Cuando hablo con mis conocidos, suelen tener miedo de adentrarse en el Bronx de Nueva York. Ahora puedo decirles a ellos, y a vosotros, queridos lectores, que no saben lo que se pierden. Cuando lo conocí mejor gracias a Anthony y Paul, sentí que justo aquí se encuentra la esencia de la ciudad y su verdadero significado. Nueva York es la tierra de todos: aquí se mezclan nacionalidades, tradiciones y creencias, y eso no genera ningún problema, sino respeto y una comunidad muy fuerte.
Al Bronx fuimos para conocer su Little Italy guiados por Anthony y Paul, dos hermanos fundadores de Mainland Media, con la misión de mejorar la imagen del barrio. Ya os aviso: no es ningún parque temático. Es un barrio vivo.
Anthony y Paul: dos hermanos contra el prejuicio

Pero antes de nada me gustaría presentaros a Anthony y Paul, dos hermanos que crecieron en el Bronx. Durante décadas escucharon la misma reacción cuando mencionaban su origen: sorpresa, cautela o prejuicio, porque así había sido narrado el Bronx durante años por gente que nunca vivió allí. En 2006 decidieron intervenir en esa historia y fundaron Mainland Media, una empresa para mejorar la imagen del distrito y compartir su cultura.
El nombre no es casualidad. El Bronx es el único distrito de Nueva York situado en tierra firme, mientras que Manhattan, Queens, Brooklyn y Staten Island son islas. Los hermanos querían transmitir así que su barrio es algo real y sólido, frente a los clichés.
Al principio organizaron eventos culturales, produjeron contenido local y crearon la marca From the Bronx. Luego comenzaron a invitar a gente a caminar por el barrio. Un tour algo atípico, basado en conocer el vecindario y a quienes lo sostienen. Visitantes y vecinos empezaron a mirarse a los ojos y, con el tiempo, la iniciativa creció hasta convertirse en una ruta gastronómica y cultural que termina en su propio negocio dentro del mercado histórico. El objetivo nunca fue vender comida ni souvenirs. Se trata de que para entender el Bronx hay que recorrer el barrio y conocer a su gente, su comunidad.
La iglesia, el deli y la pasta: el corazón de Little Italy

El recorrido empieza justo donde empezó la comunidad. En realidad hemos quedado en Joe's Italian Deli, al que voy a volver, pero primero quiero contaros sobre un lugar especial. Antes del primer restaurante, antes del primer escaparate lleno de pasta fresca, existió un punto de encuentro: la iglesia de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Los primeros inmigrantes italianos llegaron a principios del siglo XX atraídos por el trabajo. Fue el momento en que allí se construían muchas cosas, entre ellas el Zoológico del Bronx y el Jardín Botánico.
Muchos eran canteros y albañiles que levantaban instituciones y, al mismo tiempo, levantaron la suya propia. La iglesia abrió sus puertas en 1917 y se convirtió en el faro del vecindario. Alrededor de ella nacieron familias, comercios y tradiciones. Hoy, más de un siglo después, las misas se celebran en inglés, español e italiano. Es la prueba de la continuidad: las generaciones cambian, pero el centro permanece. Anthony nos contó que muchas personas vuelven desde otras ciudades para casarse allí o celebrar festividades.
Lo que a mí me tocó más profundamente fue el fresco de la cúpula. Aparte de la Virgen con el Niño Jesús, los ángeles y los diferentes santos, a su lado aparecen también los albañiles que construyeron la iglesia, representados con su ropa de trabajo. Me encantó ese gesto hacia los obreros. Sentí que allí no hay mejores ni peores. Lo repito: es una comunidad. La iglesia demuestra algo esencial para comprender Little Italy: primero fue comunidad, luego economía.

A pocos metros, en Joe's Italian Deli, aprendimos todo sobre la mozzarella. El lugar parece un poco tienda y un poco taller. Kurt, el quesero, convirtió la preparación del queso en un espectáculo pedagógico. El proceso de hacer mozzarella es bastante rápido pero requiere precisión. Como nos explicó Kurt:
"La mozzarella no es leche cortada por estar mala, sino cuajada por el vinagre. Usamos agua caliente para quitarle el frío y le damos sal. La magia ocurre cuando añado agua hirviendo para darle elasticidad y luego la paso a agua con hielo para que mantenga su forma y no se aplaste."
Anthony añadió que en muchos sitios supuestamente italianos de Manhattan preparan la mozzarella dos veces por semana y luego la refrigeran, pero en Joe's Italian Deli se fabrica tres o cuatro veces al día: "la mozzarella fresca no espera, se hace, se vende y se vuelve a hacer." Para mí lo más bonito es que aquí el comercio no sustituye la relación, la provoca. Los vecinos conversan mientras compran, preguntan por la familia, comparten sus recuerdos. Es un lugar vivo.




