Cuando la nieve cede y el verde toma el relevo, Andorra muestra una cara que no siempre aparece en los folletos. El aire huele a hierba mojada, los ríos bajan cargados y los prados se llenan de flores silvestres. Es entonces cuando Canillo, la parroquia más oriental del Principado, despliega todo su potencial como destino de naturaleza, cultura y aventura activa.
El Valle de Incles: un glaciar convertido en paraíso alpino

A pocos kilómetros del núcleo urbano de Canillo se abre el Valle de Incles, una cubeta glaciar en forma de U de unos cuatro kilómetros de longitud, rodeada de picos con neveros que persisten hasta bien entrado el verano. Por sus prados cruzan riachuelos y pastan caballos y vacas con una calma que resulta contagiosa.
El puerto de Incles tiene una historia propia. Durante generaciones fue la vía de paso hacia el lado francés, aunque cruzarlo era una empresa considerablemente difícil. Todo cambió en 1933, cuando un ingeniero catalán propuso construir un embalse a cambio de levantar las primeras carreteras del país. Así nació la red viaria andorrana y, con ella, las condiciones que hicieron posible el turismo moderno.
Los bosques de pino negro y abeto cubren las laderas del valle, salpicadas en primavera por narcisos (emblema floral de Andorra), lirios, gencianas azules y rododendros que tiñen las praderas de rosa. La fauna que habita estos parajes incluye marmotas, rebecos, águilas reales y el discreto urogallo, especie que sufre especialmente los efectos del cambio climático.
Desde hace unos pocos años, osos pardos reintroducidos desde Eslovenia recorren también estos valles. La recomendación de los guías locales ante un posible encuentro es clara: mantener la calma y no correr, ya que el movimiento brusco puede activar el instinto depredador del animal. Los encuentros son, en todo caso, muy infrecuentes.





Valle de Incles - Foto: Christian Rojo
El paisaje construido también tiene su protagonismo. Las bordas, edificaciones de piedra con tejados de pizarra levantadas durante siglos para almacenar heno y proteger el ganado del invierno, siguen siendo parte inseparable del territorio. Algunas se han reconvertido en alojamientos turísticos.
Para los senderistas, las opciones van desde el Pic de Casamanya (2.740 m), accesible desde el Coll d'Ordino con una panorámica de 360 grados sobre todo el Principado, hasta el exigente Pic de l'Estanyó (2.915 m), una de las cimas más altas del país. Las familias con niños pequeños cuentan con los itinerarios Macarulla, rutas cortas y temáticas que combinan juegos, arte y naturaleza.
El Puente Tibetano y el Mirador del Roc del Quer: vértigo con vistas

Dos infraestructuras turísticas relativamente recientes han convertido a Canillo en uno de los destinos más visitados de Andorra. El primero es el Puente Tibetano, inaugurado en 2022 tras dos años de construcción con una inversión de 4,6 millones de euros. Con 603 metros de longitud y una altura máxima de 158 metros sobre el valle (el equivalente a un edificio de 45 plantas), figura entre las pasarelas colgantes peatonales más largas del mundo.
La construcción comenzó de forma aérea, con un helicóptero que tendió los primeros cables de lado a lado, y a partir de ahí los ingenieros trabajaron suspendidos en vertical para completar la estructura. El acceso se realiza en autobús desde el centro de Canillo y, tras un paseo de 900 metros con vistas a Grandvalira, se llega al inicio de la pasarela.

El vértigo inicial tiende a disolverse en los primeros metros y lo que queda es la leve oscilación del puente bajo los pies y unas vistas que justifican cualquier aprensión previa. Las mejores fotografías no se hacen durante el cruce, sino al llegar al extremo opuesto, donde el puente se despliega en toda su longitud sobre el valle.
A pocos minutos en coche, el Mirador del Roc del Quer completa la experiencia. Inaugurado en 2016, consiste en una plataforma de 20 metros de longitud, parte de la cual queda suspendida sobre un desnivel de 500 metros, con una sección de suelo de vidrio transparente.

