Caminar por la calle de la Curia en Pamplona es el preludio perfecto para asimilar la magnitud de la Catedral de Santa María la Real. Este templo juega al despiste con el viajero, ya que se muestra bajo una armadura neoclásica austera, pero custodia en su interior un tesoro gótico que sorprende a quienes se atreven a cruzar su umbral.
Para desentrañar esta compleja amalgama de estilos y comprender por qué este conjunto es el más completo de toda España, hemos sido acompañados en la visita por Gonzalo García. Como gestor general del museo (él mismo se define bromeando como el CEO de la catedral), director de la pastoral de turismo y vicepresidente de la Fundación Catedral de Pamplona, Gonzalo posee las llaves de todas las puertas del templo, pero, sobre todo, conoce todos los secretos e historias que esconde esta magnífica iglesia.
De templo románico a gran catedral gótica

La historia de este enclave es mucho más profunda de lo que sugieren sus muros exteriores. Las excavaciones arqueológicas realizadas en los años noventa confirmaron que este templo no se erigió en un lugar cualquiera, sino que se asienta sobre uno de los enclaves más relevantes de la Pompaelo romana, donde se han documentado estructuras urbanas de primer orden, probablemente vinculadas al centro cívico de la ciudad.
Se documentaron y fotografiaron restos romanos excepcionales bajo el suelo, pero hoy permanecen ocultos por una cuestión de logística y climatización. Es lo que Gonzalo describe como un voto de fe, ya que el turista camina sobre la historia sin verla, sabiendo que bajo sus pies late la Pamplona de hace dos mil años.
El edificio que admiramos hoy nació en realidad de una catástrofe. La catedral románica original, consagrada en 1127, sufrió un derrumbe parcial y repentino en julio de 1390 por culpa de un terremoto. Solo quedaron en pie la fachada y parte de la cabecera, obligando al rey Carlos III el Noble a emprender una reconstrucción total. El monarca, imbuido del refinamiento de las cortes francesas, impulsó un estilo gótico que destaca por su ligereza y elegancia.





Catedral de Pamplona - Fotos: Christian Rojo
Las obras se prolongaron durante más de un siglo, dando lugar a estancias que son milagros de supervivencia arquitectónica. Pasear por la cillería, el antiguo refectorio o la cocina gótica, uno de los ejemplos medievales mejor conservados de Europa, es entender cómo funcionaba una comunidad religiosa que vivía en régimen de clausura pero conectada con el poder real.
El templo se organiza en una planta de cruz latina con tres naves, donde la central destaca por su gran altura y sus bóvedas de crucería que descargan su peso de forma magistral sobre pilares rodeados de finas columnas. El Altar Mayor se sitúa como el centro neurálgico del templo, un espacio que ha recuperado su diafanidad tras el traslado de la sillería del coro. En este punto, el diseño se pone al servicio del culto bajo un elegante baldaquino neogótico que enmarca la figura de la Virgen.
Rodeando este espacio sagrado se encuentra la girola o ambulatorio, una solución arquitectónica que facilita el tránsito de peregrinos y que da acceso a diversas capillas laterales. Estas estancias son pequeños universos de arte sacro que custodian retablos de valor incalculable. Destaca entre ellas la Capilla Barbazana, cuya espectacular bóveda de estrella es un prodigio de la cantería medieval. La delicadeza de los nervios de piedra que convergen en la clave central demuestra la pericia de los maestros de obra que trabajaron para la corona navarra.




Catedral de Pamplona - Fotos: Christian Rojo
El Claustro de la catedral es, sin duda, la joya de la corona del conjunto y uno de los mejores ejemplos del gótico francés en la península ibérica. Sus proporciones perfectas y la finura de sus tracerías flamígeras crean un juego de luces y sombras que cambia a lo largo del día. Es un espacio cautivador donde las columnas geminadas y los capiteles detallados narran escenas bíblicas con una minuciosidad asombrosa.
La visita de la Catedral también nos permite descubrir la sorprendente Sacristía Mayor, una estancia que ofrece un giro estético inesperado respecto al estilo gótico. Aquí nos sumergimos en el lujo del barroco rococó del siglo XVIII. Los espejos, los dorados y el mobiliario tallado en maderas nobles ofrecen un contraste fascinante que recuerda más al interior de un palacio que a un recinto estrictamente religioso.
El neoclasicismo que desconcertó a Víctor Hugo

