Casi cien años mirando al Río de la Plata y presidiendo la silueta de Montevideo. El Palacio Salvo es la biografía en hormigón armado de una ciudad que quiso asombrarse a sí misma. Y lo consiguió.

Erguido sobre la Plaza Independencia, en el punto exacto donde la ciudad vieja da paso al centro moderno, este coloso lleva casi un siglo siendo el primer y último punto de referencia de la capital uruguaya. Subirlo, recorrerlo, escuchar sus historias, es una de las experiencias más reveladoras que puede ofrecer Montevideo.

Un encargo de inmigrantes italianos para una ciudad en auge

Palacio Salvo - Foto: Christian Rojo

El edificio fue diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti y su construcción se llevó a cabo entre los años 1922 y 1928, por encargo de los hermanos Ángel, José y Lorenzo Salvo, inmigrantes italianos que habían hecho fortuna en la industria hotelera y otros rubros en Uruguay. Los Salvo llegaron al país aproximadamente en el año 1860 y se instalaron en la zona de Paso Molino, donde tuvieron su casa con un almacén de ramos generales. La madre de la familia era muy hábil en la costura y confección, y sus hijos vendían los vestidos en la Ciudad Vieja. Años después, se asociaron con la familia Campomar y en 1906 decidieron abrir una gran industria textil en Juan Lacaze, Colonia.

Los hermanos se plantearon, en 1919, levantar el primer rascacielos de Uruguay, un gran hotel frente a la Plaza Independencia, en cierto sentido como agradecimiento a la ciudad que los había recibido cuando eran muy pobres. El edificio estaba originalmente destinado a ser un hotel, pero este plan no prosperó, y desde entonces ha albergado una mezcla de oficinas y residencias privadas. En su momento fue un hito de modernidad y sofisticación, con características innovadoras como ascensores automáticos y sistemas de ventilación e iluminación avanzados.

El edificio más alto de América Latina

Palacio Salvo - Foto: Christian Rojo

Terminado en 1928, el Palacio Salvo cuenta con 27 plantas y se alza hasta los 105 metros de altura. Fue el edificio más alto de América Latina durante un breve periodo y, a su finalización, era la estructura de hormigón armado más alta del mundo. Con sus 100 metros de altura y sus 27 plantas, pasó a ser la torre más alta de toda América Latina hasta que, en 1935, fue desplazado por el Kavanagh de Buenos Aires.

Su estética ecléctica e historicista lo llevó a mezclar varios estilos arquitectónicos. Lejos de la pureza en las líneas y el acento en la función que defendía la arquitectura moderna, liderada entre otros por Le Corbusier, su ornamentación sobrecargada y formas caprichosas lo tornaron un edificio único que, sin embargo, contó con una técnica de construcción vanguardista basada en el hormigón armado. Con un estilo ecléctico que combina referencias renacentistas con reminiscencias góticas y toques neoclásicos, su distintiva silueta se ha convertido en un emblema de la ciudad y en un recordatorio de los años prósperos de las primeras décadas del siglo XX.

Cuenta con dos sótanos, planta baja, entrepiso, ocho pisos altos completos y quince pisos de torre, albergando 370 unidades habitacionales. El edificio consta de varios pisos dispuestos para diferentes usos, con espacios comerciales en los inferiores, oficinas en los intermedios y apartamentos en los superiores. Hoy, según los gestores del edificio, más de 1.000 personas residen en sus apartamentos, convirtiendo el Palacio Salvo en una ciudad dentro de la ciudad.

El arquitecto y el puente de luz sobre el Plata

Retrato de Mario Palanti por Giuseppe Palanti (1881-1946) - Galleria d'Arte Moderna di Milano

El edificio fue diseñado por Mario Palanti, un inmigrante italiano residente en Buenos Aires, quien utilizó un diseño similar para su Palacio Barolo en la capital argentina. Ambos edificios están inspirados en la Divina Comedia de Dante Alighieri, aunque solo el Palacio Barolo de Buenos Aires fue diseñado con la intención de albergar los restos del autor. La idea original de Palanti era conectar las dos ciudades con un "puente de luz" sobre el Río de la Plata, usando los faros colocados en sus cúpulas como balizas de bienvenida a la región. Sin embargo, por errores de cálculo, los haces de luz nunca llegaron a encontrarse.

El Palacio Barolo, inaugurado en 1923, es considerado un hermano gemelo en estilo del Salvo, aunque cinco plantas más bajo. Los dos edificios, uno a cada orilla del estuario más ancho del mundo, encarnan una visión grandiosa y algo romántica de la arquitectura como gesto civilizatorio. El propio Río de la Plata, que los guías del Salvo explican a cada visitante con orgullo, confunde a más de uno. "Es un río ancho como el mar", advierte Carlos, uno de los guías que atiende las 11 visitas diarias del edificio, "y está entre Argentina y Uruguay. Se confunde muchas veces con un mar, pero en realidad es un río también, un río muy ancho."

El faro perdido y la cúpula recuperada

Palacio Salvo - Foto: Christian Rojo

Originalmente, el palacio estaba coronado por un faro con un espejo parabólico de 920 mm que alcanzaba unos 100 kilómetros, aunque la luz fue retirada más tarde en favor de una antena que dio al edificio su altura final de 100 metros. La historia de ese faro es uno de los episodios más fascinantes y melancólicos del edificio. Según relata nuestro guía, se trataba de un faro LED de 40.000 amperaje italiano traído de Milán, con todo un barandal y una pequeña caja acristalada.:

"La familia Salvo lo llevó para una estancia que tenían en el interior y se perdió en el corral de los años", cuenta. "Se calcula que hasta el año 32, 33 estuvo. Nunca apareció. Se buscó con muchísimas más personas; es decir, recuperamos los portones, pero no el faro."

