Capital de Valonia, Namur gobierna con la discreción de quien lleva siglos acostumbrado a que los demás intenten quedarse con su territorio. Y es que pocos lugares en Europa han cambiado de manos tantas veces: españoles, austriacos, franceses, holandeses... todos han querido este trozo de colina donde el río Sambre se funde con el río Mosa.

El resultado es una ciudad que acumula capas de historia como se acumula la cal en las paredes viejas y que hoy vive como capital administrativa de una región que tampoco sale mucho en los titulares internacionales. Lo cual, para el viajero que llega sin expectativas, es una ventaja considerable.

Una ciudad forjada entre dos ríos

Simon Schmitt - Citadelle de Namur

Namur se asienta en la confluencia de los ríos Mosa y Sambre, un accidente geográfico que durante milenios convirtió este punto en uno de los más codiciados del continente. La ciudad cobró relevancia en la Alta Edad Media cuando los merovingios construyeron un castillo o ciudadela sobre el espolón rocoso que domina la confluencia de los dos ríos. En el siglo X se convirtió en un condado independiente, y la ciudad creció de manera algo irregular, ya que los condes de Namur solo podían edificar en la orilla norte del Mosa: la orilla sur pertenecía a los obispos de Lieja y se desarrolló más lentamente.

La historia política de la ciudad es un inventario de poderes europeos. En 1421, el duque Felipe el Bueno de Borgoña compró el condado, integrándolo en un estado más amplio. Después vinieron los españoles, luego los austriacos, más tarde los franceses. Luis XIV de Francia invadió la ciudad en 1692, la anexionó y su célebre ingeniero militar Vauban reconstruyó la ciudadela. Sin embargo, el control francés duró poco: Guillermo III de Orange-Nassau recuperó Namur apenas tres años después, en 1695.

En los siglos siguientes la ciudad siguió sirviendo de tablero para las ambiciones militares ajenas. En la Primera Guerra Mundial, Namur fue uno de los principales objetivos de la invasión alemana de Bélgica en 1914, y el 21 de agosto de ese año los alemanes la bombardearon sin previo aviso. Desde 1986, Namur es la capital de la región de Valonia y un antiguo hospicio alberga hoy el parlamento regional, lo que dice bastante sobre el pragmatismo belga en materia de reutilización del patrimonio.

Pasear por el casco histórico

Arnaud Siquet - Theatre de Namur

El centro histórico de Namur es compacto y cómodo. Namur no tiene el tamaño de una gran capital, pero sí todos sus ingredientes. En una superficie comparable a la de la ciudad de Segovia concentra el parlamento valón, un casco histórico peatonal y una fortaleza de dimensiones considerables.

A pocos pasos de la Place d'Armes, la Catedral de Saint-Aubain merece una visita detenida. Se trata de la única catedral de toda Bélgica construida en estilo barroco tardío y el encargado del proyecto fue el arquitecto italiano Gaetano Matteo Pisoni. El edificio combina frontón de piedra caliza con una mezcla equilibrada de clasicismo y voluptuosidad barroca. Su interior resulta elegante y luminoso gracias a la gran cúpula.

JP Remy - Namur

El tesoro de la catedral alberga el Museo Diocesano, rico en objetos de orfebrería, con un relicario merovingio del siglo VII. Muy cerca, la iglesia de Saint-Loup es, según todos los entendidos, lo mejor de la arquitectura religiosa de la ciudad. Se trata de uno de los mejores ejemplos de arquitectura religiosa barroca del siglo XVII en Valonia. El interior tiene esa densidad ornamental que los jesuitas dominaban como nadie y que provoca en el visitante una mezcla de admiración y cierta incomodidad ante tanto énfasis acumulado.

El gran genio local que la ciudad reivindica con orgullo es el artista Félicien Rops. Hijo de un acaudalado comerciante local, este namurense pasó a la historia del arte como uno de los grandes del simbolismo y el "decadentismo" en el París del último tercio del siglo XIX. De él escribió Baudelaire a Manet, en 1865: "Rops es el único verdadero artista, en el sentido en que yo entiendo la palabra artista, que he encontrado en Bélgica". El Museo Provincial Félicien Rops, instalado en una antigua mansión del casco viejo, a pocos metros del lugar de nacimiento del artista, recorre toda su obra con mucho criterio.

