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Al sur de Europa, la tierra se despeña como una rambla hasta las columnas de Hércules y Mediterráneo. Agua turquesa, volcanes yermos y lunas llenas. Tragedias y amores imposibles de Lorca y Goytisolo. Una tierra bajo el sol que aprende a vivir de manera sostenible sin dar la espalda a su propia naturaleza siempre al límite. Este es un viaje en busca de algunas de las personas que hace posible ese cambio. Un viaje sobre sostenibilidad, queso, artesanía, fotografía, arquitectura y oro, mucho, oro (del verde).

El Visionario

Rafael Alonso / Aceite de oliva virgen extra ecológico / Tabernas

Rafael Alonso – Fotografía de Iñigo de Amescua

Avanzamos despacio en medio de una densa nube de polvo blanquecino. La furgoneta a la que seguimos desaparece por momentos según nos adentramos en el sinuoso camino de tierra que nos lleva hasta unas laderas parduzcas en el desierto de Tabernas. A los lados de la carretera, y extendiéndose tan lejos como nos llega la vista, hileras perfectas de olivos con los troncos amarillos y las hojas de un verde pálido que parece apagarse en el sol aún duro de final del verano. Entre los troncos, casi flotando entre las ramas, como en un sueño, aparece una manada de caballos recios, negros, trotando bajo la sombra de los árboles.

Rafael Alonso detiene su coche y nos hace gestos para que bajemos. Se acercan a olisquear, rodeándonos poco a poco. En sus ojos oscuros veo reflejado el cielo azul sin una nube, las ramas y las pequeñas olivas. Los acariciamos según pasan a nuestro lado. Algunos se quedan mirándome fijamente, otros se ocultan tras los troncos de los olivos. ¿De dónde han salido? “Son asturcones”, aclara Rafael, alma máter y fundador de Aceites Oro del Desierto, firma reconocida como una de las mejores almazaras sostenibles y también como productora de algunos de los aceites de oliva virgen ecológicos con más calidad del mundo. De hecho, en 2023, es la cuarta mejor almazara ecológica del mundo según World’s Best Olive Oils y cuenta, entre otras distinciones, con un Premier (máximo reconocimiento) y por décimo año consecutivo han entrado en el Top 10 de los mejores aove ecológicos del mundo de la misma institución. También en 2023 la Asociación de Municipios del Olivar ha reconocido este olivar como el Más Sostenible de España.

Caballos y olivos – Fotografía de Iñigo de Amescua

Los caballos, que trajo de Asturias, son esenciales en su estrategia y una muestra perfecta de cómo ve el progreso. Por un lado, ayudan a mantener sano el olivar ya que se comen las malas hierbas, por otro se beneficia del abono que producen y, en tercer lugar, los visitantes nos beneficiamos del placer de contemplar a estos maravillosos animales correteando entre los árboles. “Nosotros no generamos residuos, sino subproductos”, afirma orgulloso Rafael. En ello también entran en juego estrategias como la de contar con la presencia de otros animales en el olivar, ovejas y cabras, o la de tener un palomar portátil que ayuda a controlar plagas (y a obtener más abono). Además, ha plantado encinas, cereales, algarrobos o palmeras para evitar los problemas normales de plagas en los monocultivos.

A estas iniciativas se suman otras que ayudan a maximizar el recurso más preciado en un desierto, el agua. En ese sentido, ha desarrollado diversos sistemas para, por un lado, garantizar la trazabilidad de cada remesa y para aprovechar la escasa lluvia filtrándola y almacenándola en sus propias albercas y desarrollando tecnología puntera que le permite gestionar el riego de la manera más eficaz posible. De hecho, ha creado, en colaboración con la Universidad de Almería, un software con patente propia cuyos algoritmos le permiten conocer la cantidad exacta de agua que necesita cada sección del olivar y proporcionársela cuando más lo necesita. Este sistema de riego, construido a unos centímetros bajo tierra, le ha permitido, además, comenzar a generar ingresos por su uso en otras explotaciones agrarias: “invertimos mucho tiempo y conocimiento en crear sistemas de riego propios, hacer estudios científicos… pero el tiempo nos está dando la razón”. La energía que utilizan está generada al 100% en sus instalaciones y es de origen sostenible también y con los residuos generados en el proceso de elaboración del aceite generan compost.

