En 1926 se inauguró, justo en la esquina donde confluyen la calle Alcalá con la bulliciosa Gran Vía madrileña, uno de sus edificios más emblemáticos y reconocibles. Obra del arquitecto Antonio Palacios, figura fundamental en la configuración del Madrid moderno, el Círculo de Bellas Artes ha sido desde su fundación mucho más que un punto de referencia de la vida cultural de la capital: ha sido testigo directo de su transformación urbanística, artística y social.

En su centenario, la institución no se limita a mirar atrás con nostalgia, sino que ensaya, más bien, una revisión incómoda de su historia y de lo que significa hoy ser un espacio cultural.

Un espacio para las artes

El Sueño Imperativo de Nancy Spero, 1991/Archivo Círculo de Bellas Artes

Fundado en 1880 como iniciativa de artistas y creadores que buscaban un lugar de encuentro y experimentación, la actual sede se pensó desde su origen como un edificio ambicioso, monumental y cosmopolita. En las bases del concurso se reflejaba claramente su propósito:

“Los concursantes tendrán en cuenta, en la disposición general del inmueble, el carácter eminentemente artístico y moderno que ha de ostentar el edificio que se destina a casa social del Círculo de Bellas Artes”.

Se presentaron un total de quince propuestas, algunas de ellas firmadas por célebres arquitectos de la época como Hernández Briz y Saíz Martínez, Zuazo y Quintanilla y los Fernández Balbuena. El proyecto de Antonio Palacios fue en principio descalificado por sobrepasar la altura máxima indicada en las bases de la convocatoria.

La invalidación causó malestar en algunos sectores, ya que su diseño no fue el único que incumplió el requisito. La polémica afectó a la elección final y el concurso quedó desierto. Fueron los socios quienes finalmente dictaron un veredicto no exento de controversia: Antonio Palacios se haría cargo del proyecto.

La Casa de las Artes. Abierta desde 1926 es una de las tres exposiciones programadas para celebrar el centenario y que permanecerán abiertas hasta el próximo 10 de mayo. Esta primera es una pequeña joya con material excepcional que acerca al visitante al proceso de construcción de una de las arquitecturas más emblemáticas y queridas de la Gran Vía.

Un edificio de apariencia y estructura sólidas que, sin embargo, ha convivido siempre con una pulsión más inestable: la de ser un laboratorio creativo y un foro donde debatir ideas y propuestas desde la más absoluta libertad.

La década prodigiosa

Antonio Saura rodeado de los alumnos de los Talleres de Arte Actual, 1985/Cortesía Círculo de Bellas Artes

Esa tensión entre estructura y cambio se ha hecho especialmente visible en algunos momentos clave de su historia. Uno de ellos fue la década de los ochenta, cuando, en paralelo al ambiente eufórico y entusiasta que se vivía en todo el país con la llegada de la democracia, la institución experimentó una transformación radical. La exposición Eclosión. El Círculo de Bellas Artes en los 80 y 90 recupera ese periodo de explosión artística y experimental.

Esta metamorfosis ocurrió a partir de 1983, bajo la presidencia del escultor Martín Chirino. Entonces, el Círculo se convirtió en un hervidero de actividades en el que cabían y se daban cita todas las disciplinas. Además de exposiciones, se organizaron talleres, festivales, seminarios, debates o encuentros interdisciplinarios.

El edificio dejó de ser un contenedor para convertirse en un organismo vivo en plena mutación. Por sus salas pasaron figuras como Antonio Saura, Eduardo Arroyo, Luis Gordillo, Julian Schnabel, Nancy Spero, Antonio López, Chema Conesa, Sáenz de Oiza o Lucien Clergue. También pensadores y escritores tan relevantes como Susan Sontag, Pedro Laín Entralgo, Julian Barnes o Guillermo Cabrera Infante ampliaron el campo del arte hacia lo social y lo político.

El proyecto de Antonio Palcios fue en un principio descartado por superar la altura requerida © Yolanda Cardo

No era solo una acumulación de nombres ilustres. Lo que Eclosión subraya es una atmósfera: la sensación de que todo estaba por hacerse y de que el arte podía ser una herramienta para pensar un país que acababa de salir de décadas de dictadura. La llamada “Fiesta del Resurgimiento” sintetizó esa necesidad colectiva de espacio común. El Círculo funcionó entonces como un extraordinario foro donde disciplinas y generaciones se mezclaban sin jerarquías.

