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La furgoneta avanza lentamente —los infinitos baches no permiten otra cosa — por la carretera nacional que atraviesa el Parque Nacional de Niokolo-Koba, en el corazón de Senegal. Se trata de la gran reserva de fauna del país: en sus 900 mil hectáreas conviven algunas de las especies más representativas de África, desde leones a elefantes, pasando por cocodrilos o hipopótamos. Aunque nosotros, de momento, no hayamos visto ninguno.

El polvo del camino se cuela por las ventanillas tras las que se contempla el paisaje que nos flanquea. Densa vegetación que nos sugiere que, tras la maleza, la vida salvaje transcurre sin que nos percatemos. La radio ameniza el eterno trayecto con grandes hits nacionales mientras que, por delante, espera aún la mitad del camino de los 700 kilómetros que distan desde Dakar, capital de Senegal, hasta País Bassari, nuestro destino. Una remota región situada al sureste del país que aguarda para deslumbrarnos con su naturaleza y tradiciones.

Y es que, en plena frontera con Guinea, vamos en busca de esa África que todos imaginamos. Una tierra de comunidades tribales y de naturaleza abrumadora. De cascadas que envuelven y aldeas que atrapan. De animadas conversaciones para las que no hace falta hablar el mismo idioma, de bailes y tradiciones arraigadas. En el país de la “teranga” por excelencia —es decir, de la hospitalidad—, aguardan infinitas sorpresas que nos van a conquistar.

Kedougou, puerta de entrada

Kedougou – Foto: Cristina Fernández

Superado el periplo viajero, alcanzamos Kedougou, primera parada en nuestra incursión al sur. Aunque aún no forma parte de la región en sí misma, la ciudad sí que funciona a modo de campo base para todos aquellos que se animan a viajar hasta la zona. Caótica y polvorienta, lo que más seduce de ella es su mercado, donde los puestos se suceden a cada paso y el ambiente resulta de lo más genuino.

Entre telas y ropajes de vivos colores se alternan rudimentarios mostradores repletos del género más variopinto: las exóticas frutas y verduras se exponen junto a grandes piezas de carne colgadas de ganchos a la intemperie o, incluso, de carcasas de móviles. Entre unos y otros, la algarabía propia de las decenas de personas que deambulan por él haciendo la compra del día. También niños que, sentados en bancos entre el gentío, se dedican a leer en alto pasajes del Corán: aunque en esta zona de Senegal el animismo está muy presente, el islam sigue siendo la religión predominante, al igual que en el resto del país.

Aprovechamos las circunstancias para hacer acopio de nueces de cola y legumbres con las que agasajar a nuestros próximos anfitriones: País Bassari es también tierra de aldeas tribales a las que no podemos ir de brazos vacíos. Un alijo de alimentos que les sirvan para repartir entre sus comunidad hará que seamos bienvenidos por los jefes de cada una de ellas, entre las que destacan poblados como Bandadassi, Salémata o el que escogemos nosotros: Iwol. La aventura no ha hecho más que comenzar.

La vida en la montaña

Aldea de Iwol – Foto: Cristina Fernández

Subir hasta Iwol no es del todo sencillo: hará falta madrugar para iniciar la caminata de dos horas que nos lleve, ladera arriba, hasta la pequeña aldea, esquivando así las horas de más calor. Un camino que se desarrolla a cielo abierto, mientras que a ambos lados los campos de cultivo ponen a prueba, por el terreno empinado, a los agricultores que los trabajan.

No tardan en sumarse a la excursión un buen puñado de niños locales ansiosos por ejercer de guías y ganarse unas monedas. Independientemente de que la subida resulte más amena con ellos, es importante saber que la visita siempre ha de realizarse de la mano de un guía oficial de la zona que nos haga de cicerone y nos introduzca en la comunidad. A medio camino, la sombra de un inmenso árbol nos sirve para descansar unos minutos antes de continuar hasta el destino.

Aldea de Iwol – Foto: Cristina Fernández
Aldea de Iwol – Foto: Cristina Fernández

Una vez arriba, la sorpresa es mayúscula: la aldea de Iwol está habitada por aproximadamente 500 personas de cuatro familias distintas que viven en pequeños núcleos de chozas circulares levantadas en adobe y tejados de paja. Aquí el agua corriente y la luz eléctrica brillan por su ausencia. Pertenecientes a la etnia bedik, originaria de Malí, no es difícil encontrarse con mujeres que, ataviadas con coloridos collares y pendientes de cerámica realizados por ellas mismas, se ocupan de trabajos cotidianos mientras los más pequeños deambulan a su alrededor.

Las estampas se suceden constantemente se mire a donde se mire: es la vida más sencilla la que capta nuestra atención. El niño que, cargando a cuestas a su hermano bebé, ayuda a extender el grano sobre el suelo para que el sol lo seque. La anciana que se nos acerca para intentar ofrecernos jabón artesanal. El grupo de mujeres que con grandes recipientes en la cabeza se dirigen al río a lavar la ropa. Organizados en torno a una inmensa ceiba —también rinden culto a un cercano baobab—, el jefe de la tribu nos recibe y habla de las leyendas que tienen que ver con el lugar. Antes de regresar, una última parada nos deja con el mejor recuerdo: las vistas del valle y de las montañas de las montañas de Fouta Djalon resultan espectaculares.

Ruta pasada por agua

Dindefelo – Foto: Cristina Fernández

Uno de los destinos más populares y, por ende, imperdibles en la zona, es Dindefelo, otra de esas pequeñas aldeas repartidas por País Bassari. En este caso, es popular debido a que de él parte una de las excursiones más famosas del lugar. Llegar hasta allí vuelve a convertirse en una aventura en sí misma: solo accesible en 4×4, la ruta nos lleva a cruzar ríos, atravesar diminutos poblados y sortear ganado sin cesar.

Una vez en Dindefelo nos encontramos con varios puestos callejeros de comida y frutas a modo de bienvenida. También con un grupo de niños que ríe sin cesar en torno a un viejo futbolín. Todo transcurre con absoluta tranquilidad en este pequeño rincón situado a muy poca distancia de la frontera con Guinea-Conatry donde el día a día sucede sin sobresaltos.

Con las botas bien amarradas, comenzamos a caminar en busca de muestro principal objetivo: antes de alcanzar la cascada de Dindefelo, que encontramos tras solo 30 minutos por un denso bosque, sorteamos riachuelos y nos adentramos en la más exuberante vegetación. De repente, nos topamos con su salto de agua de 115 metros: estamos ante la cascada más alta de Senegal. La humedad que ha acompañado durante todo el camino invita a que nos tiremos de cabeza a la profunda poza de aguas turquesas que se encuentra bajo ella. Al alzar la mirada, imponen las altas y escarpadas paredes rojizas que se alzan hacia el infinito.

Alojarse en País Bassari

Al igual que ocurre en gran parte de Senegal —sobre todo una vez se sale de las ciudades más importantes del país— los hoteles pasan a ser sustituidos por los populares campamentos solidarios, normalmente establecidos en pequeñas comunidades y gestionados por miembros de las mismas, lo que ayuda a dar trabajo y mejorar la economía de la zona. Este tipo de alojamiento suele contar con lo básico en cuanto a servicios, y en ocasiones no disponen de luz. Sí ofrecen cena y desayuno a sus huéspedes, que se realiza normalmente bajo una choza abierta y común. Cercanos a Dindefelo hay varias opciones como el Campament Bantamba, Chez Diao o Chez Léontine.

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