El día empieza verdaderamente temprano. Tan temprano que la división entre noche y mañana es incierta. Cuando la alarma suena por enésima vez, el reloj marca las cuatro y poco de un tiempo limbo. Normalmente no compito con el sol para ver quién es el primero en empezar el día. Ya sé que esa guerra la tengo perdida. Sin embargo, de forma excepcional, hoy gano la batalla.

Me dirijo a Xochimilco, en el sur de la Ciudad de México. A principios de 2016 el Distrito Federal dejó de serlo. Se transformó en un estado más del país y perdió su nombre histórico. Entonces, las delegaciones se convirtieron en alcaldías. Xochimilco es una de ellas. La tercera alcaldía más grande de la ciudad y, lo que es más notable, uno de los contados lugares en la mancha urbana donde la agricultura hace frente a la ambición babilónica de la metrópoli.

Xochimilco - Foto: Christian Rojo

Llegar a mi destino no suele ser cosa fácil. Hace ya muchos años que los más de 30 kilómetros que separan a Xochimilco de mi casa se miden en horas de tráfico. Un par en una mañana cualquiera, y lo mismo tres que cuatro si se disputa un partido importante en el Estadio Azteca. Cuando el camino se emprende antes de las cinco de la mañana, cuando menos, la ruta demanda más atención que paciencia.

Xochimilco, nombre náhuatl que significa "campo de flores", me resulta familiar. Las voces indígenas están muy presentes en la toponimia y la cotidianidad mexicanas. Eso sí, aunque mi vínculo con la palabra es orgánico, mi relación con el lugar es como la de cualquier turista. Desde que tengo memoria, mis visitas a Xochimilco han tenido que ver con balsas decoradas con flores, puestos flotantes de quesadillas y mariachis que entonan a todo pulmón el cancionero de Juanga.

Hoy el plan es otro. En el embarcadero de Cuemanco me espera el equipo de Humedalia, una asociación civil volcada a restaurar los humedales del Valle de México. A bordo de un cayuco, todavía a oscuras, nos adentramos en los canales lacustres de Xochimilco. Esta vez no buscamos micheladas ni elotes con chile del que pica, sino técnicas de cultivo milenarias y animales microendémicos. Ambos, amenazados. Con esa introducción comenzamos a remar.

Cuestión de riqueza

En 2018, el Banco de México introdujo los billetes de la serie G. Por primera vez en la historia del país, una familia entera de papel moneda se dedicó de forma explícita a la biodiversidad. Poco a poco, los monumentos de siempre cedieron terreno a cráteres volcánicos, bosques de oyameles y manglares. Primero aparecieron las ballenas grises y las águilas reales; luego, las mariposas monarcas seguidas de los cocodrilos mexicanos y los jaguares.

El billete de cincuenta pesos, equivalente a un par de euros, fue el último en llegar. Nadie estaba preparado para lo que vino con él. En el reverso, protagonizado por los canales de Xochimilco, se puede ver un ajolote. Gorda, como se apodó al animal que aparece en el billete, causó revuelo. De acuerdo con estimaciones del Banco de México, más de doce millones de pesos están fuera de circulación como resultado de billetes convertidos en objetos de colección.

Cuando se emitió por vez primera, a finales de 2021, el billete de 50 pesos se llegó a vender por el doble o el triple de su valor. El objeto ya no es una rareza, pero la imagen idílica que presume sí. Buena parte del Xochimilco de los ajolotes, los maizales, el agua de manantial y las balsas a remo ha sucumbido ante el Xochimilco de las especies invasoras, las lanchas de motor, el agua tratada y las canchas de fútbol que dejan más dinero y requieren menos trabajo que el campo.

Con esta conversación sobre la situación actual de Xochimilco, llegamos a nuestro destino. El viaje en cayuco toma poco menos de una hora. Las siluetas de los árboles, cada vez más grandes, sugieren que hemos dejado los canales amplios. Y los sonidos de las aves, cada vez más frecuentes, sugieren que estamos en una zona con menor tránsito humano. Pronto, el amanecer confirma las suposiciones.

Estamos en la zona núcleo de la reserva. Tan cerca y tan lejos, al mismo tiempo, del Xochimilco turistificado. Aunque el lugar no se salva de los lirios invasivos, las tilapias que desplazan ajolotes y los plásticos de un solo uso que flotan libremente, la postal aún evoca la del billete de 50 pesos. Especialmente en un día como hoy, cuando la salida del sol se acompaña con vistas claras de Don Goyo, como llamamos de cariño al volcán Popocatépetl.

De vuelta al origen

Xochimilco fue inscrito como Patrimonio de la Humanidad en 1987, en buena medida gracias al valor cultural e histórico de las chinampas. A lo largo de los siglos, distintos pueblos indígenas aprendieron a cultivar en las aguas someras del Valle de México. Era eso o irse. Se cree que en la época de los toltecas, hacia el año 900 de la era común, las islas de cultivo que hoy conocemos como chinampas ya formaban parte esencial del paisaje.

En la chinampa de Humedalia, donde transcurre el resto del recorrido, los cultivos combinan saberes. Por un lado, tradicionales: islas construidas con lodo del lago, donde las plántulas se siembran en chapines, pequeños cubos de tierra mezclada con sedimento del canal. Por otro, contemporáneos: métodos como el biointensivo, que imita procesos naturales, y la asociación de cultivos, que aprovecha la interacción de distintas especies sembradas en proximidad.

Esta no es una chinampa idéntica a las que proliferaron durante el imperio mexica, pero es un espacio agrícola vivo en el corazón de la ciudad. Y de estos quedan cada vez menos. Humedalia fue fundada en 2014 por un laboratorista y tres estudiantes de maestría de la Universidad Nacional Autónoma de México, todos con experiencia y estudios en restauración ecológica. El proyecto nació con el objetivo de recuperar y preservar el humedal de Xochimilco. El ecoturismo, que Humedalia ofrece en su web y en plataformas como Airbnb, vino después.

Armando, el único de los fundadores que continúa con la organización, está en la chinampa. Mientras desayunamos ensalada de la huerta y tlacoyos de frijol, tortitas de maíz rellenas de judías negras, me cuenta sobre las derrotas y los logros de la asociación. La idea nunca fue traer turistas, pero resulta tanto más pragmático que esperar subvenciones que no llegan. Los recorridos por la zona núcleo de Xochimilco sostienen financieramente al proyecto y, a su vez, amplifican el mensaje de la importancia de conservar el humedal.

Proyecto Humedalia - Foto: Marck Gutt

La huerta tiene vacas por vecinas. Eso no está permitido, pero hay solo tanto que se puede hacer con la teoría. Así como yo elijo mis batallas con el sol, Humedalia elige las suyas con los actores de la comunidad. En lugar de pelear contra el sistema, la apuesta es por la educación. La lista de proyectos incluye la impartición de cursos y un manual de buenas prácticas para restaurar el humedal. El documento, listo para ver la luz, contiene un repaso histórico, información empírica e ilustraciones originales. Es cuestión de tiempo y de apoyos.

Dos horas bastan para charlar sobre la historia de los canales, recorrer el jardín de polinizadores y ver de cerca los ajolotes del proyecto de crianza que dirige Armando. Podría pasar más tiempo en la chinampa, pero es momento de partir. De regreso, el viaje en cayuco es menos onírico. En lugar de niebla y misterios de la noche, vemos campos de fútbol y lanchas de motor. Ese es Xochimilco hoy: un respiro de verdor en la ciudad más poblada de Norteamérica, un lugar donde la conservación y las promesas de progreso económico se enfrentan todos los días.