Hay pueblos que llevan el peso de la historia con una naturalidad que desorienta. Villamanrique de la Condesa, a poco más de 45 minutos de Sevilla, no presume de nada con demasiada insistencia, pero el que empieza a rascar descubre que fue aquí donde un cazador llamado Gregorio Medina encontró en el hueco de un acebuche la imagen que daría origen a la romería más multitudinaria de España.

Descubrirá también que sus campos sirvieron de coto de caza a reyes y de paso a las cortes borbónicas camino de Doñana. Que su hermandad es la más antigua de cuantas peregrinan al Rocío y que su nombre cambió tres veces a lo largo de los siglos. Todo eso ocurrió en un municipio de 4.600 habitantes que, según sus propios vecinos, todavía no ha recibido toda la atención que merece.

Mures, Villamanrique de Zúñiga, villa de la Condesa

Villamanrique de la Condesa

El nombre actual del municipio es el tercero que ha tenido. El primero fue Mures, asentamiento que aparece referenciado en el Libro de la Montería que mandó escribir el rey Alfonso XI, documento conservado en la Catedral de Sevilla. Los monteros y cazadores manriqueños que acompañaban al rey en sus cacerías fueron los que trajeron la devoción a la Virgen del Rocío hasta la villa y fundaron el 20 de octubre de 1388 la primitiva Cofradía de Monteros de Santa María de las Rocinas en Mures.

El segundo nombre llegó en el siglo XVI, cuando el rey Felipe II, dos años antes, había nombrado marqués a don Álvaro Manrique de Zúñiga y el primer marqués rebautizó el lugar como Villamanrique de Zúñiga. El nombre se mantuvo hasta 1916, cuando el municipio adoptó el apellido de Isabel Francisca de Orleáns, condesa de París y gran benefactora de la villa. Se cambió el nombre del municipio entonces a Villamanrique de la Condesa.

José, el cronista oficial de la villa nos explica que esa condesa era tataranieta de quien es hoy sería la reina de Francia, aunque el vínculo más visible con la realeza está en el palacio que se alza junto a la iglesia parroquial. La familia Orleáns-Montpensier se hizo con él a mediados del siglo XIX y, junto a él, con los terrenos que van desde el término de Villamanrique hasta la aldea del Rocío, incluyendo lo que se conoció como el coto de Gatos y el coto del Lomo. Antes que ellos, el propio Felipe V visitó el pueblo camino del coto de Doñana, hecho que quedó registrado en las actas del ayuntamiento, que lo describen como el único pueblo abocado a dicho paso. La corte, literalmente, pernoctó aquí.

"Uno de los últimos eventos pues fue la despedida de doña Esperanza y don Pedro, que fueron los últimos que vivieron en el palacio. Vinieron de todas las casas reales del mundo"

El cronista recuerda también que en 1972 llegó al pueblo la princesa Noor, hermana de la reina de Jordania, con motivo de la boda de un familiar, en lo que fue, según sus propias palabras, la primera o una de las primeras visitas de un miembro de aquella familia real a España.

Y que él mismo, de joven, veía pasar motos sin saber quién iba en ellas hasta que alguien le confesó que era el rey Juan Carlos, entrando en el palacio sin que nadie lo anunciara. Villamanrique y la discreción real, una relación larga y poco contada.

La hermandad que lo empezó todo

El Rocío

Si el nombre del pueblo ha cambiado, su vínculo con el Rocío permanece intacto desde el siglo XV. La primacía de Villamanrique en la historia rociera es incuestionable por razones históricas y documentales, ya que fue un manriqueño, Gregorio Medina, el primero que según la leyenda vio el rostro de la Sagrada Imagen de la Virgen del Rocío. Aquel cazador encontró la imagen en el hueco de un viejo acebuche, la devoción se extendió y a raíz del hallazgo comenzaron a peregrinar periódicamente los devotos manriqueños hasta las Rocinas. Poco después, apareció organizada una primera asociación de devotos, integrada fundamentalmente por cazadores y campesinos, que es el embrión de la Primera y Más Antigua Hermandad del Rocío.

Villamanrique de la Condesa es la primera hermandad del Rocío que hizo la romería, la primera que trazó el camino del Rocío, conocido hoy como "camino de Villamanrique al Rocío", y la primera que confeccionó un simpecado en el siglo XVI, reliquia rociera que ostenta la representación pictórica más antigua de la Virgen del Rocío.

Ese simpecado, conservado y exhibido con orgullo, tiene fecha y autoría conocidas. Es obra del año 1766 y está confeccionado en terciopelo rojo con láminas de plata de ley traídas de las Indias y la pintura de la Virgen del Rocío que contiene se atribuye al pintor Domingo Martínez, discípulo de Murillo.

El papel de la hermandad manriqueña en la historia del Rocío va más allá del origen. La Hermandad de Villamanrique es madrina de muchas hermandades de la archidiócesis de Sevilla, entre ellas las de Triana, Benacazón, Bollullos de la Mitación, Sevilla, El Salvador, Cerro del Águila, Sevilla Sur, Santiponce, Carmona y Tomares. El rito del amadrinamiento, que hoy practican decenas de hermandades, lo inventó también esta villa. Fue en 1814 cuando la Hermandad de Villamanrique amadrinó y presentó por primera vez ante la Virgen del Rocío a la Hermandad del Rocío de Triana.

