Pero ¿no hay forma de caminar junto al mar? ¿No hay un paseo marítimo o algo así? ¿Y por qué las aceras de la Gran Vía son tan estrechas? La principal frustración que siente un visitante primerizo en La Manga es que no puede pasear. No, al menos, como estamos acostumbrados. Pero es evidente que el peatón no fue la prioridad a la hora de urbanizar La Manga desde finales de los años 50. Ni el peatón ni el entorno natural... lo que es mucho más grave.
Y, entonces, ¿cómo terminó La Manga así? ¿Por qué no fuimos capaces de urbanizar racionalmente uno de los paraísos naturales más deslumbrantes de la península ibérica? Eso es lo que se pregunta el arquitecto Eduardo Pérez Latorre en este trabajo, entre otros muchos expertos e investigadores. Y lo hace como uno "de los más de 120.000 veraneantes que acoge la Manga todos los años". Porque la Manga quiso ser una suerte de ciudad de vacaciones, en vez de una (verdadera) ciudad. Y así empezaron los problemas.
Pero una vez superado el impacto inicial y asumidas algunas "particularidades" urbanas de este lugar, podemos empezar a comprenderlo, incluso a disfrutarlo. Porque tras ese envoltorio agresivamente desarrollista se oculta la historia (el presente y, esperemos, el futuro) de uno de los rincones más especiales de nuestra geografía. Porque no todo está perdido en La Manga.
Deconstruyendo La Manga, un paraíso de prisas y sueños

En trabajos como este también podéis ver cómo era la Manga "antes". Pero es que ni siquiera estas fotos, en las que casi no hay edificios aún, hacen justicia a un espacio que debió de ser una de las grandes maravillas naturales de nuestra geografía durante siglos. Porque el Mar Menor fue, hace miles de años, un golfo marino que fue separado del Mediterráneo por una franja litoral arenosa que se fue formando por la elevación de riscos y molasas.
Como cuentan en el libro Una tierra, dos mares, nueve lugares editado por el Consorcio de La Manga "este cordón arenoso sobre base compacta pétrea, terminó por reducir los confines de este pequeño mar, dándole a través de milenios su actual fisonomía terrestre": 24 kilómetros de una franja de tierra con 500 hectáreas de superficie y una anchura de no más de 1.000 metros (en algunos puntos se reduce a poco más de 100) que une actualmente los municipios de Cartagena y San Javier.

No obstante, llama la atención que se hayan encontrado tan pocos restos arqueológicos en la zona teniendo en cuenta la cercanía de una ciudad como Cartagena que tuvo importancia capital en la historia antigua de la península ibérica.
Sí que existe constancia de un poblado prehistórico del Neolítico Superior, pero tendremos que esperar muchos años para que La Manga vuelva a ocupar su lugar en la historia: la presencia de piratas en la zona que se ocultan en el sabinar mangueño "obliga" a las autoridades locales a eliminar la vegetación. Fue el primer testimonio histórico conservado del imparable proceso de degradación medioambiental de este paraíso.
La Manga, 'Centro de Interés Turístico Nacional'

Se talaron las sabinas y se eliminaron los enebros pero aún no se construyeron apartamentos en primerísima línea de playa, tanto que algunos están encima de la propia arena. Y ya que no los pusimos mar adentro. Todo esto se coció a lo largo de la primera mitad del siglo XX y cristalizó desde los años 60.
Resulta entrañable imaginar, antes de la urbanización acelerada de La Manga, como este paraje virgen, aún sin más construcciones que las de los poblados del sur en torno al Cabo de Palos y las instalaciones pesqueras y salinas, recibía las visitas de exploradores, la versión española de los scouts, que llegaban en barca cruzando el Mar Menor (no había ninguna Gran Vía, aún) hasta una solitaria playa de La Manga para acampar y pasar una jornada de deporte y juegos.
Hace un siglo, estaban censados en La Manga poco menos de 3.000 personas, la mayoría en Los Nietos y Cabo de Palos. Pero al calor de la revolución turística que ya arrancaba en buena parte de Europa se comenzaron a ver las "posibilidades" de este espacio natural. Ya en 1925, en una conferencia en Cartagena, se hablaba del "sol de invierno" y de sus beneficios para diversas enfermedades: ¿y si convertimos La Manga en un gran balneario natural?

En las siguientes décadas se sembró esta idea que fue evolucionando hasta la ciudad de vacaciones, una vez que el abogado y promotor Tomás Maestre Aznar se hizo con buena parte de la propiedad de los terrenos de la Manga: "aquí pueden veranear 200.000 personas", pensó. Pero, para acoger a tanta gente, había que construir... y mucho.
En 1960 se comenzó a trazar la Gran Vía que actualmente recorre la Manga desde el Cabo de Palos hasta Veneziola en casi 20 kilómetros. En 1963 llegó Fraga, por entonces ministro de Información y Turismo, para bendecir el asunto, en 1965 aterrizó el primer vuelo chárter con turistas franceses y en 1966 se declaró Centro de Interés Turístico Nacional lo que "relajó" las obligaciones para los promotores: "beneficiándose las sociedades constructoras de reducciones en el pago de impuestos, preferencia para la obtención de créditos oficiales, declaración de utilidad pública de las urbanizaciones, derecho de uso y disfrute de los bienes de dominio público".
Y en 1967 llegaba un artículo del New York Times que alababa la costa de la Región de Murcia que, por entonces, todavía no había encontrado su apellido turístico que no tardaría en llegar: Costa Cálida. En apenas una década, La Manga del Mar Menor ya era un destino conocido a nivel internacional.
El 'descontrol' en el urbanismo de La Manga

