En la ladera occidental de Medellín, la Comuna 13 se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de la transformación que también ha vivido la ciudad en las últimas décadas, con inversiones en movilidad, espacio público y proyectos sociales que cambiaron la relación entre el centro y las comunas de montaña. Recorrer hoy sus pendientes permite ver un barrio marcado por el conflicto y por una memoria reciente que sigue presente, pero también por la capacidad de organizarse, recuperar espacios y construir una economía cultural propia a partir del arte, la música y el trabajo comunitario.
Juan Pablo, un guía local que prefiere ser llamado Pájaro, nos recibe con una declaración de principios que marca el tono del recorrido que estamos a punto de comenzar: ” Para mí es un placer y un honor poderles compartir un poquito de la historia y la transformación que hemos tenido en este tiempo”.
Las raíces de un pasado complejo

Para entender la realidad actual de este territorio, es imperativo profundizar en las décadas donde la ausencia de alternativas marcaba el destino de sus jóvenes. Durante los años ochenta y noventa, la geografía de la comuna, con sus callejones estrechos y su ubicación estratégica en la montaña, la convirtió en un botín para diversos grupos armados. La violencia no era un concepto abstracto, sino una realidad que fracturaba familias enteras. Pájaro nos comparte un fragmento de su propia biografía para ilustrar este ciclo:
“Mi hermano era el único sustento y lo matan en el 2008. Yo quería buscar oportunidades y no había qué hacer. Y le llegaban a uno y le decían aquí hay un arma y aquí hay plata. Y a mí me decían: aquí puedes cobrar venganza por tu hermano. Era el círculo vicioso que vivíamos siempre en el barrio.”
Uno de los capítulos más oscuros y determinantes en la cronología de la Comuna 13 ocurrió en octubre de 2002 con la Operación Orión, un operativo conjunto de Fuerza Pública que buscó retomar el control de varios sectores del occidente de Medellín, en especial de esta comuna, mediante una intervención masiva en un entorno urbano densamente habitado. Durante esos días hubo despliegue de tropas, allanamientos y detenciones, con enfrentamientos en plena zona residencial y el impacto se sintió de forma directa en la población civil, que quedó atrapada entre el miedo, los señalamientos y las consecuencias posteriores del operativo.





Comuna 13 - Foto: Christian Rojo
Esta intervención militar a gran escala dejó cicatrices que la comunidad se niega a ocultar, pues considera que el olvido es una forma de repetición. Pájaro insiste en la importancia de este relato histórico durante la visita: “Es algo fuerte, pero es algo que tenemos que hablar porque es parte de nuestra historia. Si no lo contamos es como si no hubiera pasado”. La Comisión de la Verdad la describe como la mayor acción militar en área urbana en Colombia dentro de la historia del conflicto armado y subraya denuncias por capturas arbitrarias, detenciones selectivas, desapariciones y actuaciones irregulares, además de la participación de estructuras paramilitares.
El dominio de estos grupos se basaba en el ejercicio sistemático del terror en espacios públicos. Pájaro nos señala una antigua cancha de fútbol sala como ejemplo de esta dinámica: “Ahí era donde dejaban los muertos o donde más gente asesinaban para que lo viéramos y así nos dominaban con el miedo”. La violencia generaba un estado de vigilancia constante entre vecinos, donde la presencia de cualquier extraño despertaba sospechas inmediatas. Los residentes habitaban un entorno de paranoia debido a las posibles represalias de bandos contrarios.
El arte como escudo y motor económico


