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La imponente presencia de la cordillera del Cáucaso se eleva sobre las tierras de Georgia, como una familia de titanes preparados para la guerra. Sus siluetas se extienden sobre campos, bosques, desiertos, ríos y viñedos milenarios. Sobre los monasterios, los iconos y las cruces doradas. Para los griegos el Káukaso era uno de los pilares que sostenían el mundo. En una de sus cimas, Zeus encadenó a Prometeo por robar el fuego y mostrárselo a la humanidad. Un águila le devoró el hígado allí arriba durante una eternidad. 

Georgia (Sakartvelo para los propios georgianos) es lugar de frontera, paisaje de leyendas infinitas que han llegado hasta nuestros días. Jasón y sus Argonautas viajaron aquí para conseguir el vellocino de oro. Tras casi un siglo de aislamiento obligado, comienza a reclamar una merecida atención internacional. De hecho, acaba de entrar en el proceso para formar parte de la Unión Europea. Naturaleza, cultura ancestral, lugares y tradiciones reconocidas por la UNESCO, una diversidad sorprendente y una original gastronomía son algunas de las razones para visitar un país formado por dos caras, la Cólquida, al oeste, e Iberia, al este. 

Lo que no se puede tocar

Tbilisi – Foto de Íñigo de Amescua

Lo más importante casi siempre es invisible. La cultura georgiana es una muestra de ello. De hecho, se construye a partir de tres ejes: la religión (un reino georgiano fue uno de los tres primeros en adoptar el cristianismo como religión oficial); la viticultura y la lengua (cuenta con tres sistemas de escritura únicos). Elementos de estos tres ejes están entre los bienes inmateriales reconocidos y protegidos por la UNESCO. La importancia de la lengua y la literatura georgiana se refleja en la presencia de dos obras como El Caballero de la Piel de Pantera y el atlas de Vakhushti Bagrationi, en la lista UNESCO.

Por eso iniciamos el viaje conversando en Tbilisi con Dato Turashvili, uno de los autores más reconocidos del país (Vuelo desde la URSS es una buena introducción a su obra). Un testigo de primera línea de los últimos y profundos cambios que se viven en la región como la independencia de la URSS, la búsqueda de la identidad nacional, la literatura…  y de otros tesoros de la rica cultura georgiana como el impresionante canto polifónico (también reconocido por UNESCO) o la cocina.

En este último campo destaca Tekuna Gachechiladze, fundamental en la nueva cocina georgiana. De hecho, Tekuna une la literatura, su restaurante Café Littera está situado en el maravilloso edificio de la Casa de la Literatura, y la cocina al igual que mezcla la tradición culinaria del país con lo biodinámico, las influencias internacionales y lo sostenible. Tbilisi es parte de la Red de Capitales Mundiales del Libro.

Tekuna Gachechiladze – Foto de Íñigo de Amescua
Chidaoba – Foto de Íñigo de Amescua

Otros aspectos culturales muy diferentes nos llevan a quince kilómetros de la frontera con Osetia del Sur. El sol diagonal de la tarde hace más densa la nube de polvo y serrín en suspensión sobre las cabezas de los luchadores. La música (con una flauta, zurna, y un tambor, doli) es repetitiva, aguda, hipnótica. Alrededor del escenario circular, en la estructura metálica, se sientan familias, jueces, músicos.

La Chidaoba es un arte marcial ancestral con puntos de conexión con el judo o la lucha canaria y también es parte de la lista de bienes inmateriales de la UNESCO. Esta modalidad deportiva comprende unas 200 llaves y contra-llaves y se prolonga durante horas en sucesivas rondas que finalizan en entrega de torneos y vítores para todos.

Lo que se puede tocar

Mtskheta – Foto de Íñigo de Amescua

A unos 30 minutos en coche de la capital está Mtskheta, una de las poblaciones continuamente habitadas más antiguas del mundo. Fue la capital del reino georgiano de Iberia y se levanta en la confluencia de dos ríos desde, al menos, la Edad de Bronce. Parte de la lista de la UNESCO, ofrece joyas de la arquitectura y la cultura georgiana como los monasterios de Jvari (que se levanta en una colina frente a la ciudad desde el siglo VI), el de Antíoco (Siglo IV), el de Samtavro (siglo IV) o la Catedral de Svetitstkhoveli (siglo XI). Todos ellos mantienen esa belleza desnuda, pura, a pesar de añadidos y cambios. En ellos siempre resuenan los murmullos de los rezos y las bellas letanías de los cantos de sacerdotes, o monjas, siempre vestidos de negro de cabeza a pies con sus largas barbas y melenas. 

Sobre el gran muro de montañas del Cáucaso, en la región del Alto Svaneti, el tiempo y la naturaleza parecen haberse detenido. Su cordón umbilical con el mundo es una carretera estrecha y sin asfaltar, y sin cobertura móvil ni gasolineras (una de las más peligrosas de Europa), que te lleva durante unas cuatro horas sobre picos, precipicios y estrechos valles que, aún en pleno verano, discurren, a veces, por el interior de tubos de hielo.

Svaneti – Foto de Íñigo de Amescua
Svaneti – Foto de Íñigo de Amescua

Poseen una cultura característica (con gran presencia de tradiciones paganas), su propia lengua, y su propia arquitectura popular.  Sus construcciones se encaraman sobre las pendientes con negras torres de vigía en cada hogar que datan de la Edad Media. Bosques de coníferas, rebaños de cabras, ríos salvajes… Svaneti es un paraíso natural y cultural. La localidad de Ushguli, forma parte de la lista UNESCO.

Sigamos más atrás en el tiempo. Mucho más atrás. Y viajemos al sur, a Dmanisi. Allí, bajo una maravillosa ciudad medieval que formó parte de la Ruta de la Seda, arrasada por Tamerlán, los arqueólogos descubrieron hace unos años algo que, al igual que Atapuerca en España, cambió la manera en que entendemos el origen de la Humanidad: restos de homínidos de hace 1,8 millones de años, la evidencia más antigua de nuestra especie fuera de África. Este Homo Georgicus, que data del Pleistoceno, es fundamental para comprender cómo los homínidos dejaron África para habitar otras regiones del mundo. Por supuesto también forma parte de la Lista de la UNESCO.

Vino de la familia Togonidze – Foto de Íñigo de Amescua

El vino, y todo su proceso de elaboración, forma parte de una tradición y de una artesanía que forma parte del ADN de Georgia. Ambos son inseparables. De hecho, cuenta con evidencias de métodos de producción vinícola que se remontan a hace 8.000 años, antes que en ningún otro lugar. Esta historia hace que tanto los métodos de producción como los ritos asociados con su consumo sean únicos. El vino se almacena y se guarda bajo tierra en enormes tinajas de cerámica llamadas qvevri. La familia Togonidze, en la región de Kakheti, posee una pequeña explotación y produce deliciosos vinos blancos, tintos y también chacha, un tipo de brandy que se realiza con el hollejo.

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