El viaje comienza a más de 2.500 metros de altitud, con un sonido casi imperceptible: el goteo de un glaciar milenario que despierta bajo el sol andino. Es el primer suspiro del río Tinguiririca, que nace del corazón helado del glaciar Universidad y desciende hacia el mar. En su camino riega Colchagua y sus cepas de fama mundial, y sigue hasta oler la sal del Pacífico, donde las olas han convertido a Pichilemu en capital del surf.
Este es el recorrido que propone la región de O’Higgins: tres rostros del agua (hielo, río y mar) en el corazón de Chile, donde el alma del país late al ritmo de las tradiciones encarnadas por los huasos (primos hermanos de gauchos y charros), hombres de campo cuyo amor por la tierra marca el pulso de la vida.
El Valle de Colchagua, un brindis por la historia

Colchagua es el epicentro enoturístico del país. El valle se estira desde la precordillera hasta las brisas del Pacífico, con veranos secos y noches frescas que regalan tintos de carácter (cabernet, carménère, syrah) y blancos como el viognier. Es territorio de vendimias largas y suelos arcillosos que han aupado al valle a los podios internacionales.
La mejor puerta de entrada al valle es la Ruta del Vino, una red que conecta bodegas icónicas entre casonas coloniales y arquitectura de vanguardia. Entre ellas destacan Viña Casa Silva, gestionada por una de las familias vinícolas más antiguas del valle, y Viña Lapostolle, que ofrece una visión de futuro con sus viñedos ecológicos y una bodega vertical que se hunde seis niveles bajo tierra.
Fundada en 1935 por el catalán Miguel Viu García y sus hijos, Viu Manent es hoy una de las casas con más solera del valle. Su hacienda de aires hispanos mezcla elegancia y paisaje: visitas en calesa, recorridos por la antigua casona, salas de barricas y un club ecuestre que completa el retrato de campo. En más de 250 hectáreas despliega la gama clásica de uvas de Colchagua y ofrece una de las mejores paradas para almorzar en ruta, con cocina local y un ritmo pausado que invita a catar también el paisaje.




Fotos: Javier García Blanco
Quien tenga la suerte de visitar la zona en marzo se encontrará con la Fiesta de la Vendimia, una celebración que lo inunda todo de música, gastronomía y, por supuesto, vino, rindiendo homenaje a las costumbres rurales con un fervor que atrae a visitantes de todo el país.
En el corazón del valle se encuentra Santa Cruz, punto de partida ideal para explorar la Ruta del Vino y destino en sí mismo. Declarada Zona Típica y Pintoresca de Chile, la ciudad parece detenida en el tiempo gracias a la extraordinaria conservación de su arquitectura colonial. Pasear por su Plaza de Armas, admirar la parroquia del siglo XIX o contemplar las casas patronales con techos de tejas y corredores sombreados es retroceder a otra época.
Pero el tesoro mejor guardado es, sin duda, el Museo de Colchagua. Este impresionante museo privado alberga más de 5.000 objetos que narran la historia de Chile. Entre sus salas destaca la exposición del Gran Rescate, que relata la increíble historia de los 33 mineros atrapados en la mina San José en 2010, un testimonio de resiliencia humana que conmueve a cada visitante.
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Glaciar Universidad: aventura en los Andes

Dejando atrás la calidez de los valles, el viaje asciende hacia el corazón helado de los Andes, a un paraje tan espectacular como desconocido: el glaciar Universidad. Este gigante de hielo, uno de los más grandes fuera de los Campos de Hielo Patagónicos, es un santuario de silencio y belleza sobrecogedora, cuyo acceso es una aventura en sí misma.
El ascenso en todoterreno por pistas pedregosas pone a prueba nervios y emoción, con un camino que parece bordado a la ladera y paradas para ceder el paso a arrieros con su ganado. Una vez a pie, la experiencia se vuelve inolvidable. Con bastones de trekking y casco, se atraviesa la morrena, se visitan cuevas de hielo (auténticas catedrales de luz azul) y, ya con crampones, se pisa por fin la piel del glaciar, atentos a las grietas que se abren como venas blancas. Son unas cuatro horas y media (ida y vuelta), 12 kilómetros caminando sobre el hielo milenario del glaciar.
Glaciares de Colchagua, única compañía que gestiona las visitas, ha diseñado rutas de ice hike para todos los públicos, con opción de vivaquear bajo un cielo infinito cuajado de estrellas. En el horizonte asoma otro vecino helado, el glaciar Manke, y nombres que suenan a tradición andina: El Brujo, el volcán Palomo, el Alto de los Arrieros.




