Hay fotógrafos que persiguen el acontecimiento. Otros se detienen en lo cotidiano para transformarlo en imágenes misteriosas que son auténticos enigmas visuales. Helen Levitt (1913-2009) pertenece a esta casta. La gran retrospectiva que le dedica la Fundación Mapfre (la primera construida a partir de la totalidad de su obra y de archivos recientemente accesibles) no solo restituye el alcance de su trayectoria y de su figura, sino que invita a mirar de nuevo aquello que creemos conocer: la calle, la infancia, el gesto fugaz. 

Comisariada por Joshua Chuang, Helen Levitt reúne cerca de 200 fotografías desplegadas como un mapa extraordinario de más de medio siglo de trabajo. Levitt (Nueva York, 1913-2009) fue de las primeras mujeres en abrirse camino en la llamada street photography. También hizo incursiones en el mundo del cine. Aun así, los críticos la señalaron como “fotógrafa de niños” tras su primera exposición en el MoMA (1943) titulada Helen Levitt: Photographs of Children, una simplificación absoluta de su obra que la exposición de la Fundación Mapfre desmonta.

Sí, es cierto que los niños ocupan un lugar central en su imaginario, pero en sus imágenes late algo mucho más profundo: “Los placeres, los terrores y la complejidad de la existencia en todas las edades. Rasgos que a menudo pasamos por alto cuando estamos inmersos en la realidad del paisaje urbano”. 

Cartier-Bresson y Walker Evans, sus dos grandes mentores

Nueva York, 1975 © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne

Nacida en Bensonhurst, Brooklyn, en el seno de una familia de origen ruso-judío, Levitt abandonó el instituto antes de graduarse y se formó como aprendiz en un estudio del Bronx. En 1934 compró su primera cámara y poco después se unió a la New York Film and Photo League, colectivo comprometido con el cambio social a través de la imagen.

Fue allí donde conoció a Henri Cartier-Bresson, un encuentro decisivo. De él aprendió a confiar en la intuición y en la potencia del instante. Pocos años después, Walker Evans la animó a perseverar en su trabajo y la introdujo en un círculo donde la fotografía era, ante todo, una forma de pensar el mundo. 

Los barrios de Nueva York como escenarios

Nueva York, c 194 © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne

Entre 1938 y 1942, Levitt recorrió el Spanish Harlem, el Lower East Side o Brooklyn con su Leica, siempre atenta a los umbrales, a las aceras, las escaleras de incendios. En 1943, el Museum of Modern Art le dedicó su primera exposición individual, titulada Helen Levitt: Photographs of Children. Aquella temprana consagración no disipó, sin embargo, el carácter enigmático de su obra. Levitt rehuía las explicaciones; prefería que las imágenes hablaran —o callaran— por sí mismas. Ese silencio es parte de su fuerza. 

Una de las secciones más reveladoras de la exposición de Madrid es la dedicada a los dibujos a tiza que los niños trazaban en las calles del East Harlem. Desde 1937, cuando fue contratada como profesora de arte en una escuela del barrio, Levitt comenzó a documentar esos graffitis infantiles efímeros.

En sus fotografías, los pequeños artistas aparecen junto a sus creaciones, ampliando el espacio urbano con imaginación y juego. No hay condescendencia ni moralina: hay una mirada que reconoce en esos trazos una forma de resistencia poética. 

La experiencia mexicana

Ciudad de México, 1941 © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne

El viaje a Ciudad de México en 1941 marcó un punto de inflexión. Durante cinco meses, Levitt fotografió la capital mexicana con una crudeza desconocida en su trabajo neoyorquino. Si en Nueva York predominaba cierto lirismo —niños corriendo bajo el chorro de una boca de incendios, adultos conversando en la puerta de casa—, en México la cámara registra la indigencia y la dureza social sin el colchón poético. La ambigüedad persiste, pero el tono se vuelve más áspero, más frontal. 

En paralelo, Levitt exploró el cine. Tras trabajar en el montaje del documental Tierra española (1937), supervisado por Luis Buñuel, dirigió junto a su amiga la poeta Janice Loeb y James Agee el cortometraje 104th Street: Notes for a Documentary, una extensión en movimiento de su universo fotográfico. Estrenada en 1949 y posteriormente sonorizada, la película confirma que su interés no era tanto narrar como observar: dejar que la vida se despliegue ante la cámara con su ritmo propio. 

El crítico y escritor James Agee defendió en su ensayo A Way of Seeing que Levitt no se limitaba a capturar escenas infantiles sino que abordaba temas, como la melancolía o la alienación urbana, cercanos a la sensibilidad de Edward Hopper. Aunque el libro tardó décadas en publicarse, su lectura ayuda a entender la profundidad de unas imágenes donde los cuerpos, a veces aislados, parecen suspendidos en un instante de introspección. 

La vida a todo color

Nueva York, 1976 © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne

La exposición también subraya su temprana apuesta por el color. En 1959 obtuvo una beca Guggenheim para experimentar con nuevas técnicas cromáticas, en un momento en que el color aún era mirado con recelo por la fotografía artística y su procesamiento bastante costoso. Levitt trabajó con diapositivas y, en 1963, el MoMA proyectó una selección de su trabajo, junto al de otros dos artistas, en un pase titulado Three Photographers in Color.

Lejos de buscar el dramatismo, sus escenas en color muestran a vecinos sentados en los escalones, conversaciones al atardecer, niños jugando en barrios como el Bronx. Como señaló Joel Sternfeld, “los personajes de Levitt poseen inteligencia, dignidad y una humanidad sencilla que es, en el mejor sentido de la palabra, hermosa”. 

Un episodio trágico —el robo en 1970 de una sombrerera que contenía gran parte de su trabajo en color— no la apartó definitivamente de la fotografía. Retomó la cámara y continuó trabajando de forma intermitente hasta los años noventa, alternando el blanco y negro con incursiones en el metro y en escenarios rurales del noreste estadounidense. La edad y un enfisema fueron limitando su actividad, pero no la coherencia de una mirada que nunca buscó el espectáculo ni un reconocimiento que le llegó tarde. 

En tiempos saturados de imágenes, la obra de Helen Levitt nos recuerda que mirar es un acto ético antes que estético. Sus fotografías no gritan, susurran. No imponen una historia, más bien sugieren múltiples. Frente a la tentación de clasificar y explicar, la retrospectiva de la Fundación Mapfre propone algo más exigente: detenernos sin prisas ante las escenas reveladas. Quizá ahí, en esos instantes íntimos de reflexión, descifremos el auténtico misterio de su obra.