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Acostumbrados como estamos en España a los litorales sospechosamente urbanizados, La Graciosa es una bendición, un regalo para los sentidos y para el corazón, una isla casi desierta de playas vírgenes y calles de arena, el sueño de un asceta. Porque todos hemos deseado alguna vez desaparecer, ser solo viento, entregarnos a la contemplación sin más anclajes que una sombrilla. Y sonreír soltando cabos atados mientras el billete de vuelta se pierde mar adentro. Así es la Graciosa, la sonrisa de Canarias. 

La Graciosa, la octava isla canaria 

Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias
La Graciosa desde Lanzarote. Fuente: Depositphotos

El 26 de junio de 2018, la Comisión General de las Comunidades Autónomas del Senado aprobó una moción para reconocer a La Graciosa como la octava isla habitada de Canarias, dejando atrás su condición de islote. Un poco como Plutón, pero al revés.  

Para los gracioseros suponía la culminación de una iniciativa que arrancó con una propuesta en change.org y que ha terminado con un reconocimiento que supone para La Graciosa un (téorico) mejor control sobre el turismo y sobre este territorio que forma parte del Parque Natural del Archipiélago Chinijo, junto a los islotes de Montaña Clara, Roque del Este, Roque del Oeste y Alegranza. 

Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias
Caleta del Sebo. Fuente: Depositphotos

Hay que irse 600 años atrás en el tiempo para recordar la llegada del explorador y pirata normando Juan de Bethencourt que la integró bajo los dominios de Enrique III de Castilla. Y no sería hasta 1880 cuando la isla es habitada de forma estable tras la creación de una factoría de salazón de pescado. 

Hoy, poco más de 700 habitantes residen en La Graciosa, la mayoría de ellos en Caleta del Sebo, la primera parada en nuestro recorrido por la isla. El ferry regular que conduce a La Graciosa desde Puerto de Órzola en Lanzarote arriba en esta pequeña localidad que sorprende al visitante con su singular fisionomía: casitas blancas de una o dos alturas y calles de tierra y arena. Ni rastro del asfalto que ha conquistado otros paraísos litorales. 

En Caleta de Sebo se ubican la mayoría de apartamentos y hostales que en la época prepandémica ya se veían desbordados ante la fama que iba adquiriendo la isla como edén para la desconexión.

Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias
Playa Francesa y la Montaña Amarilla. Fuente: Pixabay

Porque tal y como sucede en otros enclaves costeros, en La Graciosa también se mantiene una cierta tensión entre la explotación turística y la preservación medioambiental. En la octava isla de Canarias, de momento, pesa más la segunda. Confiemos en que por mucho tiempo más. 

Tras dejar Caleta del Sebo es hora de recorrer el sur de La Graciosa para alcanzar varios de sus arenales más conocidos. El primero de ellos en la playa del Salado, una de las más concurridas de la isla por su cercanía al puerto de Caleta de Sebo. Además del baño, las vistas deslumbran: en lontananza, el Risco de Famara de Lanzarote donde se encuentra el Mirador del Río

Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias
Playa de la Cocina. Fuente: Wikipedia

Continuando ruta hacia el oeste y pasando la Punta de la Herradura, alcanzamos playa Francesa, todo un icono graciosero: 500 metros de arena blanca bañada por aguas azul turquesa. Se trata de otro arenal bastante concurrido en temporada alta porque aquí atracan algunos de los barcos que hacen excursiones por el litoral de la isla.  

Y un poco más al este, el primer tesoro escondido de La Graciosa: la playa de la Cocina cobijada por la Montaña Amarilla, una de las mejores excursiones de la isla. Debido a que hasta aquí no pueden llegar los taxis 4×4 que recorren La Graciosa —únicos vehículos motorizados turísticos autorizados— se trata de una playa menos visitada, con ese aire salvaje que tanto nos gusta. Y si estás bien de piernas, no te pierdas la subida a la Montaña Amarilla de 175 metros de altura sobre el nivel del mar. 

Rumbo a playa de Las Conchas 

Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias
Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias. Fuente: Depositphotos

Dejamos el sur de la isla y nos vamos a reconocer el norte, camino de la playa de Las Conchas, la joya graciosera por excelencia. Pero antes de un nuevo baño, es hora de sudar encima de la bici. Al margen de los taxis 4×4, la bicicleta es el medio de transporte ideal para recorrer La Graciosa.  

Pese a que no hay grandes desniveles sí es cierto que algunos tramos tienen dificultad por la cantidad de arena de los caminos. Pero la ruta circular de poco menos de 20 kilómetros que parte de Caleta de Sebo hacia el norte es toda una experiencia.  

Dejando al oeste las montañas conocidas como Agujas —la Aguja Grande con sus 266 metros es la cima de la isla— alcanzamos el Barranco de los Conejos, el primer tesoro de la ruta: una pequeña cala escondida para disfrutar del silencio. 

Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias
Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias. Fuente: Depositphotos

Volvemos sobre nuestros pasos para tomar el camino que lleva a Pedro Barba, la primera localidad habitada de la isla, en tiempos de aquella fábrica de salazones. Actualmente no tiene población permanente: las bonitas casas encaladas del pueblo son apartamentos turísticos.  

Tras pasar el Bufón de La Graciosa —que genera grandes chorros de agua en días de marejada— y Punta de Pedro Barba —el punto más oriental de la isla— llegamos a playa Lambra, un arenal con fuertes corrientes que, junto a la Baja del Ganado en el litoral occidental, ofrece los dos mejores spots para los aficionados al surf 

Tras bordear Punta Gorda y admirar las vistas del islote de Alegranza, el más septentrional de todas las Islas Canarias y que también forma parte del archipiélago Chinijo junto a la vecina isla de Montaña Clara, bordeamos Montaña Bermeja y descendemos hacia la playa de las Conchas, uno de los arenales más deslumbrantes de todo el litoral canario.  

Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias
Descubriendo la Graciosa, la sonrisa de Canarias. Fuente: Unsplash

Si eres fanático de las playas salvajes, Las Conchas te dejará sin palabras. Tras varios kilómetros pedaleando entre complicadas pistas de tierra y arena, alcanzar este lugar es como ponerse el amarillo en la etapa reina del Tour: una experiencia inolvidable.  

Y pese a que hay que tener precaución con el baño por sus fuertes corrientes, el escenario que ofrece esta playa, con la Montaña Bermeja a un lado y el islote Montaña Clara mar adentro, es asombroso: la guinda perfecta a esta ruta por la sonrisa de Canarias.  

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