Fotos: Javier García Blanco
El entorno es puro teatro geológico: granito gris pulido por milenios (como los espolones de El Brujo, que nada tienen que envidiar a Torres del Paine), ríos jóvenes que nacen del hielo y, a ratos, siluetas que arrancan exclamaciones: cóndores planeando, guanacos entre lajas y, con suerte, la forma esquiva de un puma. Es la alta montaña en estado salvaje, a apenas dos horas de San Fernando, pero con la sensación de estar muy lejos del mundo. De hecho, hace solo unas décadas, cuando Roberto Franck (gerente de Glaciares de Colchagua) era un adolescente, alcanzar el glaciar requería un día entero a caballo y tres de caminata desde Los Maitenes.
Pero el Universidad no es solo un prodigio natural; es también capítulo vivo de una historia que conmovió al mundo. Cerca de aquí, Roberto Canessa y Fernando Parrado (supervivientes del accidente aéreo inmortalizado en La sociedad de la nieve) se encontraron con el arriero Sergio Catalán, quien hizo posible su rescate. Hoy los guías locales señalan desde la ruta el punto del río donde una piedra atada a un papel cambió el destino de 16 personas.
Tras la adrenalina del glaciar, las Termas del Flaco invitan a bajar pulsaciones con aguas termales en un escenario andino y, si queda hambre de descubrimiento, un último paseo lleva hasta un tesoro paleontológico: las huellas de dinosaurio impresas hace más de 150 millones de años, hoy Monumento Histórico.
Shangri-La Lodge: hospitalidad de alta montaña


Fotos: Javier García Blanco
A orillas del río Claro, oculto entre bosques nativos cerca del glaciar Universidad, se esconde un alojamiento con historia propia. Shangri-La Lodge nació como búnker construido a finales de los años 40 por Boris Krivoss, arquitecto ruso que encontró aquí, en La Tricahuera (nombre heredado de los loros tricahues del entorno), su refugio. Décadas después, la familia Carvallo-Ocampo lo transformó en un pequeño complejo de siete cabañas dispersas entre los árboles.
Hay jacuzzi bajo las estrellas, senderos de trekking, pozas del río para zambullirse en verano y un restaurante de cocina casera que prepara pastas artesanales de lunes a viernes y recetas con producto local los fines de semana. Todo invita a quedarse: la lumbre nocturna, el rumor del agua, el silencio.




Fotos: Javier García Blanco
Muy cerca, casi pegada a la montaña, se encuentra una pequeña destilería artesanal: Gin Provincia. Su fundador, Gustavo Carvallo (también propietario del lodge), lleva desde 2017 puliendo una receta de ginebra que busca embotellar los paisajes de Chile. Cuatro alambiques de cobre trabajan con agua de deshielo del glaciar Universidad y botánicos endémicos recolectados por arrieros en la cordillera y la Patagonia. El resultado son cuatro expresiones con identidad propia, ideales para probar en la terraza, admirando el paisaje. Si la jornada incluyó el glaciar, el brindis se sirve con hielo milenario: una forma poética de cerrar el día.
Pichilemu, el paraíso de las olas
De vuelta hacia el oeste, la carretera I-50 (la vieja Carretera del Vino) se estira en busca del Pacífico hasta Pichilemu, capital mundial del surf. Aquí la arena es gris y negra, el viento cambia las reglas y el mar llega en líneas largas que se quiebran con elegancia. Punta de Lobos es nombre de peregrinaje: olas reconocidas a nivel mundial, acantilados de vértigo y una comunidad surfera que ha situado a O’Higgins en el circuito global. Entre medias, playas como Las Terrazas (más amable para iniciarse) e Infernillo (de olas poderosas) recuerdan que aquí manda Neptuno.
Antes de las tablas, Pichilemu fue balneario aristocrático. A comienzos del siglo XX, el empresario Agustín Ross Edwards levantó un parque y un casino que atrajeron a la élite chilena. Hoy el Parque Agustín Ross, con sus jardines y escalinatas hacia la playa, y el antiguo casino (convertido en centro cultural) conservan la belleza de aquella belle époque marina.
La Pichilemu actual respira otro pulso: cafeterías de especialidad, yoga al amanecer, miradores de aves y, con suerte, lobos marinos tomando el sol en los roqueríos. El plan perfecto es sencillo: caminar, mirar, sentarse a ver caer la tarde mientras, allá fuera, una línea de surfistas espera la ola perfecta.


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