El campanario de la ciudad, ubicado en la torre de la Colegiata Saint-Pierre-au-Château, forma parte de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO dedicada a los campanarios de Bélgica y Francia, un reconocimiento que Namur comparte con otros municipios belgas. En el corazón del casco urbano se alza el Beffroi, una torre medieval de piedra a la que se añadió un campanario en 1733.

La Ciudadela, el gran monumento de la ciudad

David Rivir - Ciudadela de Namur

Si Namur tiene un protagonista absoluto, ese es la Ciudadela. No porque el resto de la ciudad carezca de interés, que no es el caso, sino porque la Ciudadela es de esa clase de monumentos que organizan el paisaje a su alrededor y condicionan la experiencia entera de la visita. La Ciudadela de Namur, a la que Napoleón Bonaparte bautizó como "la termitera de Europa", está considerada Patrimonio Excepcional de Valonia y su importancia histórica radica en su posición táctica: sobre la colina que domina la confluencia del Mosa y el Sambre, a 190 metros de altura desde donde se contempla Namur a vista de pájaro.

El recinto ocupa un pulmón verde de 80 hectáreas con siete kilómetros de túneles subterráneos. El apodo de "termitero" lo ganó precisamente por esa red de túneles, toda una hazaña militar cuya construcción comenzó en el siglo XVI. Primero fue el centro de mando de un importante condado medieval, y a continuación vivió el asedio de todos los Grandes de Europa entre el siglo XV y el XIX.

Por sus bastiones pasaron con distintas intenciones españoles, austriacos, franceses y holandeses, lo que propició una sucesión de estilos arquitectónicos, fortalezas, cuarteles, castillos y casamatas que le otorgaron una identidad militar singular. El famoso arquitecto militar francés Vauban diseñó una parte de esta ciudadela , aunque no sería la última vez que las obras se pusieron en marcha porque la ciudadela fue reconstruida de nuevo en 1887.

Para llegar al recinto hay varias opciones. La más cómoda, y también la más fotogénica, es el teleférico. Desde mayo de 2021 está en servicio un teleférico que lleva al visitante en apenas siete minutos desde el río hasta la Ciudadela, con un billete de ida y vuelta desde 6,5 euros. La alternativa es subir en coche por la Route Merveilleuse, una sucesión de curvas con miradores a diferentes alturas sobre el valle del Mosa y la ciudad , cuyo nombre resulta, por una vez, justo.

Una vez arriba, el primer punto de referencia es el Centro de Visitantes Terra Nova, instalado en un antiguo cuartel. En el antiguo cuartel de Terra Nova, un muro flotante de pantallas e imágenes narra la historia de la vida namurense desde los primeros tiempos hasta la actualidad, en una inmersión multimedia que recorre el pasado, el presente y el futuro de la ciudad. La entrada es libre y sirve como punto de partida para orientarse antes de adentrarse en el resto del recinto.

La visita más solicitada es, con diferencia, la de las galerías subterráneas. La Ciudadela abre a los visitantes una red de 500 metros de galerías restauradas, una experiencia en la que el visitante se sumerge, gracias a luces y sonidos, en las entrañas de la fortaleza. La visita guiada destaca la sección histórica y permite percibir la escala del trabajo realizado para crear dicha red, con explicaciones reforzadas por animaciones en 3D, proyecciones y efectos sonoros.

Para quienes prefieren el aire libre a las profundidades, el tren turístico ofrece otra perspectiva. El trenecito turístico recorre las murallas de la Ciudadela y permite descubrir su arquitectura y su historia desde la Edad Media. El trayecto dura unos 25 minutos y parte del Centro de Visitantes Terra Nova. Es una opción especialmente cómoda para quienes viajan con niños o con piernas que ya han dado bastante de sí.