Olivos – Fotografía de Iñigo de Amescua

Alonso ha sido pionero en España por su concepción de lo que puede ser una explotación agraria. Llegó a este sector desde el mundo de la empresa al que se había dedicado de pleno. Pero su familia provenía del campo y al campo decidió volver él también. Eso sí no de cualquier manera. “Me tildaban de loco en el sector -relata- pero cuando regresé del mundo de los negocios me fui a Italia, a Grecia, viajé por Andalucía, por Cataluña… para ver qué hacían bien en cada sitio. Yo tenía una idea, elaborar un aceite premium para venderlo por calidad en los mercados de todo el mundo, implanté un carácter empresarial a un sistema agrícola”. Esta visión de negocio los ha llevado al punto de poder elaborar un aceite a medida en cuanto, por ejemplo, su contenido en polifenoles (con probadas propiedades antioxidantes) para que pueda ser utilizado por la industria farmacéutica en sus productos de alta exigencia.

Su olivar se puede visitar, tienen tienda donde comprar sus productos de primera mano, un restaurante en una antigua almazara y ofrecen alojamiento en Los Albardinales, un conjunto de casas rurales con diseño bioclimático para cuya construcción han restaurado viviendas de principios de los sesenta.

Según nos alejamos por la carretera que atraviesa el desierto, bajo la sombra de las ruinas del castillo árabe de Tabernas, resuena una de las reflexiones con las que Alonso, hombre de pocas palabras y con sus párpados entrecerrados por el sol, nos ha definido su forma de ver la vida: “Las mujeres de mi familia nos han legado muchos escritos. Esto es una fortuna. Para mi familia siempre ha sido muy importante leer y escribir. Formarse y ser bueno, es lo básico”.

El Tenaz

Baldo / Ceramista / Níjar

Baldomero García – Fotografía de Iñigo de Amescua

Desde el llano, pasada la cadena de montañas color ocre que separa el interior de Almería de la costa, se alza otra segunda cadena de picos de aspecto inhóspito en donde brotan algunos pueblos de casas blancas. Uno de ellos, con apariencia casi de oasis encaramado a la pendiente es Níjar. Considerado como uno de Los Pueblos Más Bonitos de España esta localidad ha destacado, desde tiempos inmemoriales por su artesanía, especialmente por la cerámica.

El taller de Baldomero García, cuya familia lleva siete generaciones dedicándose a producir maravillosas piezas siguiendo la tradición local, es uno de los pocos que quedan abiertos. Baldo trabaja solo ahora, en su taller, repleto de piezas secándose, a medio pintar y con su sencillo torno como centro de gravedad. “Los árabes hicieron de Níjar un importante centro de producción de cerámica porque en esta zona tenían a mano casi todo lo necesario… menos el color azul ya que no hay cobalto. Por aquí tenían óxido de cobre, manganeso, óxido de hierro, barro…”.

Y así, la cerámica producida en esta ciudad pervivió durante años hasta que, ya en el siglo pasado, la expansión del uso de nuevos materiales como el plástico, las migraciones masivas a la ciudad y las necesidades técnicas que surgen de los nuevos tiempos hacen que, como en muchos otros lugares, prácticamente haya desaparecido la producción de cerámica en esta localidad. “Hemos tenido que adaptar nuestro producto a una realidad muy distinta de la de mis padres. Tenemos que crear algo que, por un lado, sea respetuoso con la tradición y con su estética y, por otro, responda a nuevos condicionantes como la adaptación al uso en hornos microondas o en lavavajillas”.

Otro ejemplo de esta adaptación es que han dejado de producir con materiales como el selenio, el cadmio o el plomo, por su alta toxicidad. Además, ya no se usa prácticamente la arcilla típica de la zona. Antes la arcilla se formaba con la mezcla de dos tipos diferentes de barro, uno rojo, más sólido, y uno gris, más dúctil. “Es totalmente imposible mantener el modo de fabricación histórico. Tenemos que salir adelante y, para eso, es necesario adaptarse. Por ejemplo, hoy día nadie concibe tener una jarra que transpire como transpiraban las de antes porque al final de la comida la levantas y parte del vino está en la mesa…”.

Taller de Baldomero García – Fotografía de Iñigo de Amescua

Para Baldo la autenticidad pasa por cambiar y ser flexible y por mantener al máximo lo artesanal. “Antes, en Níjar, todo se hacía con barro rojo, con engogue (arcilla líquida), nuestros cuatro colores, esmalte… pero cuando comenzamos a intentar vender nuestro producto por Europa, viajando en una furgoneta, nos decían que era muy bonita pero que era muy primitiva, así que, para sobrevivir, decidimos que teníamos que cambiar nuestra forma de producción”.