En 2017, una cuenta atrás en la Plaza Independencia permitió ver cómo el nuevo faro desarrollado con tecnología LED se encendía de color rojo en primera instancia, mostrando una gama de colores diversos en los minutos posteriores. Este proyecto fue obra del arquitecto uruguayo Federico Lagomarsino, artista visual que trabaja desde Montevideo. El proyecto logró completar la silueta del Palacio Salvo con un diseño contemporáneo, contemplar la modulación histórica del edificio y vincular su iluminación a una plataforma digital generadora de contenidos y posibilidades interactivas.

Federico Lagomarsino - Foto: Christian Rojo

Sin embargo, el debate sobre el remate del edificio no ha concluido. El propio arquitecto explica en las visitas guiadas que la pieza instalada en 2017 está prevista que cambie. La idea actual es sustituirla por una jaula acristalada que funcione como mirador, un recinto desde el que los visitantes puedan acceder a algo más de 108 metros de altura y contemplar Montevideo en toda su extensión. "La idea sí es cambiar esa pieza y hacer un recinto con un mirador", confirma Lagomarsino.

Un edificio vivo, convertido en un pueblo vertical

El Palacio Salvo no es solo un atractivo turístico. Es un organismo vivo, habitado, gestionado y debatido. Su estructura jurídica es también singular. No se rige como una propiedad horizontal al uso, sino que funciona como una sociedad anónima, con una comisión directiva compuesta por presidenta, vicepresidente, secretario, prosecretario y tres vocales. Mari, presidenta del edificio, participa activamente en los proyectos más ambiciosos del inmueble y acompaña con frecuencia las visitas guiadas. "Queremos devolver a la ciudad de Montevideo y al propio Palacio Salvo su historia, sus raíces", explica.

El edificio fue declarado bien de interés departamental en 1997 y monumento histórico nacional en 2009. Más de 300 visitas guiadas al año recorren sus pasillos, sus miradores y sus historias acumuladas.

El solar de La Cumparsita

El edificio se levantó sobre el solar que ocupó la popular confitería La Giralda, lugar célebre por ser donde Gerardo Matos Rodríguez tocó por primera vez el tango La Cumparsita en 1917, hoy símbolo cultural de Uruguay. El tango más famoso del Río de la Plata nació en ese mismo punto del mapa antes de que el Palacio Salvo ocupara su lugar. Actualmente, el Palacio Salvo alberga el Museo del Tango, con una exposición sobre la historia de La Cumparsita y el tango uruguayo.

En el sótano, hoy ocupado por un garaje, hubo un teatro donde actuaron figuras como Joséphine Baker, los Lecuona Cuban Boys y Jorge Negrete, entre muchos otros. Un espacio que en su día fue uno de los escenarios más elegantes de Montevideo y que hoy, según explican desde la junta directiva del edificio, se está recuperando para convertirlo en salas de eventos.

Masonería y simbolismo oculto en el diseño del Palacio Salvo

Entre los aspectos menos divulgados del Palacio Salvo figura su posible relación con el simbolismo masónico, una lectura que algunos investigadores y aficionados a la arquitectura esotérica han defendido con argumentos que, cuando menos, invitan a mirar el edificio con otros ojos.

El punto de partida es el propio Mario Palanti y su fascinación documentada por la Divina Comedia de Dante Alighieri. Tanto el Palacio Barolo de Buenos Aires como el Palacio Salvo de Montevideo fueron concebidos como una reinterpretación arquitectónica del poema, con sus tres partes, el infierno, el purgatorio y el paraíso, reflejadas en la distribución vertical del edificio.

Los sótanos y pisos inferiores representarían el Infierno. Los pisos intermedios, el Purgatorio y la torre y la cúpula, el Paraíso. Esta codificación simbólica de la arquitectura como viaje espiritual es, en sí misma, una idea profundamente compatible con la tradición masónica, que concibe el proceso constructivo como metáfora del perfeccionamiento moral del ser humano.

Algunos investigadores han señalado además la presencia de elementos decorativos en las fachadas del Salvo que remiten a la iconografía masónica clásica. Entre ellos destacan ciertos motivos geométricos en las molduras, el uso de la proporción áurea en la composición de las plantas y la orientación simbólica de determinados elementos hacia el sol naciente. La propia cúpula, concebida como faro que debía iluminar el Río de la Plata, evoca la figura del "Gran Arquitecto del Universo", concepto central en la cosmología masónica.

Sin embargo, conviene mantener la cautela. No existen documentos que acrediten la afiliación de Palanti a ninguna logia masónica y los expertos en historia de la arquitectura uruguaya advierten que la presencia de simbolismo numérico o geométrico en los edificios de la época era una práctica habitual entre arquitectos eclécticos sin que ello implicara necesariamente una vinculación con la masonería.

Lo que sí parece indudable es que Palanti era un hombre de profundas convicciones espirituales y literarias, y que el Palacio Salvo, como el Barolo, fue concebido como algo más que un edificio funcional. Una obra cargada de intención, de capas de significado superpuestas, que sigue resistiéndose a una lectura única. Eso, quizás, es lo que lo hace tan perdurable.