Al inicio del invierno en el norte de Noruega la noche lo cubre todo y solamente la Luna o las auroras boreales iluminan el firmamento. Todo lo demás es totalmente blanco por la nieve que cae intermitentemente y se acumula y se acumula… Nada es de otro color, todo alrededor, blanco infinito.

Luz del sol

Aurora Boreal - Foto: David Rocaberti

El solsticio de invierno en el hemisferio norte llega en diciembre, esto implica que no haya luz solar directa por encima del Círculo Polar Ártico. El sol se mantiene por debajo del horizonte varios días o varios meses, dependiendo de la latitud, con una penumbra más o menos oscura, mientras que las únicas luces visibles en el cielo serán las coloridas auroras.

Siempre que las nubes lo permitan, encenderán el firmamento viéndose verdes, rojos o azules serpenteantes que cubren el cielo cayendo como lluvia. Y según pasen los días y empiece el nuevo año los rayos del sol llegarán a latitudes más nórdicas dando luz a la zona polar e iluminando el oscurecido mar de Barents, en el océano Ártico. En estas aguas habita el bacalao cuyo nombre, skrei, significa nómada en noruego antiguo.

Con el aumento de las horas del día la tenue luz alcanzará los bancos de skrei sumidos en la noche ártica y les indicará que ha llegado el momento. Entonces se lanzarán hacia el sur con la intención de reproducirse en torno a las islas Lofoten, al norte de Noruega. Hasta allí habrán recorrido unos 1.000 km por gélidas aguas marinas que afortunadamente se encuentran con el final de la Corriente del Golfo que, aunque en esas latitudes carece ya de su calidez original, atenúa la frialdad polar.

El Pez del Amor

Foto: David Rocaberti

En la costa norte noruega se distribuyen algunos pequeños puertos pesqueros que en las primeras semanas del año se disponen a buscar al llamado Pez del Amor, ya que suele empezar su pesca en torno al día de san Valentín. Dependiendo siempre del tiempo los barcos, que suelen oscilar entre los 20 y los 30 metros de eslora, zarpan entre las 2 y las 4 de la madrugada para situarse, unas tres horas después, encima de la zona por la que transitan los bancos de bacalao.

Las inclemencias del tiempo a veces no permiten zarpar a los pescadores pero incluso en días calmados, en esas fechas y latitudes, suelen soplar fuertes vientos acompañados de grandes olas y suele nevar intensamente a temperaturas bajo cero. Condiciones que asustarían a cualquiera.

En fin, cada día de pesca del skrei se trata de una aventura en el mar de Noruega más allá del Círculo Polar Ártico que los experimentados marineros resuelven con maestría.

Esta relación de los noruegos con el mar es muy intensa y antigua pues su país es el país no insular que más kilómetros de costa posee en relación con su superficie. Y en números absolutos figura en la séptima posición en el mundo. Eso marca. Y hace que sus habitantes históricamente hayan tenido vínculos muy potentes con el mar.

Todos juntos en Bygdøy

Algunos barcos pesqueros en Noruega siguen construyéndose de manera similar a las naves vikingas que hace más de un milenio surcaban estos mares. Los vikingos, que bregaban constantemente contra estos vientos, mareas, aguas y corrientes, fueron conocidos por su habilidad para recorrer mares y ríos y, sobre todo, por su capacidad para llegar donde no había llegado nadie antes navegando.

Costeando llegaron a Groenlandia, cuyo nombre procede de Greenland, la “tierra verde”, que ellos vieron al llegar porque el clima terrestre entonces era más suave. Incluso alcanzaron las costas nórdicas de lo que sería 500 años después América del Norte. Ellos se adentraban en mares desconocidos con su medio de transporte, el famoso drakar que, gracias a su diseño y a su escaso calado, tenía facilidad para transitar tanto en las bravas aguas del mar como remontando ríos de poca profundidad. Usaban la vela o remaban, pero nada les hacía retroceder e, incluso, transportaban por tierra la embarcación para cambiarse de río y continuar sus incursiones.

