Cuando septiembre empieza a acortar los días en la península y las primeras chaquetas aparecen en los percheros, Puerto Rico mantiene el termómetro entre los 26 y los 30 grados con la constancia de quien no tiene ni idea de lo que es el otoño. La isla tiene casi 500 kilómetros de costa repartidos entre el Atlántico al norte y el Caribe al sur, más de 200 playas catalogadas y una temperatura del agua que rara vez baja de los 26 grados, incluso en los meses que en Europa llamamos invierno. No es un eslogan turístico. Es geografía.

Pero lo que distingue a Puerto Rico de otros destinos caribeños no es solo el clima. Es la variedad de costas en un territorio que se recorre en coche de punta a punta en tres horas. En la misma isla conviven arrecifes de coral con playas de arena volcánica, acantilados kársticos con manglares, oleaje atlántico para surfistas con bahías tan protegidas que el agua parece una piscina. A eso hay que sumar dos islas menores (Vieques y Culebra), una docena de cayos deshabitados y un estatus político como territorio no incorporado de Estados Unidos que, entre otras cosas, permite a los ciudadanos europeos entrar con el mismo visado que usarían para viajar a Nueva York.

Este es un recorrido por siete playas tranquilas, sin oleaje fuerte ni multitudes, pensadas para quienes buscan agua en calma y poca compañía. No son las únicas, pero sí las que mejor representan ese otro Puerto Rico que el viajero europeo rara vez tiene en el radar.

La playa que sabe a fritura

El Balneario La Monserrate, en el municipio de Luquillo, es posiblemente la playa más popular de la costa este y una de las más queridas por los propios puertorriqueños. Protegida por una bahía natural en forma de media luna, con aguas poco profundas y oleaje suave, la playa tiene el Bosque Nacional El Yunque como telón de fondo, lo que le da un marco visual que pocas playas del Caribe pueden igualar.

Pero lo que hace realmente singular a Luquillo no está en la arena. Está al otro lado de la carretera. Los Kioskos de Luquillo son un conglomerado de más de 60 puestos de comida alineados frente a la playa donde se come lo mejor de la cocina callejera puertorriqueña: alcapurrias (masa de plátano y yautía rellena de carne o marisco y frita), bacalaítos (tortitas crujientes de bacalao), pinchos (brochetas de cerdo o pollo marinadas en adobo) y agua de coco servida directamente del fruto.

Todo a precios que hacen que un almuerzo para dos cueste menos que un cóctel en cualquier resort de la isla. El balneario tiene duchas, socorristas, zona de pícnic y área de acampada por unos pocos dólares la noche. Llegar temprano es recomendable, sobre todo los fines de semana, porque el aparcamiento se llena antes del mediodía.

La piscina entre rocas

En la costa noroeste, en el municipio de Isabela, Montones Beach ofrece algo que parece un truco de la naturaleza. Una barrera de rocas cierra la entrada del oleaje atlántico y crea una piscina natural poco profunda de agua tibia donde es posible flotar sin que la corriente te empuje a ningún sitio. La playa no tiene servicios ni chiringuitos, lo que la mantiene relativamente tranquila incluso en temporada alta. Es el tipo de lugar donde llevas tu nevera, tu sombrilla y no necesitas nada más.

Unos kilómetros más al este, en Arecibo, La Poza del Obispo esconde otro fenómeno similar. Las formaciones de roca caliza kárstica que la rodean impiden que la marea suba y el resultado es una piscina de aguas transparentes protegida por paredes naturales, a la sombra del Faro de Arecibo. No hay establecimientos comerciales cerca, lo que obliga a ir preparado, pero también garantiza que la experiencia sea de las que se recuerdan precisamente por la ausencia de todo lo que sobra.

Acantilados blancos y tortugas

Peña Blanca, en Aguadilla, es una playa de doble personalidad. Entre mayo y agosto, cuando las corrientes se calman, funciona como una playa de snorkel donde es habitual ver tortugas marinas y bancos de peces tropicales entre los fondos de roca. En invierno, el oleaje sube y la misma playa se convierte en un punto de surf competitivo.

