Menorca es una isla barrida por la tramontana, un viento al que hay que habituarse cuanto antes para saber hacia qué lado moverse. Si sopla norte hay que ir a las playas del sur, si soplan rachas sureñas debemos ir a las del norte. Otros conceptos ventosos como llevant, migjorn o mistral son nomenclaturas ya para especialistas, porque como nosotros hemos venido a las fiestas de los caballos de San Joan… hacia donde sople el viento no es motivo relevante para tener en cuenta, porque los aires que imperan durante las Fiestas de San Joan de Ciudadela son los vientos del desenfreno. Tal cual.

Ciudadela, la otra capital menorquina, es una ciudad portuaria situada al oeste de la isla, con calles empedradas y aceras porticadas, y con muchas casonas señoriales que muestran sus escudos de armas en las fachadas, dando testimonio embalsamado de la nobleza patriarcal de otrora y que revive cuando se celebran sus fiestas tradicionales.

Ciudadela

El origen de la singular celebración de los caballos de Sant Joan dormita ‘en la noche de los tiempos’ debido a la destrucción de los archivos de la ciudad durante la invasión turca de 1558. Pero hoy en día ya nadie se pregunta dónde y cómo surgió, porque de lo que no cabe duda es de que se han transformado en un jaleo que merece la pena vivir ¡por lo menos una vez en la vida!… y tratar de salir indemne para contarlo.

Para los que quieran investigar más, la opinión más extendida es que su origen hay que buscarlo en los Caballeros de San Juan de Malta, venidos a Menorca con Alfonso III de Aragón (allá por el s. XIII), y que construyeron la iglesia de San Juan. Uno de sus miembros pasaría a formar parte de la nobleza, y sería quien presidiera los festejos y la cabalgata, portando la bandera con la Cruz de la Orden de Malta, un emblema que puede verse hoy en día en las camisetas de lugareños y forasteros.

Carácter medieval

Cavalls i Cavallers

Las Fiestas de Sant Joan de Ciutadella se celebrarán en 2026 durante los días centrales del 23 y 24 de junio, aunque los actos tradicionales arrancan ya el domingo anterior con el popular Diumenge des Be. Como cada año, la víspera del día 24 concentra buena parte de las celebraciones más emblemáticas y multitudinarias de estas fiestas menorquinas.

El protocolo de la celebración sigue un ritual vigente desde siglos, y aunque hoy día resulta anacrónico continúa provocando una inusitada expectación. Cabe decir que la verdad es que de representación popular -es decir: en la que el pueblo participa- tiene más bien poco, ya que los nobles antiguos siguen siendo los nobles actuales (o sus herederos), el vasallaje continua. Por no hablar de la participación de las mujeres, que siguen estando relegadas al papel de la invisibilidad. En el 2021, las palabras de un prócer político local provocaron fuego en las redes: “La mujer no tiene ningún papel destacado en las fiestas. Los caixers son los jinetes que representan los estamentos sociales: nobleza, clero, artesanos y payeses. En Ciutadella todos son, por norma, varones”. Pero bueno, eso es otro tema. A ver qué pasa este año.

Los distintos estamentos históricos de la sociedad menorquina siguen representados simbólicamente en la colcada de las fiestas a través de diferentes figuras tradicionales. Al frente se sitúa el caixer senyor, representante de la antigua nobleza local y una de las máximas autoridades ceremoniales de la celebración. Junto a él participa el caixer capellà, representante del clero, además de los caixers pagesos, vinculados tradicionalmente al mundo rural y agrícola del municipio, y el caixer casat, asociado históricamente a los oficios artesanos y menestrales.

Hoy, hombres y mujeres participan en distintos cargos y puestos de la colcada, manteniendo una tradición que conserva buena parte de su estructura ceremonial histórica. Vestidos de negro y montando caballos de raza menorquina, los jinetes recorren las calles del casco histórico de Ciutadella, cubiertas de arena para facilitar el paso de las caballerías durante las celebraciones.

Éxtasis colectivo

Cavalls i Cavallers

El empiece no puede ser más explosivo: Los caballos están formados en la calle. En el portón del palacio del caixer senyor, el fabioler (flautista con flauta de caña y tambor) pide permiso para empezar la fiesta. Suena la flauta. El cura (caixer capellá) espolea su caballo y entra a galope en la plaza del Born (plaza principal). Su irrupción en el mar de gente es interrumpida bruscamente por jóvenes (y no tan jóvenes) que ponen a prueba la pericia del jinete-cura provocando al caballo para que se encabrite y levante sus cuartos delanteros, lo que produce momentos de verdadero pánico por lo peligroso del jaleo que sumerge a los participantes en avalanchas de éxtasis colectivo.

Sobre una alta tarima la banda municipal toca y toca ¡sin cesar!…

Cavalls i Cavallers

Se ven escenas sorprendentes, imprudencias temerarias y locuras. Dicen que la tramontana levanta pasiones y provoca conductas extrañas, como la de una joven madre, con su pequeño en brazos, que azuza enérgicamente a un ya bastante excitado corcel, grande y hermoso (que salpica espuma por su boca), para que levante las manos por encima de su cabeza… o como la de un convulso animador que se quita la camiseta y provoca que una exultante animadora también se la quite… o que un grupo de chicos y chicas en plena tarea de levantar un castillo humano, sean embestidos por un impetuoso y nervioso caballo que arremete contra la incipiente torre pisoteando a sus integrantes desparramándolos por el suelo.

Cavalls i cavallers se mueven entre el hervidero de gente. El escenario es confuso. Caballos que resbalan y algún jinete que da con sus huesos en el suelo. El ambiente se impregna de una rara emoción contagiosa, con mucha descarga de adrenalina, mucho calor y mucha ‘pomada’ (mezcla alcohólica local consistente en ginebra con limonada).

Después, cuando el clímax se atempera, los jinetes, en alegres pasacalles, realizan diversos juegos ecuestres, como els caragols (las vueltas), o los ‘Jocs des Pla’ (juegos) en la explanada adyacente al puerto.

La calma definitiva vendrá cuando el último día de fiesta, el Caixer Senyor, micrófono en mano, pronuncie las secas y lacónicas palabras de despedida: “Hasta el año que viene, si Dios quiere”.

La tramontana seguirá alterando las conductas humanas… ¡el año que viene!