Los drakar mejor conservados del mundo se pueden disfrutar en el museo de Barcos Vikingos de Oslo en la península de Bygdøy. Dos de ellos son del siglo IX y se mantienen casi en perfecto estado, esto ha servido para conocer exactamente cómo eran diseñados y fabricados por los vikingos. Un diseño perfecto con unas líneas de insuperable elegancia y con una magnífica flotabilidad y manejabilidad.

Y junto a este museo se encuentra el de otro coloso de los mares, el museo del Fram, el barco que realizó periplos por ambos polos y que transportó a la expedición que lideró Roald Amundsen para pisar por primera vez el Polo Sur geográfico en 1911, en aquella especie de carrera antártica con el inglés Robert Scott. A este barco se puede acceder y visitar su interior porque se conserva completo y en perfecto estado.

En estas tierras nórdicas han nacido grandes hombres de la mar en todas las épocas. Ese mismo espíritu explorador vikingo lo han mantenido a lo largo de la historia otros marinos posteriores. Fridtjof Nansen, experto en la navegación polar que diseñó el Fram, el rompehielos que también fue utilizado por Otto Sverdrup, otro insigne explorador marino noruego, para descubrir territorios más al norte de Canadá y dar su nombre a un archipiélago.

Un barco con el que navegaron a la zona más septentrional y meridional del globo terrestre. Nansen era algo más que un gran navegante, era un genio conocedor de los misterios polares y un armador sobresaliente que construyó el primer rompehielos de madera con refuerzo metálico en la proa.

En la península de Bygdøy también está el museo Marítimo Noruego que explica la relación que han tenido siempre con el mar y, muy cerca, el museo Kon-Tiki. Thor Heyerdahl es otro de los grandes aventureros que surcó aguas templadas en su compromiso de tratar de demostrar la primitiva conexión entre Sudamérica y la Polinesia navegando en la balsa de juncos Kon-Tiki, en 1947, que él mismo había armado.

De esta aventura se hizo una película que llevaba el título del nombre de la balsa. Y aunque después unos análisis genéticos demostrasen que la población polinesia no procedía del continente americano, la hazaña de Thor quedará siempre entre las mayores empresas marítimas de la historia.

Kon-Tiki, el viaje del noruego loco que retó a la historia
El 28 de abril de 1947, seis tripulantes montaron a bordo de la balsa Kon-Tiki en una de las aventuras más increíbles del siglo XX.

Muy septentrional

Foto: David Rocaberti

Rozando los 70º de latitud norte y en la orilla del mar se encuentra la capital de la región de Noruega del Norte, Tromsø, con 72.000 habitantes. Es una de las mayores ciudades al norte del Círculo Polar Ártico. Cosmopolita, comercial y repleta de eventos culturales, está considerada también la capital de las auroras boreales y posee la catedral cristiana más al norte del mundo.

Sin embargo, sus inicios fueron muy diferentes, en 1794, cuando contaba solamente con 80 habitantes el rey danés Christian VII la proclamó ciudad y entonces no era más que un pequeño grupo de tradicionales casitas de madera del que nadie sospechaba su peculiar y prometedor futuro. Desde entonces no ha parado de aumentar su población y de ampliar su importancia cultural gracias a sus museos, incluso su invierno es muy atractivo a nivel internacional.

Por su relación con las expediciones polares se decidió que era el destino ideal para situar el museo Polar, en 1978, a los cincuenta años de la muerte de Roald Amundsen. También se pensó que era el mejor lugar para ubicar su efigie, ya que desapareció en el mar de Barents en 1928 tratando de rescatar a Umberto Nobile, un explorador italiano.

Y, por supuesto, en Tromsø siempre hay que mantener la atención en el firmamento: en busca de las luces del norte que colorean los cielos del invierno y en verano también porque el sol de medianoche gira alrededor del horizonte sin ocultarse durante varios días.