Al observar el exterior del templo, la vista se detiene en una estructura imponente que parece ajena al resto del conjunto. La fachada principal, diseñada por el arquitecto Ventura Rodríguez a finales del siglo XVIII, es una obra maestra del neoclasicismo. Con sus dos torres de cincuenta metros y sus columnas de orden corintio, buscaba proyectar una imagen de orden y racionalidad en una época de cambios. Sin embargo, este diseño no siempre fue comprendido y hasta el famoso escritor Víctor Hugo, fue extremadamente crítico durante su estancia en la ciudad en 1840, según nos explicó Gonzalo:
"Víctor Hugo era un escritor definido por sus biógrafos como un auténtico enfermo de las catedrales. Si le anunciaban una ciudad nueva, su primera pregunta era si tenía catedral, y si no había, no iba. En 1840 vino invitado por unos amigos y lo trajeron a ver el templo de noche, cuando estaba cansado. Antes de marcharse, sus amigos le pidieron que dejara algo escrito y él empezó alabando la hospitalidad y la comida, pero al hablar de la iglesia hizo un punto y aparte. Escribió que lo subieron por la calle de la Curia y, al ver el contorno de la catedral, la imagen que tuvo fue la cara de un burro: los dos campanarios eran las orejas y el centro la cola. Sus amigos, en un alarde de astucia, trajeron esa hoja a la catedral. Imaginen el cabreo de los canónigos, que habían pagado la fachada de su bolsillo, al leer que tenía cara de burro. Tiempo después volvió y un canónigo lo cogió de la oreja para enseñárselo todo bien; entonces Víctor Hugo reconoció que había descubierto en Pamplona el claustro más profundo de Europa."
Uno de los cambios más drásticos que sufrió la nave fue la eliminación del coro central en los años cuarenta. Anteriormente, los canónigos ocupaban un espacio que interrumpía la visión del altar, comunicándose por una vía sacra restringida. Al trasladar la sillería al presbiterio, se ganó espacio para los fieles y se dio el protagonismo que merecían los sepulcros reales. Allí descansan Carlos III el Noble y Leonor de Trastámara bajo un mausoleo de alabastro esculpido por Jehan Lome de Tournai. Esta pieza es considerada una de las cumbres de la escultura gótica por el realismo de sus figuras y la delicada minuciosidad de los detalles en la piedra.

Sin embargo, el corazón de la seo late junto a Santa María la Real. Esta imagen románica del siglo XII, revestida de plata, protagoniza una de las historias más singulares de la ciudad. Gonzalo relata cómo, pocos días después de ser entronizada, la figura del niño Jesús que sostenía en su regazo desapareció misteriosamente. Durante quinientos años, la virgen estuvo sola, hasta que en el siglo XVII se decidió encargar una nueva talla del niño. Al nuevo integrante se le conoció popularmente como el niño adoptado por su tardía incorporación. El escultor tuvo el ingenio de diseñar un manto que une físicamente a la madre con el hijo, una solución artística que, según la broma popular del cabildo, buscaba evitar que el niño volviera a marcharse otra noche por su cuenta.
"Detrás de una de las paredes de la catedral está la cámara donde se guarda el tesoro: las mitras históricas y los cálices. En 1933, alguien cortó el acceso desde las murallas dejando la cámara acorazada vacía. Los ladrones vinieron de fuera, pero hubo un joyero de Pamplona que fue el perista que colocó las piezas. Robaron la corona inicial de la virgen, del siglo XII y de oro macizo con esmeraldas. Los ladrones pensaron que la Iglesia no echaría más leña al fuego por tratarse de tanto oro y, al cabo de una semana, casi nadie hablaba del tema. Pero entonces dos periodistas del ABC publicaron en portada nacional "El robo del siglo en la catedral de Pamplona". A partir de ahí, la presión de la prensa y la policía permitió pillarlos, aunque ya estaba todo fundido y las piedras vendidas. Sin embargo, la historia termina de forma positiva: la gente empezó a traer dinero espontáneamente para recuperar la corona y, poquito a poco, se consiguió hacer una copia exacta."
Cómo se vivía en una catedral de piedra

La vida cotidiana de los religiosos en la catedral estaba marcada por la austeridad y la climatología extrema de la cuenca de Pamplona. Los canónigos, que seguían la estricta regla de San Agustín, vivían en una lucha constante contra la humedad y el frío. En el siglo XVI, una nueva generación de clérigos se plantó ante el obispo para denunciar que su dormitorio era una fábrica de reuma y artrosis. De esa necesidad nacieron estancias orientadas estratégicamente hacia el sol, buscando cada rayo de calor para hacer habitable la piedra.
Esta obsesión por la funcionalidad también se refleja en la espectacular escalera de caracol. Su diseño es una lección de ergonomía adelantada a su tiempo. Los peldaños son anchos y de escasa altura, permitiendo que los canónigos ancianos pudieran subir sin perder el equilibrio. Esta escalera también cumplía una función de protocolo y dignidad eclesiástica. En una época donde la imagen lo era todo, no se consideraba decoroso que un ministro de la Iglesia tuviera que levantarse la sotana para evitar tropezar en los escalones. La amplitud de la construcción permitía un ascenso majestuoso y cómodo. En la parte alta de la estructura, el visitante curioso puede encontrar símbolos fascinantes como el del pelícano, que también guarda una curiosa historia:
"En la catedral se puede observar la figura de un pelícano, que era de gran importancia en el siglo XVI. Representa a Jesucristo porque es el único animal que, cuando no consigue comida para sus hijos, se picotea a sí mismo para darles su propia carne."
No se puede entender la catedral sin mirar hacia sus torres, donde el oficio de campanero se consideraba una de las profesiones de mayor riesgo. Protegidos por Santa Bárbara, estos hombres debían subir a los campanarios en medio de las tormentas para avisar a los agricultores de la llegada del granizo. La exposición a los rayos y a la altura convertía cada toque de campana en un acto de heroísmo.
Con récords de visitantes que superan las mil doscientas personas al día en fechas señaladas, la labor de Gonzalo García de Valanza y su equipo asegura que este patrimonio siga siendo un espacio vivo donde además de las funciones religiosas se celebran numerosos eventos sociales y hasta exhibiciones de pelota vasca. Es un lugar donde el arte gótico, el neoclasicismo y la fe popular se funden para ofrecer una experiencia que trasciende la simple visita turística.

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