Baldo, que lleva sentado horas al torno todos los días desde que tenía seis años, trabaja en un taller en el que aún se puede visitar uno de los antiguos hornos con una tecnología proveniente de época árabe. Está compuesto por dos cámaras, caldera, un espacio para la leña, otro para el barro líquido… Un taller donde se mezcla el pasado y el presente de una artesanía que está cerca de desaparecer con toda la luz y la historia aún vibrando en cada una de sus piezas ordenadas en estanterías. Más aún porque ahora, en tiempos de pandemia, se enfrenta a otro desafío justo cuando estaba empezando a superar el enorme golpe que fue la crisis de 2008 cuando casi todo su negocio desapareció de la noche a la mañana. “Para nosotros la venta por correo es complicada porque nuestro producto es muy frágil y debemos tener mucho con que no parezca que los hemos tirado desde un sexto piso”. Aún así, sus tiendas, tanto la que tiene a pie de calle en Níjar como la de su página web, son fundamentales para el mantenimiento de su negocio. 

Los Colonos

Almudena y Umberto. Cortijo La Tenada.

Cortijo La Tenada – Fotografía de Iñigo de Amescua

El cortijo es casi imposible de ver desde la estrecha carretera que conecta Fernán Pérez y Los Albaricoques. El sol cae sobre la llanura con la fuerza con la que solo cae en el cabo de Níjar. Caminos de polvo blanco se adentran en el dominio de retamas, atochas y agaves. Estamos en uno de los corazones históricos, dramáticos y cinematográficos de la Andalucía mítica. Esa Almería que se conecta por dentro con el sur de los Estados Unidos, con el Atlas, con Juan Rulfo, con Sergio Leone y con Lorca. Ramblas, barrancos y cañadas que parecen cicatrices de tierra quedan marcados con balates realizados a base de poner una piedra sobre otra a mano y sin mortero. Los muretes tratan de contener unas tierras en las que poco crece más allá de las matas salvajes. La Tenada, casi mimetizada entre las colinas, conecta diferentes épocas con su nuevo blanco reluciente. Una puerta que une un pasado de aislamiento e íntima conexión con un medio ambiente árido y duro con un presente que necesita ser respetuoso con el hábitat y abrirse al mundo con conciencia.

La Tenada es, más que nada, el sueño de una pareja, que ya es familia, y que ha hecho suyo este paraje cegador que es Mediterráneo y es Europa y es África también. Son Almudena (arquitecta y responsable del proyecto) y Umberto (diseñador). Conversamos en las afueras de su casa: “Nos encontramos esta edificación totalmente en ruinas. Al principio intentamos aprovechar algo de lo que había, pero fue casi imposible. Ahora miramos para atrás y vemos lo complicado que fue el proyecto ya desde el principio. Estábamos como cabras… no se cómo se nos ocurrió meternos en esta aventura, la gente miraba las ruinas y nos decía: ¿Pero váis a vivir ahí? y al final, mira, salió fantástico”.

Cortijo de La Tenada – Fotografía de Iñigo de Amescua

Su historia recuerda a las de los pioneros que viajaban hacia el oeste de los EE. UU. buscando un lugar donde poder echar raíces, pero en el siglo XXI: “Peinamos toda esta zona y muchas otras del sur de España, Canarias… cuando íbamos de vacaciones siempre íbamos buscando y decidimos que esta zona nos enamoró. ¿Sabes cuando llegas a un sitio y lo ves claro? Es un espacio maravilloso con unas vistas muy bonitas y lleno de vegetación”. Toda la construcción del Cortijo de La Tenada fue lo más respetuosa posible con el medio ambiente, con las tradiciones locales y con un proyecto en el que tratan de reunir sus “cuatro pilares para hacer arquitectura sostenible”: diseño bioclimático, materiales ecológicos, energías renovables y gestión del agua. Por ejemplo, los bloques con las que está hecha la casa están formados por un tipo de adobe compuesto por tierra, cal y cáñamo. La huella de carbono, además, es mínima porque hasta la misma confección de estos bloques está hecha de manera manual en un pueblo cercano.

Uno de los mayores atractivos del Cortijo La Tenada es que está en el medio de una zona perfecta para comprender la historia reciente del Almería, el Valle del Hornillo. En el área que rodea al mismo podemos disfrutar de una completa gama de ejemplos de cómo sus habitantes se han relacionado con el medio, lo han ocupado y lo han hecho suyo. Muy cerca se pueden visitar restos arquitectónicos de antiguas explotaciones agrarias como aljibes, hornos, pozos, silos… así como minas o antiguas misiones. Es el caso del famoso Cortijo del Fraile donde se aúnan crónica de sucesos, amor maldito, literatura, dejación en el cuidado del patrimonio histórico por parte de propietarios e instituciones (se encuentra en la lista roja del patrimonio en peligro) y épicas películas del oeste.