De acuerdo, no había forma de parar la urbanización del paraíso mangueño en un contexto socioeconómico en España que hacía imposible no "aprovechar" un lugar así para el turismo y el beneficio financiero que este prometía. Pero ¿no hubo manera de hacerlo "mejor"?
Sí, la hubo, y, de hecho, esa fue la idea inicial del propio Maestre y Antonio Bonet Castellana, uno de los principales arquitectos al mando de la primera urbanización de La Manga. El plan era establecer núcleos urbanos de alta densidad que concentrasen a toda la población, dejando espacios entre ellos "lo más vírgenes posible para que conservasen sus valores naturales".
Porque la idea era que al menos una parte de los habitantes de La Manga fuera fija de forma que pudiera ser viable construir infraestructuras como colegios y centros médicos, entre otros. Es decir, que no solo se convirtiera en una ciudad de vacaciones plagada de segundas residencias, apartamentos y hoteles: el objetivo era evitar que el modelo económico mangueño dependiese exclusivamente del turismo.

Este plan inicial se desdibujó por sucesivos cambios en el liderazgo de las promociones urbanísticas de La Manga. La crisis de 1973 produjo una parálisis urbanística inicial, actividad que fue retomándose sin un plan general de ordenación urbana a finales de los 70 y primeros 80: simplemente se iba construyendo y ya está, aprovechando cada rincón para elevar un edificio y tratar de rentabilizar la inversión.
Lo que un día, sobre el papel, se llegó a comparar con la Ciudad Lineal de Arturo Soria (que tampoco terminó como debería), se acabó convirtiendo en la peor cara del desarrollismo urbano en la costa española y del boom turístico que también azotó, no obstante, otros muchos enclaves de nuestra cosa, desde la Costa Brava hasta Huelva, pasando por Alicante y la Costa del Sol.
Un urbanismo agresivo e insostenible que priorizó al vehículo antes que al peatón, al turista antes que al residente y la rentabilidad inmobiliaria antes que el respeto por la historia y los valores naturales del espacio.
Presente y futuro de La Manga: ¿otra Manga es posible?

Seis décadas después de que La Manga iniciara su expansión, los problemas derivados de su descontrol urbano permanecen presentes. Y son de difícil solución (al menos a corto plazo) por diversas razones.
Por un lado, la complejidad administrativa de La Manga, gestionada por un consorcio integrado por los municipios de San Javier (al que pertenece la parte norte de La Manga) y Cartagena (al que pertenece la parte sur): un caso único en España. En este sentido, muchos vecinos reclaman un ayuntamiento propio en La Manga, independiente de ambos municipios y que vele exclusivamente por sus intereses.
Y, por otro lado, está la dificultad de cambiar una estructura urbana constreñida en un espacio tan particular como La Manga. No se puede dar marcha atrás en el tiempo ni volar por los aires la mitad de los edificios de La Manga. Así que solo queda la paciencia y la rehabilitación urbana progresiva para que La Manga deje de ser una ciudad de vacaciones y pase a ser una ciudad "de verdad" en la que el residente y el entorno natural sean las verdaderas prioridades.
En este sentido, el propio Ministerio para la Transición Ecológica sigue trabajando para la recuperación medioambiental del Mar Menor aquejado de serios problemas en las últimas décadas debido, principalmente, a la agricultura intensiva en su entorno, pero también a la sobreexplotación turística.

Porque La Manga, no cabe duda, es uno de los mayores retos urbanísticos y medioambientales de nuestro país. Y es que, tras ese tosco envoltorio urbano, se encuentra un espacio único en nuestra geografía que, incluso, custodia emblemas arquitectónicos como el Conjunto Hexagonal o el Club Náutico de Bonet Castellana, la Torre Varadero de Joaquín Sebares, el Hotel Cavanna o la Vivienda Avante de Fernando Garrido (actual Collados Beach) conocida como el OVNI del Mar Menor por su cubierta de estética Googie.
Efectivamente, estilos como este o el brutalismo encontraron acomodo en La Manga ofreciendo un panorama de lo mejor (y lo peor) de las modas arquitectónicas de la década de los 60 y 70.
Un paseo (sin prejuicios) por la Gran Vía y alrededores nos permite profundizar en una época marcada por las prisas, pero también por los sueños. En esta antigua (pero muy útil) aplicación denominada Catálogo de Patrimonio Arquitectónico puedes consultar los edificios más representativos de La Manga.

Y qué decir de los valores naturales de La Manga. Porque este rincón no está solo plagado de apartamentos que se asoman (literalmente) al Mediterráneo y al Mar Menor, sino también de espacios naturales que, en mayor o menor grado, se mantienen esperando el momento de volver a dominar su territorio. Que lo hará, tarde o temprano y de un modo u otro.
Porque, aunque La Manga se haya vestido de hormigón, sigue siendo La Manga. No te quedes solo en el primer y más tumultuoso tramo de la Gran Vía: camina hasta la zona del Estacio, la conexión más importante entre ambos mares, cruza el puente y dirígete hacia Veneziola, esa "Venecia murciana" que no terminó de arrancar y que constituye uno de los lugares más extraños de La Manga.
Cruza el Puente de La Risa (llamado así por la sensación que genera bajar por su pendiente) que imitaba los venecianos y acércate a La Manga que pudo haber sido y no fue: un espacio natural salpicado de casas bajas en las que hay espacio para las vacaciones, pero también para la naturaleza... y para pasear.
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