Comisariada por Oliva María Rubio, esta muestra no se limita a documentar ese periodo concreto. A través de materiales de archivo, obras y registros audiovisuales, propone entender cómo esa etapa configuró la identidad contemporánea de la institución.

Más que una edad dorada, aparece como un punto de inflexión: el momento en que el Círculo decidió que su papel no era solo exhibir, sino generar debates, explorar límites e incomodar.

La “incomodidad” en el ADN

Instalación de Los Carpinteros © Miguel Balbuena 84

Ese impulso experimental encuentra un eco directo en la propuesta central del centenario: La lechuza de Minerva. Si Eclosión mira hacia el pasado para reconstruir su genealogía, esta segunda muestra, comisariada por Isabella Lenzi, se instala de lleno en el presente con la voluntad de incomodar, “provocando una reflexión crítica sobre el arte desde un territorio fronterizo entre cuerpo y arquitectura, escritura y espacio, materia y memoria”.

Más de una decena de artistas nacionales e internacionales intervienen el edificio con propuestas que alteran su funcionamiento habitual, activando espacios poco visibles e inesperados, generando “pequeñas grietas que abren nuevas formas de escucha y presencia”.

La referencia explícita es El sueño imperativo, una exposición que en 1991 convirtió el Círculo en un campo de fricción política y poética en plena Guerra del Golfo. Aquella muestra cuestionó las lógicas expositivas tradicionales y utilizó la institución como un espacio de resistencia frente a los discursos dominantes. La lechuza de Minerva retoma ese espíritu insumiso, pero lo traslada a un contexto distinto: el de una ciudad y un sistema cultural profundamente transformados.

Las intervenciones actuales no se concentran en salas delimitadas. Se dispersan por escaleras, vestíbulos, fachadas o zonas de tránsito, obligando al visitante a cambiar su forma de moverse y de mirar. La arquitectura deja de ser un fondo neutral para convertirse en materia activa.

Algunas obras operan desde lo imperceptible. Los irrintzis (gritos agudos y sostenidos) de Itziar Okariz se activan a intervalos irregulares, como campanadas, introduciendo una dimensión sonora que descoloca la experiencia habitual. Los Clavos torcidos sobredimensionados y curvados del colectivo Los Carpinteros tensionan la idea de la arquitectura como símbolo de poder y estabilidad.

Propuesta de Elo Vega y Rogelio López Cuenca para La lechuza de Minervas/Cortesía Círculo Bellas Artes

Hay piezas que dialogan de forma más directa con el contexto político y social, como la intervención de Regina Silveira con The Saint’s Paradox, una obra que conecta relatos históricos de Europa y América Latina para señalar continuidades incómodas entre poder, religión y militarismo.

La gran fiesta de cumpleaños tendrá lugar el 9 de mayo, coincidiendo con el Día de Europa. Mientras tanto, la celebración se completa con un programa de Artes Vivas y Meditación, con acciones que van desde performances que utilizan el cuerpo como único material, como Guards Kissing de Tino Sehgal o Rey del sueño de los artistas Pedro G. Romero con Perrate, hasta lecturas en espacios habitualmente reservados.

Entre ellas destaca la Sala de Billares, donde la artista y poeta María Salgado realizará una lectura nocturna de su último libro, Lírica, acompañada de la cantante y compositora Eddi Circa. Hay, además, un gesto significativo en el intento de recuperar una obra desaparecida de Nancy Spero en la azotea. Una suerte de arqueología material que introduce una memoria incompleta, hecha de ausencias y rastros. Por algo el centenario no se plantea como un relato cerrado, sino como una investigación abierta.

Eclosión y La lechuza de Minerva funcionan casi como dos movimientos de una misma pieza. La primera reconstruye un momento en que el Círculo se redefinió como espacio de libertad y experimentación. La segunda pone a prueba esa herencia, preguntándose qué queda de ella y cómo puede actualizarse.

Entre ambas aparece una institución que no termina de acomodarse en una identidad fija. Quizá por eso la efeméride no se presenta como una celebración complaciente, sino como un evento reflexivo que observa el camino recorrido y se cuestiona para seguir avanzando.

Porque si algo sugiere el Círculo de Bellas Artes, cien años después de su fundación, es que las instituciones más vivas son aquellas que permanecen libres y no se instalan en la comodidad.