Las vistas alcanzan los valles del Montaup y el Valira d'Orient, con Soldeu y Encamp al fondo. Al final de la plataforma, una escultura de un pensador sentado sobre una viga, obra de Miguel Ángel González, añade un punto de reflexión al conjunto. Ambas atracciones pueden visitarse con un ticket combinado.
El Palau de Gel y el Museo de la Moto: dos caras del ocio en Canillo

El núcleo urbano de Canillo conserva el diseño y la textura de un pueblo de montaña auténtico, con calles empedradas, fachadas de piedra y balcones floridos. Dentro de ese entorno tranquilo, dos equipamientos ofrecen propuestas de ocio completamente distintas.
El Palau de Gel es un centro deportivo integral con pista de hielo olímpica de 1.800 m² y gradería para 1.500 espectadores, que acoge desde sesiones de patinaje hasta partidos de hockey, curling y karting sobre hielo. El complejo incluye también el parque acuático Splash, con toboganes de 53 metros de recorrido y piscina infantil tematizada, una piscina deportiva cubierta de 25 metros, gimnasio, rocódromo de 110 m², pistas de squash y tenis y zona de tenis de mesa.

El Museo de la Moto, ubicado en la segunda planta del edificio del telecabina en Plaça Carlemany, es una visita imprescindible para cualquier aficionado a las dos ruedas. Reúne unas 150 motocicletas que abarcan desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, organizadas en sectores que permiten un recorrido fluido.
Entre las piezas más singulares destacan una Henry Capel Loft Holden de 1896 y una Diamant de 1900, ambas de vapor, una Cleveland estadounidense de 1915, una Solo Electra de 1968 (una de las primeras motocicletas eléctricas de la historia) y varios modelos del Rally Dakar cedidos por el piloto Cyril Despres. Todas las motos son cesiones de coleccionistas privados andorranos.
El patrimonio románico: del Santuario de Meritxell a las iglesias rurales




Santuario de Meritxell - Foto: Christian Rojo
Canillo alberga uno de los conjuntos de arquitectura religiosa más relevantes de Andorra, que va mucho más allá del valor artístico para reflejar la organización social y las creencias de las comunidades pirenaicas a lo largo de los siglos.
El Santuario de Meritxell es el centro espiritual del Principado. Según la tradición local, una imagen de la Virgen fue hallada por un pastor en un rosal en pleno invierno y siempre regresaba al mismo lugar cuando se la trasladaba, lo que llevó a construir una capilla en ese punto. En 1873 el Consejo General la declaró patrona de Andorra y el 8 de septiembre se celebra en su honor la fiesta nacional del país.
El santuario original, de estilo románico reformado en el siglo XVII, quedó destruido por un incendio en 1972. La reconstrucción fue encargada al arquitecto Ricardo Bofill, quien diseñó un edificio que fusiona la solemnidad del románico con hormigón, vidrio y piedra, generando una obra potente, y un tanto polémica, que convive con los restos de la capilla antigua, reconvertida en espacio expositivo.




Patrimonio románico en Canillo - Foto: Christian Rojo
La Iglesia de Sant Joan de Caselles, construida entre los siglos XI y XII sobre un promontorio rocoso junto al antiguo camino de Canillo, es un ejemplar notable del románico lombardo, con campanario característico, nave rectangular y ábside semicircular. Su interior conserva un Cristo en Majestad del siglo XII en estuco, rodeado de frescos del Calvario, y un retablo renacentista de 1575 atribuido al Maestro de Canillo.
La Iglesia de la Santa Creu, de finales del siglo XVII, conserva un retablo de 1739 que representa la Pasión de Cristo con columnas salomónicas doradas. A pocos kilómetros, la pequeña Sant Miquel de Prats mantiene el románico rural en estado casi puro, con muros de mampostería gruesa y arco apuntado de piedra pómez. Las pinturas murales originales se custodian en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, mientras que en el interior se exhibe una reproducción.
Gastronomía de montaña, entre tradición y oferta internacional

La cocina de Canillo bebe de la tradición catalana, con influencias del Alt Urgell y la Cerdanya, y recoge también sabores franceses y los aportes de comunidades migrantes portuguesas y argentinas que han dejado huella en la gastronomía local. El resultado es una cocina de temporada, marcada por el jabalí, el ciervo, las truchas de río, las setas y los embutidos artesanales. Los platos más representativos incluyen la escudella, el trinxat de col y patata con tocino y los civets de caza.
El Racó del Simó reinterpreta esa tradición con criterio contemporáneo, con elaboraciones como albóndigas de ciervo o pasta fresca con trufa. La Borda de l'Hortò apuesta por la experiencia más directa, en una antigua borda de piedra donde las brasas son el eje de la carta, con estofados, paletillas de cordero y fondues de queso. Blót propone una mirada más urbana, con inspiración argentina y una carta centrada en hamburguesas y milanesas.
Para el alojamiento, el Hotel Nòrdic ofrece una base cómoda con spa, sauna, piscinas climatizadas interior y exterior, gimnasio y restaurante de buffet, todo con la estética alpina que pide el entorno.

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