Abrir una botella de vino y servirla sin nada que comer al lado es un ejercicio placentero, pero de algún modo incompleto. Placentero porque permite detectar la acidez, los taninos, el cuerpo y los matices aromáticos sin interferencias. Incompleto porque casi nadie bebe vino así.

Lo normal es hacerlo con comida delante y, en el momento en que aparece un plato, la copa cambia. A veces a mejor, a veces a peor, pero siempre cambia. Eso es, en esencia, lo que llamamos maridaje. Y entender cómo funciona no requiere ser sumiller ni memorizar tablas interminables de combinaciones. Basta con prestar atención a lo que ocurre en la boca cuando un sorbo de vino se encuentra con un trozo de jamón, una loncha de lomo o un queso curado.

Qué es realmente un maridaje y por qué puede cambiar la percepción del vino

people tossing their clear wine glasses

La palabra maridaje viene del francés mariage, matrimonio, y en gastronomía se refiere a la combinación deliberada de un vino (o cualquier otra bebida) con un alimento, buscando que ambos se potencien mutuamente en lugar de competir entre sí. El mecanismo básico se puede resumir en una frase. La comida modifica la percepción del vino y el vino modifica la percepción de la comida. El resultado puede ser de equilibrio, cuando ambos se complementan, o de choque, cuando uno anula o exagera al otro. Los factores que intervienen son pocos y bastante predecibles.

La grasa es probablemente el más importante. Cuando masticamos, por ejemplo, un producto ibérico de bellota, la grasa infiltrada recubre la lengua y suaviza la percepción de los taninos del vino. Un tinto que en seco resulta áspero o astringente puede volverse sedoso y redondo en cuanto lo acompañamos de una loncha de jamón ibérico. El efecto es casi inmediato y funciona también a la inversa. La acidez y los taninos del vino "limpian" esa capa de grasa del paladar, dejándolo listo para el siguiente bocado. Por eso un buen maridaje va más allá del sabor. Es también una cuestión de ritmo, de cómo se alternan la copa y el plato para que ninguno de los dos sature.

a plate of food and a glass of wine on a table

La sal es el segundo factor. La sal potencia los sabores y puede hacer que un vino con mucho cuerpo parezca aún más intenso, pero también redondea la percepción del alcohol y atenúa el amargor. Un vino que en solitario resulta ligeramente amargo puede mejorar mucho con un embutido bien salado. La acidez, por su parte, actúa como contrapeso de los platos grasos. Un vino blanco con buena acidez corta la untuosidad de un queso curado con la misma eficacia que un tinto con taninos marcados, aunque por un camino distinto.

Y después está la intensidad, un principio menos técnico, pero igual de determinante. Un plato suave necesita un vino que no lo aplaste y un plato potente necesita un vino capaz de sostener la conversación sin quedarse atrás. Maridar un ceviche con un Ribera del Duero gran reserva es tan desacertado como servir un verdejo joven junto a un guiso de caza.

El jamón ibérico no necesita un tinto (pero le sienta bien)

Wine, meat, and a cozy, appetizing spread

Uno de los errores más extendidos al hablar de maridaje con ibéricos es dar por hecho que el jamón debe ir siempre con vino tinto. La tradición dice que sí y, de hecho, un tinto joven o un crianza con taninos suaves funciona muy bien. Pero la grasa infiltrada de la bellota tiene una complejidad aromática (notas herbáceas, de frutos secos, un fondo ligeramente dulce) que también encaja con vinos que a priori no le asociaríamos. Un fino o una manzanilla, por ejemplo, realzan la textura del jamón y alargan su sabor en el paladar de una forma que pocos tintos consiguen. El fino aporta salinidad y frescura, y esa combinación con la untuosidad del ibérico produce un efecto limpio y persistente que explica por qué en Andalucía llevan siglos haciendo exactamente esa combinación.

También funcionan los espumosos. Un cava brut nature o un champagne con buena acidez y burbuja fina limpia el paladar entre bocado y bocado, algo que se nota especialmente cuando el jamón tiene una curación larga y su sabor es más intenso. Y los blancos con crianza, que aportan volumen y complejidad sin los taninos del tinto, pueden ser una alternativa mejor de lo que parece para quien quiera salir del maridaje más convencional.

Más allá del jamón, el embutido también tiene sus reglas

person slicing meat

Lo que funciona con el jamón no siempre funciona con el chorizo o con el salchichón, porque cada embutido tiene un perfil de especias y un nivel de grasa diferente. El chorizo ibérico, con su base de pimentón, pide un tinto afrutado con toques de frutos rojos y una acidez moderada. Variedades como la syrah o la garnacha suelen encajar bien porque su carácter frutal se complementa con la intensidad del pimentón sin competir con ella. Un tinto demasiado potente, con mucha barrica o taninos agresivos, puede hacer que el chorizo parezca más picante y más salado de lo que realmente es.

El salchichón, en cambio, tiene un perfil más sutil, con la pimienta como especia dominante. Funciona bien con blancos que tengan algo de estructura, pero también con tintos de taninos moderados cuya astringencia ayude a limpiar la grasa residual. La clave, en cualquier caso, es no elegir un vino que eclipse al embutido.

En Madrid, una forma práctica de comprobar cómo cambia el vino con el maridaje es participar en una sesión de Cata de Vinos, donde se comparan seis vinos acompañados de productos ibéricos. El formato de cata guiada permite probar cada vino primero en seco y después con comida, lo que convierte la experiencia en una demostración en directo de todo lo que hemos descrito.

Cinco errores que arruinan un buen maridaje

mixed fruits served on ceramic plates

Hay combinaciones que no funcionan y la mayoría tienen que ver con desequilibrios fáciles de evitar. El primero, y probablemente el más común, es servir un vino demasiado potente con un producto delicado. Un gran reserva con mucha madera puede comerse el sabor de un jamón de bellota en lugar de acompañarlo. El segundo es el error contrario, elegir un vino tan ligero que desaparezca frente a un embutido intenso, como un salchichón muy curado o un chorizo picante.

El tercero es ignorar la temperatura. Un tinto servido demasiado caliente pierde frescura y exagera el alcohol, mientras que un blanco sacado directamente de la nevera puede estar tan frío que apenas se le noten los aromas. Para tintos jóvenes, entre catorce y dieciséis grados suele ser un rango razonable. Para blancos con crianza, entre diez y doce.

El cuarto es confundir cantidad de gasto con calidad del maridaje. Un vino caro no marida necesariamente mejor que uno modesto. Lo que importa es la relación entre el vino y el plato, no lo que costó la botella. Y el quinto, quizá el más frecuente en restaurantes, es no atreverse a probar combinaciones nuevas por miedo a equivocarse. El fino con el jamón es un clásico por una razón, pero el verdejo con un lomo ibérico o el rosado con un queso semicurado pueden ser descubrimientos igual de válidos.

No hace falta mucho para empezar a experimentar con el maridaje en casa. Lo más práctico es comprar dos o tres vinos diferentes (un blanco, un tinto joven y un generoso, por ejemplo) y probarlos primero solos, apuntando mentalmente qué se percibe. Después, repetir con un plato de ibéricos variados, prestando atención a cómo cambia cada vino. La diferencia será evidente desde el primer sorbo, y a partir de ahí el paladar empieza a construir su propio criterio.

La clave está en probar con atención, sin necesidad de memorizar nada. La grasa suaviza los taninos, la sal redondea el cuerpo, la acidez limpia el paladar y la intensidad del plato tiene que ir a la par que la del vino. Con esos cuatro principios y un trozo de jamón encima de la mesa, el resto se aprende copa a copa.