y el AWAY Spa (unos 300 m²) incluye una piscina interior concebida como hidroterapia. La estética, de nuevo, sigue la narrativa de El Dorado con mosaicos dorados, tonos verde esmeralda y un enfoque sensorial, con tratamientos que incorporan productos botánicos locales elaborados para el hotel.

En gastronomía, el hotel juega en serio. Jairo, su restaurante, está planteado como cocina colombiana contemporánea con producto local y técnicas globales, desarrollado por el chef ejecutivo Juan Buitrago, junto con el bar manager Jeisson Caro, y ha sido reconocido como Mejor Restaurante de Hotel de Colombia 2025 por los World Culinary Awards. A eso se suma un brunch dominical muy popular, con formato extendido y una parte de coctelería que refuerza otro de los sellos de la casa: el bar como punto de encuentro, con ingredientes locales y referencias al país en la carta líquida del W Lounge.
Usaquén lleva años siendo descubierto y redescubierto y cada nueva ola de visitantes teme haber llegado demasiado tarde. Probablemente llevan razón en parte. E barrio ya no es lo que fue, pero tampoco pretende serlo. Lo que ofrece ahora, con todas sus capas superpuestas, con la tensión entre lo colonial y lo contemporáneo, entre el mercado de pulgas y el hotel de diseño, entre el café de especialidad y el bar de ron caribeño, es posiblemente más interesante que la postal de pueblo tranquilo que algunos buscan.


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