Dentro del recinto hay algunas sorpresas menos obvias. Una de ellas es la Perfumería Guy Delforge, instalada en los antiguos cuarteles de las tropas holandesas. La familia Delforge puso en marcha esta iniciativa en 1990, conjugando historia y pasión por los perfumes en un espacio singular. Un rincón inesperado dentro de la Ciudadela donde se fabrican perfumes de autor con un toque muy belga, en un edificio de piedra cuyo aire medieval le da un encanto adicional.

También existe el Jardin des deux tours, un jardín de inspiración medieval con seis espacios temáticos distribuidos en 500 metros cuadrados. Y el Château de Namur, un edificio majestuoso situado en medio de un jardín conocido como el Jardin des Senteurs, que hoy funciona como hotel de lujo.

La Ciudadela es un recinto del que los namurois están orgullosos, tanto por su historia como por su utilidad práctica como enorme parque para el ocio de parejas y familias. Cualquier tarde de fin de semana, entre los grupos de turistas con audioguía y los ciclistas que bajan a toda velocidad por las cuestas del recinto, los vecinos pasean, meriendan y se sientan al sol con la tranquilidad de compartir el parque del barrio con el pasado militar de Europa entera.

El caracol, los zancos y la cerveza

Namur tiene una mascota muy curiosa: el caracol. Djoseph y Françwès son los guardianes de los emblemas de la ciudad y entre esos emblemas figura el caracol, auténtica mascota de la población namurense y especialidad culinaria de la región. Los lugareños se describen a sí mismos con humor como gente alegre pero lenta y el animal elegido para representarlos parece confirmar la autopercepción.

La gran cita del año es las Fêtes de Wallonie, que se celebran en septiembre. Creadas en 1923 a iniciativa del gobernador provincial François Bovesse, las fiestas celebran y conmemoran el patriotismo de los valones que expulsaron a las tropas holandesas durante la revolución belga de 1830. Cada año, más de 250.000 personas invaden la ciudad durante el fin de semana de las fiestas.

JP Remy - Brasserie du Bocq

El evento central es el combate de zancos, una tradición que se practica en Namur desde principios del siglo XV y que en el siglo XVII congregaba a miles de jouteurs y espectadores. Una cincuentena de jouteurs se reúne para determinar quién será el gran poseedor de la Échasse d'Or para el año siguiente. El espectáculo de ver a adultos fornidos derribarse mutuamente a golpes mientras mantienen el equilibrio sobre zancos de madera es, conviene advertirlo, más entretenido de lo que suena en el papel.

En cuanto a la cerveza, Namur y sus alrededores son, como todo Bélgica, un territorio fértil. Una buena manera de contemplar la Ciudadela desde abajo es sentarse en una terraza de la Rue des Brasseurs, a orillas del Sambre, y resolver la duda entre una "Blanche de Namur" o una "Houppe", por aquello de hacer patria cervecera. A pocos kilómetros de la ciudad, la abadía de Floreffe tiene su propia brasserie instalada en un molino, que se conserva prácticamente igual desde su creación en 1250, siendo el edificio industrial más antiguo de la región de Valonia.

Cómo llegar y cuándo ir

Dominik Ketz - Sambre y Catedral Saint Aubain

Namur está bien comunicada por tren desde Bruselas, con una frecuencia alta y un trayecto que no supera la hora. El aeropuerto más próximo dentro de Valonia es el de Charleroi, aunque el de Zaventem, en Bruselas, ofrece más conexiones internacionales. El aeropuerto de Charleroi es el único de territorio valón y su ubicación resulta conveniente para quienes planean recorrer la región.

Para la Ciudadela, conviene saber que los museos de Namur cierran los lunes , lo que convierte ese día en el menos adecuado para una visita completa. La mejor época es el período de septiembre, cuando las Fêtes de Wallonie animan la ciudad con una energía que durante el resto del año no es tan visible. El invierno es gris y húmedo, como corresponde al norte de Europa, y ese paisaje plomizo tiene también su atractivo particular, aunque no para todo el mundo.

Namur no compite con Brujas ni con Gante en el imaginario turístico belga y probablemente nunca lo hará. Eso ya sabes que para Descubrir no es un problema precisamente. Es la razón principal para ir.