La bienvenida nos la dio una gata, a la que bautizamos como Payesa. Fue nuestra guía en Can Lluc. No para de hablar, así que nos contó toda la historia de este lugar. Me dijo que lo más bonito es el entorno: un valle tranquilo rodeado de bosques de pinos, algarrobos y olivos milenarios, por donde le gusta corretear. A mí, las vistas me transmitieron mucha paz, una tranquilidad que hoy en día es difícil de encontrar.

Payesa me contó que Lucas Prats y su esposa Tina Soriano, los dueños de Can Lluc, son personas muy cercanas. Me dice la gata que es un hotel rural en el centro de Ibiza, pero también un proyecto familiar que une a tres generaciones: la casa de campo, con más de 200 años de antigüedad, pertenecía a José Prats, abuelo de Lucas. Hoy está en manos de Lucas y Tina y algún día pasará a Blanca, Miriam y Lucía Prats.

Apostamos por tradición y lujo

Todo comenzó con el amor de Lucas por el paisaje y la herencia cultural de Ibiza. Junto con el arquitecto ibicenco José Torres, logró unir tradición y contemporaneidad, creando un complejo hotelero ideal para quienes buscan conocer la verdadera Ibiza, alejada de los clichés turísticos.

En el año 2000, el matrimonio comenzó a soñar con lo que un día se convertiría en uno de los agroturismos más mágicos de Ibiza. “Yo aún no había nacido, pero eso me contaron”, me aclaró la gata. Emprendieron este emocionante proyecto junto al arquitecto con una misión: transformar una antigua casa de campo en un hotel boutique en un proyecto que duró tres años y que ha tenido varias ampliaciones posteriores.

Un poco más sobre el diseño

La casa payesa original, donde Lucas pasó gran parte de su niñez, se encuentra justo al otro lado de la colina, frente a la vivienda de su abuelo, y ambas están muy cerca del pueblo de San Rafael. La arquitectura moderna contrasta con las antiguas paredes, que cobran especial protagonismo en esta propiedad salpicada de detalles tradicionales que conviven con todo tipo de lujos y comodidades.

Apenas se compraron elementos decorativos, ya que se aprovecharon y restauraron muchas piezas y herramientas antiguas de la casa, como utensilios de trabajo del abuelo, elementos utilizados en la matanza del cerdo, baúles e incluso la mesa donde se preparaban los embutidos, que ahora se usa como mesa de trabajo en uno de los salones.

En definitiva, se fue integrando en un solo conjunto lo que antes era la suma de corrales, almacenes y la vivienda principal. Actualmente, el hotel dispone de 25 habitaciones distribuidas en 6 dobles, 5 superiores y 14 villas, todas ellas con jardín privado.

Además, cuenta con dos viviendas vacacionales: Can Jaume Curt, con capacidad para cinco personas, y Can Prats, para cuatro. También hay una sala wellness con sauna y cabina de masajes, así como tratamientos de belleza para desconectar y relajarse.

Sus paredes de piedra y los techos de madera de sabina son originales y conservan toda su belleza, como si el tiempo se hubiese detenido. Junto con Payesa, hemos disfrutado de sus jardines, llenos de perfumes gracias a los olivos, buganvillas y jazmines.

El sabor de Can Lluc

La filosofía del restaurante es acercar al huésped a la verdadera Ibiza, ofreciéndole una cocina mediterránea de proximidad que respeta la autenticidad de los productos frescos y locales. “Cada plato está elaborado con ingredientes provenientes tanto de pequeños productores locales y cofradías de pescadores de la isla como de cultivos de la propia finca”, nos comenta Payesa, relamiéndose sus patitas. La encantadora terraza del restaurante es su rincón favorito, si quieres conocerla seguro que la encontrarás por allí.

El concepto culinario de Can Lluc se basa en lo esencial: sabores auténticos que hablen por sí solos. La nueva oferta gastronómica ha sido diseñada por una de las embajadoras de la cocina ibicenca: la chef Marga Prats, cocinera autodidacta nacida en la isla y formada en los fogones de su madre y de su abuela.

Nuestra guía Payesa

Gracias a los detalles, cada rincón de Can Lluc habla de Ibiza: de su historia, de su luz, de su arte y de sus raíces. Me encantaría parar el tiempo y quedarme allí con Payesa para siempre (fue una despedida muy dura), pero de momento solo puedo decir: ¡hasta pronto!