Una bodega no cambia de enólogo sin que algo se mueva en su interior. En Santiago Ruiz, uno de los nombres más reconocibles de la Denominación de Origen Rías Baixas, la añada 2025 llega cargada de significado: es la primera cosecha firmada por Chema Ureta, un enólogo con más de 25 años de experiencia en la región que asume el relevo con la voluntad declarada de preservar la identidad que hizo grande a esta bodega gallega desde sus orígenes en 1984.
Un relevo con historia detrás

Santiago Ruiz no es una bodega cualquiera dentro del panorama gallego. Su fundador, Santiago Ruiz, decidió en la década de los ochenta, ya jubilado, dedicarse a lo que siempre le había apasionado: elaborar vinos de alta calidad con las uvas más representativas de su tierra. El resultado fue una bodega pionera en la subzona de O Rosal, en el municipio de San Miguel de Tabagón, que hoy gestiona el grupo portugués Sogrape y cuenta con más de 44 hectáreas de viñedo en propiedad y presencia en más de 25 mercados internacionales.
Cuarenta vendimias después, el testigo llega a manos de Chema Ureta. El enólogo describe su nuevo papel como un privilegio y su objetivo es tan concreto como honesto: que el vino llegue a las personas de forma directa y sencilla, y que quienes lo beban lo disfruten. Sin artificios. Con esa filosofía elaboró el Santiago Ruiz 2025, un coupage de las cinco variedades autóctonas de O Rosal que forman la columna vertebral de la bodega desde su fundación: albariño, loureiro, godello, treixadura y caíño blanco.
Cómo fue la cosecha 2025 en O Rosal

El ciclo vegetativo de 2025 estuvo marcado por contrastes climáticos notables. El invierno y la primavera arrancaron cálidos y lluviosos, lo que favoreció un brote homogéneo a finales de marzo. Sin embargo, la fuerte presión de mildiu en abril y principios de mayo puso en tensión los viñedos de la zona.
El giro llegó con un cambio radical de tiempo: la primavera tardía y el verano se convirtieron en uno de los más secos y calurosos de los que se tiene memoria en la comarca, con temperaturas que alcanzaron los 40 °C y una sequía que se prolongó durante tres meses sin precipitaciones. Ese escenario extremo tuvo, paradójicamente, un efecto positivo: permitió una floración perfecta, sin pérdidas por enfermedades, y garantizó un estado sanitario de la uva excelente en el momento de la recogida.
La vendimia arrancó el 26 de agosto con la recogida del albariño, la variedad más temprana, y se prolongó de forma escalonada con godello, treixadura y loureiro, para cerrar el 22 de septiembre con la recolección del caíño blanco. Los mostos obtenidos presentaron gran equilibrio y tipicidad varietal, según la propia bodega.
Qué hay en la copa: nota de cata
El Santiago Ruiz 2025 se presenta en copa con un color amarillo pajizo de reflejos verdosos, limpio y brillante. En nariz, el vino despliega una expresión aromática compleja y bien integrada: los cítricos y la frescura característica del albariño conviven con las notas florales que aporta el loureiro, los matices frutales del godello y la treixadura, y un fondo herbal junto a una marcada mineralidad que proviene del caíño blanco.
En boca se muestra fresco y equilibrado. La acidez viva aporta tensión sin resultar agresiva, y el final es largo, cítrico y con un punto salino sutil que evoca el entorno atlántico de las Rías Baixas. Una expresión fiel al territorio que lo produce.El precio de venta al público es de 15,50 euros.
La etiqueta como manifiesto

Pocas bodegas pueden presumir de que su etiqueta tenga una historia personal tan concreta. El mapa que ilustra cada botella de Santiago Ruiz fue dibujado originalmente para la boda de la hija del fundador. Con el tiempo se convirtió en el símbolo más reconocible de la bodega, una declaración de intenciones sobre autenticidad y arraigo al territorio que ningún rediseño ha tocado. Ese mismo mapa aparece en el 2025, añada en la que Ureta asume el legado con sus más de dos décadas y media de oficio enológico en Rías Baixas.
El Santiago Ruiz 2025 llega en un momento en que los vinos gallegos, y los blancos atlánticos en general, viven una proyección internacional creciente. La subzona de O Rosal, con su perfil más floral y complejo frente a otras subzonas de Rías Baixas, sigue ganando adeptos entre los consumidores que buscan alternativas atlánticas a los grandes blancos europeos. En ese contexto, el debut de Chema Ureta en una bodega con cuatro décadas de historia y una identidad tan definida es, en sí mismo, un acontecimiento que merece atención. El primer vino es siempre una declaración. Este parece haberla hecho con claridad.

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