Borgatti's Ravioli - Fotos: Christian Rojo
La siguiente parada, Borgatti's Ravioli, está situada solo unos metros más adelante, pero el olor cambia: ahora entramos en el mundo de la harina, el huevo y la madera. Christopher Borgatti nos recibe entre máquinas antiguas y fotografías familiares y nos cuenta su historia:
"La tienda abrió el 28 de noviembre de 1935. Mis abuelos, Lindo y Maria, vinieron de Emilia-Romaña. Mi padre, Mario, tenía 18 años cuando abrieron y trabajó aquí hasta los 96."
Me sentí como en un museo interactivo. En la tienda hay una máquina que llegó de Italia en 1950 y sigue funcionando. Aquí nada se tira: se reemplazan las piezas rotas y ya está. Cuando preguntamos a Christopher por sus clientes, él nos habló de familias que vienen a por raviolis para preparar las celebraciones más importantes de sus seres queridos.
Arthur Avenue: donde la tradición se convierte en patrimonio compartido




Little Italy - Fotos: Christian Rojo
Mientras caminamos, el barrio va cambiando, pero la identidad continúa. Recorriendo Arthur Avenue observamos la realidad actual, compuesta de negocios albaneses, restaurantes mexicanos y otros comercios nuevos. Anthony lo explica sin dramatismo:
"La inmigración siempre ha funcionado así. Un grupo llega, crea una comunidad, luego otros continúan la vida del barrio manteniendo sus tradiciones. Lo importante no es quién posee el local, sino qué cultura conserva."
El resultado es peculiar: restaurantes italianos atendidos por cocineros internacionales que siguen recetas históricas. La tradición se convierte en patrimonio compartido.
Eso es exactamente lo que hemos experimentado en Madonia Bakery, que lleva abierta más de un siglo, desde 1918. Comenzaron con pan siciliano, pero hoy elaboran también pan de jalapeño y pan de muerto para sus vecinos mexicanos. El dueño nos explicó que es su forma de respetar y servir a los nuevos vecinos: "Hemos adaptado nuestros productos." Ese es el verdadero Bronx: con sabor italiano y los toques de los países que lo rodean. El pan se ha vuelto un lenguaje común.
La siguiente parada es Calabria Pork Store, donde el tiempo se percibe literalmente en el aire. Lo más impresionante es el techo: tienen alrededor de doce mil piezas de salami colgando para curarse. Ese método ya no está permitido en la mayoría de los lugares, pero el negocio conserva derechos históricos por llevar décadas practicándolo. El olor a cerdo curado y vinagre es intenso y característico, y nos acompañó un buen rato después de salir.
El mercado de LaGuardia y el sándwich que lo resume todo


Arthur Avenue Retail Market - Fotos: Christian Rojo
El recorrido termina en el Arthur Avenue Retail Market, creado por el alcalde Fiorello LaGuardia para reunir a los vendedores ambulantes bajo techo y sacarlos de las calles. Aquí, en un edificio de 85 años de historia, Anthony y Paul abrieron en 2013 el Bronx Beer Hall. En este lugar todo tiene su sentido y su propósito. La madera de la barra proviene de una granja que perteneció a la familia de Jonas Bronck, quien dio nombre al Bronx. El logo es una deconstrucción de la bandera del distrito, con sus colores naranja, blanco y azul. Y la cerveza, elaborada por los propios hermanos, se llama Bronx Little Italy Italian Pilsner.
Y aquí es donde cobra todo su sentido la excursión. La experiencia final es otra: un sándwich que representa al barrio. Reunimos los productos comprados durante el paseo: pan de Madonia, carne y pimientos de Calabria, queso de Joe's Deli, y los chicos nos prepararon un sándwich comunitario. Una idea que fue una sorpresa tremenda para mí, algo de lo que me enamoré por completo.
Cualquiera puede pasar por estas calles, entrar en estas tiendas, coger algunos ingredientes, traerlos al Bronx Beer Hall, armar su sándwich y acompañarlo con una cerveza local. ¿En qué bar os dejan traer y comer comida de fuera? Aquí. Para mí fue una gran lección sobre una vida más plena, más cercana a lo que tenemos alrededor, más consciente y respetuosa de lo que estoy acostumbrada.

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