En Villamanrique de la Condesa se encuentran los más antiguos manuscritos y objetos del arte rociero y de su ancestral devoción a la Blanca Paloma de las Marismas dan testimonio los Libros Parroquiales de Bautismo, donde desde el 24 de mayo de 1750 todos los manriqueños, incluso los varones, llevan agregado el nombre del Rocío. Una costumbre que, aunque ya no se mantiene con la misma regularidad, explica mejor que cualquier estadística el grado de arraigo de esta devoción.

La Plaza de España como kilómetro cero

Días antes de Pentecostés, la localidad vive sus días grandes con el Paso de Hermandades, Fiesta de Interés Turístico de Andalucía, que convierte a la localidad en auténtico kilómetro cero de los caminos rocieros. Esta fiesta religiosa ya ha cumplido dos siglos de historia y cada año son miles los visitantes que disfrutan de ella en la Plaza de España de Villamanrique de la Condesa.

La escena tiene una lógica propia. Desde que comienza la peregrinación de las hermandades en tiempo de Pentecostés, la Hermandad del Rocío de Villamanrique está de guardia permanente para saludar, en el atrio de su iglesia, a todas las hermandades que hacen el camino procedentes del Quema en dirección a la Raya. Villamanrique rinde su hospitalidad y respeto a las hermandades visitantes, unas setenta, que ante los siete escalones de los porches tienen su paso por esta carrera oficial de los caminos rocieros.

Y hay hermandades que, aunando esfuerzos de bueyes y peregrinos, llegan incluso a subir su carreta por la escalinata de piedra hasta situar su simpecado en la mismísima puerta de la iglesia, donde las recibe la representación de la Hermandad manriqueña.

La concejala de turismo nos apunta durante la visita que uno de los aspectos más desconocidos del Paso de Hermandades es el significado profundo que tiene para el propio municipio el hecho de que todas esas hermandades elijan pasar por aquí, cuando podrían tomar otro camino. Es un reconocimiento que viene de siglos.

El papel de la mujer y la tradición del tamboril

Uno de los rasgos que distinguen a la Hermandad de Villamanrique dentro del mundo rociero es el protagonismo histórico de las mujeres en sus tradiciones. La gestión de la hermandad, el cuidado de los simpecados y la transmisión oral de los cantos y rezos han pasado durante generaciones por manos femeninas, en un contexto en el que otras hermandades tardaron mucho más en reconocer ese papel. La Junta de Gobierno que preside el recibimiento a las hermandades durante el Paso incluye mujeres desde hace décadas y esa presencia se considera parte natural de la identidad manriqueña.

El tamboril es otra seña de identidad. La figura del tamborilero llegó a la villa de Mures en la baja Edad Media y hoy se ha convertido en una tradición que hay que conservar y valorar en Villamanrique. Los instrumentos, de origen remotísimo, se siguieron utilizando de forma casi ininterrumpida durante muchos siglos entre los habitantes de la zona del Rocío, especialmente en Villamanrique con su Primera y Más Antigua Hermandad. El municipio cuenta con una Asociación de Tamborileros donde el visitante puede aprender a tocar el instrumento, lo que convierte este oficio en una experiencia activa, no solo contemplativa.

Doñana, la otra cara del municipio

Quien visite Villamanrique de la Condesa pensando únicamente en su patrimonio inmaterial se llevará una sorpresa al mirar al horizonte. El municipio linda directamente con el Parque Nacional de Doñana, la parte sevillana del parque es menos frecuentada que la de Huelva, pero no por eso es menos relevante.

Desde Villamanrique se puede acceder al parque a través de la Raya Real, el mismo sendero arenoso que utilizan las hermandades rocieras en su camino a la aldea y que pasa por el Palacio del Rey, a diez kilómetros del pueblo. El Pinar del Pinto del Coto del Rey, entre Aznalcázar y Villamanrique de la Condesa, alberga varias especies de rapaces. Explorando los senderos protegidos de Doñana se tiene la oportunidad de ver algunas de las especies más amenazadas del planeta, como el águila imperial española y el lince ibérico.

El municipio también ha apostado por dotar de contenido a la visita cultural con la apertura del Centro de Interpretación Etnográfica Camino del Rocío, espacio museístico dedicado a la relación de Villamanrique de la Condesa con la romería del Rocío y el Paso de Hermandades, que puede visitarse en cualquier época del año. Y la Iglesia Parroquial de Santa María Magdalena, del siglo XIX, domina la población con su torre y conserva elementos del antiguo convento franciscano.

El estudio etnográfico de la villa recoge rutas de curiosidades, ciclos culturales y exposiciones que, sin necesidad de coincidir con el Paso de Hermandades, permiten entender por qué este pueblo pequeño acumula tanta historia. A 45 minutos de Sevilla, en el borde de uno de los parques nacionales más importantes de Europa, con la romería más antigua del mundo rociero en su haber y un palacio que recibió a toda la realeza del planeta. No es poca cosa para un solo pueblo.