Comuna 13 - Foto: Christian Rojo
El proceso de transformación de la Comuna 13 no empezó de un día para otro ni fue resultado de una única política pública. Fue una suma de factores. Por un lado, la mejora progresiva de la seguridad permitió recuperar espacios públicos. Por otro, la comunidad comenzó a organizarse en torno a iniciativas culturales, educativas y sociales. El arte urbano y la cultura hip hop jugaron un papel central como herramientas de expresión, denuncia y reconstrucción del tejido social.
Uno de los hitos visibles de ese cambio fue la instalación de las escaleras eléctricas al aire libre, inauguradas en 2011. No nacieron como atractivo turístico, sino como una solución de movilidad para un barrio construido sobre pendientes pronunciadas. Reducir tiempos de desplazamiento significó mejorar el acceso a servicios, al transporte público y al resto de la ciudad. Con el tiempo, esas escaleras se convirtieron también en un símbolo de la transformación y en uno de los puntos más visitados por quienes llegan a la Comuna 13.
La transformación definitiva comenzó a gestarse cuando el barrio decidió cambiar las armas por los aerosoles y los micrófonos. El arte urbano y la educación se convirtieron en la nueva vía de acceso a la legalidad. Los niños de la comuna ya no veían en el “bandido” el único modelo de éxito. Ahora, figuras como el grafitero Chota, quien genera decenas de empleos dentro del barrio, o el organizador de eventos El Chao, son los nuevos referentes.
“Ya los niños entienden mejor qué hay a cada lado de la balanza. Saben que si eligen el camino de la delincuencia, lo más probable es que acaben en la cárcel o en el cementerio. Y también ven que, si apuestan por el arte, pueden ganarse la vida incluso mejor y, sobre todo, vivir con la tranquilidad de estar donde quieran.”
Este cambio de mentalidad ha permitido que el turismo se convierta en el eje de la economía local. Pájaro reflexiona sobre la importancia de los visitantes en este proceso: “el turismo es el que nos da la oportunidad del cambio a todos. Por eso, al turista lo cuidamos como a un tesoro”. Hoy en día, la comuna recibe entre 6.000 y 7.000 personas diarias, lo que sostiene a cientos de guías y pequeños negocios familiares.
La experiencia de la visita a Comuna 13




Comuna 13 - Foto: Christian Rojo
El recorrido por la Comuna 13 ofrece una inmersión en la diversidad cultural de Medellín. Un dato relevante es que el sector alberga al 40% de la población afrodescendiente de la ciudad, personas que llegaron principalmente desde la región del Pacífico huyendo de la violencia. Esta migración trajo consigo una riqueza gastronómica que hoy es protagonista. Una de las paradas obligatorias es para degustar los helados tradicionales, una invención de las mujeres locales para generar ingresos extra: “es una crema de maracuyá con mango que nace acá y muchas personas famosas han venido a probarlos”.
Alrededor de las escaleras eléctricas y en pequeñas plazoletas, es habitual encontrarse con actuaciones callejeras de hip hop, desde freestyle y rap en vivo hasta exhibiciones de breakdance y baile urbano que se montan en escenarios fijos o improvisados: una esquina con buen espacio, un descansillo, una cancha o un mirador donde se forma un semicírculo de público. Parte de esa energía viene de la propia escena cultural del barrio y de colectivos como Casa Kolacho, un referente comunitario ligado a la cultura hip hop en la comuna, que ha trabajado durante años en formación y actividades culturales.

Además de los murales que cubren casi cada superficie disponible, el visitante puede encontrarse con tradiciones recuperadas como las carreras de carros de rodillos. Estos vehículos de madera con ruedas mecánicas nacieron originalmente como una herramienta de trabajo para reciclar, pero han sido rescatados como una actividad festiva que une a las generaciones1. Es una muestra de cómo la comunidad ha sabido resignificar elementos cotidianos para fortalecer su identidad cultural.
Recomendaciones para una visita responsable

Para que la visita sea responsable, los guías enfatizan ciertas normas de comportamiento que buscan proteger el tejido social. Una de las más importante es la de no entregar dinero directamente a los niños para evitar la explotación infantil: “Tenemos que apoyar a los niños, pero se nos está presentando una problemática de explotación infantil. Hicimos el cambio desde el arte y la educación y no nos podemos permitir un paso atrás”. Existen organizaciones y colectivos artísticos donde los jóvenes pueden recibir apoyo de manera estructurada y más constructiva.
Otras recomendaciones incluyen tener precaución en las vías de acceso compartidas con motos y no tocar a los animales callejeros, pues forman parte de la dinámica del barrio pero su estado de salud no siempre es el mejor. En cuanto a la seguridad, conviene aplicar los cuidados habituales de cualquier visita urbana con mucha afluencia, llevar el móvil y la cámara controlados, evitar exhibir objetos de valor y estar atento a posibles pequeños robos. Dicho esto, en general la Comuna 13 es hoy un lugar seguro en los circuitos más visitados, y la propia comunidad y los comerciantes suelen estar muy pendientes de lo que ocurre en las calles, avisando y reaccionando rápido ante la presencia de posibles delincuentes para proteger tanto a los vecinos como a los visitantes.
La forma más sensata de acercarse a la Comuna 13 es hacerlo acompañado por un guía local que viva el barrio y pueda poner contexto a lo que se ve. Solo así se entiende que, detrás de los murales, los bares con música a todo volumen y las escaleras, sigue habiendo una comunidad con rutinas, memoria y una economía que depende del turismo, pero no se reduce a él. Escuchar a alguien como Pájaro, mientras se camina por sus calles, ayuda a distinguir la postal de la historia y a visitar la Comuna 13 con respeto, sin convertirla en un simple escenario.

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