El nombre de Pampaneira puede darnos a error. Tal vez no nos suene a Andalucía, pero sí, ahí se encuentra. Concretamente en la provincia de Granada, en plena Sierra Nevada. Ese topónimo con ecos bien distintos al acento andaluz tiene una razón histórica. A relataros esa explicación y otras cosas de interés vamos a dedicar las siguientes líneas sobre este hermoso pueblo de la Alpujarra granadina.

Pampaneira a la sombra de Sierra Nevada

Pampaneira /Flickr / Mark Chinnick

Para hacernos una idea de los atractivos de esta población granadina, un primer dato a descubrir es que Pampaneira se encuentra en una zona de la Alpujarra de enorme valor natural. Al fin y al cabo se integra en el espacio protegido del Parque Nacional de Sierra Nevada. Es decir está a la sombra de la mayor montaña de la Península Ibérica, el Mulhacén que se eleva hasta los 3.482 metros.

De hecho, el propio núcleo de Pampaneira se ubica a una altura considerable. Unos 1.000 metros sobre el nivel del cercano mar. Si bien, la altitud en su casco urbano va oscilando mucho, ya que las calles de Pampaneira se adaptan a ese paisaje montañoso quebrado, por lo que los sube y baja son constantes. Un consejo importante para esta visita: hay que llevar un calzado cómodo.


No obstante, hay que decir que esas calles reviradas y en pendiente son parte del atractivo de este pueblo, digno de integrar la lista de los pueblos más bonitos de Granada. Un urbanismo estupendamente integrado con el entorno y fruto de la larga historia de la población.

Los orígenes de Pampaneira

Como en tantos y tantos lugares españoles, para hablar de sus orígenes tenemos que remontarnos a los tiempos de los romanos. Cuando las legiones imperiales andaban por tierras andaluzas, en algún momento llegaron a estas estribaciones de Sierra Nevada. Una vez allí les pasaría igual que a nosotros, se quedarían absortos viendo el paisaje.

Y tras esa primera impresión ya estudiarían con más atención el territorio, llegando a la conclusión de que estas tierras, pese sus a pendientes, eran muy fértiles y perfectas para el cultivo de la vid. O sea que eran buenos campos para viñas o pampinus, en el latín imperial. Ese fue el apelativo que le pusieron a esta zona y el origen de Pampaneira.

Pampaneira / Pixabay / Fco Javier Gómez

Mucho después sería la población andalusí de la Edad Media, la que hizo crecer aquella aldea. Fueron los musulmanes quiénes concibieron este intrincado laberinto de calles, cuestas y callejas que es el caso urbano de Pampaneira. Pero todos sabemos que llegó la Reconquista, y con ella la posterior repoblación con gentes cristianas.

Y curiosamente hasta esta zona llegaron muchos católicos procedentes del norte de España, quiénes adaptaron el nombre del pueblo a su lengua natal. De ahí el peculiar topónimo de Pampaneira, de aires gallegos, al igual que ocurre con otros lugares próximos como Capileira, otra localidad enormemente atractiva.

La esencia alpujarreña

Tal y como hemos dicho, para el paseo por Pampaneira es recomendable llevar un calzado cómodo. Pero también hay que llevar preparada la cámara de fotos, aunque sea la del móvil. Los encuadres en estas calles de atmósfera moruna se van sucediendo. El contraste entre el paisaje la arquitectura encalada en uno de sus encantos, pero hay más. Por ejemplo, sus típicas chimeneas que parecen hongos gigantes o los conocidos como “tinaos”, pasos aéreos entre las casas a un lado y otro de la calle.

Alpujarras / Pixabay / Alfcermed

Además, entre el laberinto de callejas, de pronto uno se encuentra estupendos miradores abiertos a los campos de cultivo o las nieves que dan nombre a la sierra. O en otras ocasiones las fachadas blancas de las casas se abren y descubrimos un “terrao”. Un gran patio que sirve para guardar aperos, para reunirse los vecinos o para dejar secar los tomates, las uvas o los higos.

En Pampaneira no hay que buscar grandes monumentos. Es cierto que tiene lugares destacados como su iglesia de la Santa Cruz, que originalmente fue una mezquita. Pero el embrujo radica en sus rincones cargados de tradiciones, como la Fuente de San Antonio, según la leyenda fuente de fertilidad, o los recuperados lavaderos árabes.

Para recuperar fuerzas

Merece la pena el paseo, y además recuperarse del mismo es todo un placer si se entra a alguno de los restaurantes locales. En ellos hay buena muestra de los embutidos tradicionales que muestran que del cerdo se aprovecha todo. El modo más suculento de catarlo es con el típico “plato alpujarreño”. Un festín a base de patatas, pimientos, huevos fritos, morcilla, lomo, chorizo y jamón.

Alpujarras / Flickr / Mark Chinnick

Si no se es tan carnívoro siempre es posible tomar un potaje de castañas o unas gachas. ¿Alguien se ha quedado con hambre? Pues aquí va unas cuantas ideas para los postres: pan de higo, roscos o soplillos de almendra.

El souvenir más colorido de Pampaneira

La visita a Pampaneira es un festín de colores. Está el blanco de la cal, y las mil y una flores en las macetas de todos los balcones. Además del verde del entorno. Y por si fuera poco el producto más característico de la artesanía local y que adorna cualquier calle son las jarapas.

Pampaneira / Pixabay / Paco Benítez

¿Qué son las jarapas? Pues son tejidos originalmente hechos con los retales de ropa vieja, sin importar el color, ni el material. Todo se valía para crear mantas, cortinas, alfombras… Un recurso de necesidad, pero que se ha convertido en una artesanía emblemática de Pampaneira y la Alpujarra.

Un paseo por los alrededores

La excursión a Pampaneira no está completa sin dar un agradable paseo por su entorno. La ruta más habitual es la que lleva al barranco de Poqueira. No hay que hacerla por completo, pero si el tiempo acompaña, esta ruta senderista de unas cuatro horas nos lleva por algunos uno de los rincones alpujarreños más hermosos.


Sierra Nevada / Unsplash / Ashim D’Silva

No obstante, a quien no le apetezca calzarse las botas de senderista y busque una experiencia más contemplativa, aquí va una opción de lo más singular: visitar el monasterio budista a las afueras de Pampaneira. Un recinto que inauguró el propio Dalai Lama, que incluso conociendo las montañas más altas de la Tierra, no dejó de admirar la belleza de estos paisajes de Sierra Nevada.

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