Lo que no cambia nunca son sus paredes de roca blanca kárstica, unas formaciones verticales que crean oquedades y sombras naturales donde es posible sentarse a leer o simplemente desaparecer del mundo durante unas horas. La elección de la fecha es importante. Quien busque calma total debe apuntar a los meses de verano.

La isla que inspiró a Stevenson

Frente a la costa de Ponce, la segunda ciudad de Puerto Rico, la Isla Caja de Muertos emerge del Caribe como un lomo de roca coronado por un faro español de 1880 que sigue en funcionamiento. Su nombre se debe al escritor francés Jean Baptist Labat, que en el siglo XVIII observó que, vista desde ciertos puntos de la costa sur, la isla semejaba la silueta de un muerto tendido sobre una meseta.

En 1935, el crítico literario Vincent Starret sugirió en una revista inglesa que esta podría ser la isla que inspiró a Robert Louis Stevenson para escribir La isla del tesoro. No se ha demostrado, pero la leyenda ha sobrevivido porque la isla tiene todo lo que un escritor del XIX necesitaba para fantasear: cuevas con petroglifos indígenas, playas desiertas, un sendero que sube hasta el faro y una historia de piratas que el historiador ponceño Cayetano Coll y Toste recogió en 1928 en su relato El Tesoro del Pirata Almeida.

La isla es reserva natural desde 1980 y solo se puede llegar en barco desde el muelle de La Guancha, en Ponce. El trayecto dura unos treinta minutos. Hay un límite de 300 visitantes simultáneos, lo que garantiza una experiencia de soledad difícil de encontrar en el Caribe. La playa Pelícano, la principal, tiene aguas cristalinas sobre fondos de coral, arrecifes para buceo y senderos entre bosque seco que llevan hasta el faro. Conviene llevar agua y comida, porque en la isla no hay nada. Literalmente nada.

Un refugio de vida silvestre con arena blanca

En Vieques, la isla municipio a la que se llega en ferri o en avión desde San Juan, la Playa Caracas (antigua Red Beach) forma parte del Refugio Nacional de Vida Silvestre, un área protegida que ocupa los terrenos de la antigua base naval estadounidense cerrada en 2003.

La playa tiene arena blanca, agua turquesa poco profunda, socorristas en servicio y un acceso sencillo desde la entrada del refugio. Es la más familiar y accesible de las playas de Vieques, lo que no significa que esté masificada. Vieques tiene 9.000 habitantes y recibe una fracción del turismo de la isla principal, así que "accesible" aquí significa que hay aparcamiento y baños, no que haya sombrillas de alquiler.

Donde acaba la isla

La Playuela, en Cabo Rojo, es la playa que aparece en todas las portadas de las guías de Puerto Rico y con razón. Conocida popularmente como Playa Sucia (un nombre que no le hace justicia y que procede de los restos de algas que el mar deposita en la orilla), esta playa ocupa el extremo suroeste de la isla, dentro de la Reserva Natural de Cabo Rojo. Por un lado, acantilados de piedra caliza caen al agua. Por otro, una lengua de arena se extiende hacia el mar formando una bahía protegida. Al fondo, el Faro de los Morrillos, construido por los españoles en 1882, vigila desde un promontorio que ofrece una de las puestas de sol más fotografiadas del Caribe.

El acceso requiere un tramo de carretera sin asfaltar que desanima a los conductores de coches de alquiler pequeños, lo que funciona como filtro natural contra las multitudes. No hay servicios en la playa. No hay música. No hay vendedores ambulantes. Solo arena, agua, acantilados y un faro al que se puede subir antes de que el sol se ponga. Es el tipo de lugar que cierra un viaje y que hace que el otoño europeo, al volver, parezca un poco más llevadero.