Cortijo de La Tenada – Fotografía de Iñigo de Amescua

Este lugar saltó a la fama a finales de los años 30 debido al asesinato que se conoció como el Crimen de Níjar y que sirvió de inspiración para la novela Puñal de claveles de la periodista Carmen de Burgos y para Bodas de Sangre de Lorca: “La luna deja un cuchillo / abandonado en el aire, / que siendo acecho de plomo / quiere ser dolor de sangre.” Además, sirvió como set de rodaje para algunas de las mejores películas de Sergio Leone y Clint Eastwood como La muerte tenía un precio.

El ejemplo del trabajo de Almudena y Umberto en su Tenada, realizado con tanto cariño, respeto por la cultura local y compromiso con el medio ambiente, hace palidecer aún más la nefasta labor de los responsables de un conjunto, reconocido como Bien de Interés Cultural, que debiera servir como reconocimiento al trabajo de decenas de generaciones de almerienses y contribuir a la mejor comprensión de una forma de vida muy árida que, además, es aún muy reciente.  

Los Artesanos del queso

Juan Enrique Reverte.  Quesos Seronés Artesano.

Juan Enrique Reverte – Fotografía de Iñigo de Amescua

“Esta zona tiene una gran tradición en cuanto a la elaboración de jamón y embutidos, pero no se producía queso… Pensamos que era nuestra oportunidad y nos pusimos manos a la obra” nos cuenta Juan Enrique, gorro, máscara, mandil blanco, guantes y sonrisa intuida bajo la parafernalia de pandemia y protocolo alimentario. Estamos en el interior de la pequeña quesería artesanal de la que es cofundador. Habla poco mientras trabaja sin parar junto a otras dos personas: “Disculpad, pero tenemos que terminar con esto antes de que se eche a perder”.

Los tres parecen interpretar una coreografía perfecta con la seguridad y la exactitud que da hacer algo que se ha practicado cientos de veces: limpiar, meter el queso en sus moldes lo más rápido posible, almacenar, escurrir, cuajar, lavar los moldes… Todo con una concentración máxima, casi sin intercambiar palabra; juegan de memoria, como un buen equipo.

Él lo cuenta de manera sencilla pero lo que han logrado no es nada fácil. En solo unos pocos años de historia (comenzaron a producir en el 2015) han logrado, no solo elaborar un producto artesanal de primera calidad, sino que, además, han conquistado un reconocimiento internacional que puede sorprender a cualquiera que no los conozca de primera mano. La idea es sencilla pero muy complicada a la vez: elaborar quesos de la manera más artesanal, consciente y local posible.

Quesos Seronés – Fotografía de Iñigo de Amescua

Las cabras que les proporcionan su materia prima son de la raza autóctona, denominada como murciano-granadina, y pastan en las montañas que rodean este Valle del Almanzora, entre Granada y Almería. A la espalda de Serón está la Sierra de Los Filabres, la cadena montañosa más grande de la provincia de Almería. Los ganaderos son locales y todo se produce allí mismo, en Serón, localidad de casas blancas y castillo nazarí encaramada a un risco oteando un horizonte de montañas pardas, árboles y tierras de cultivo. Precisamente con el fin controlar este valle, los musulmanes construyeron aquí, en el siglo XIII, su castillo y la ciudad de calles estrechas y cuestas pronunciadas que creció a sus faldas. Y, desde el interior de Almería, al mundo.

El proceso de elaboración se completa en las cavas que tienen en sus mismas instalaciones, un verdadero paraíso del queso en el que el olor intenso te rodea desde cada repisa. Allí se quedan, en condiciones controladas de humedad y temperatura, hasta que cada uno de ellos esté bien afinado. Después se añaden especias como el tomillo, naranja, pimienta, pimentón, romero… o incluso se mezcla con otras delicias como el jamón, la trufa, las almendras, el vino tinto o las nueces ya sean frescos, curados o semicurados.

De hecho, ha sido denominado como uno de los mejores quesos del mundo, medalla de bronce y plata en los World Cheese Awards y Premio Andanatura al Mejor Producto de un Espacio Natural. Además, han elaborado el queso artesano más grande de la península para el que han utilizado 800 litros de leche de cabra. Un producto de primera calidad que, una vez en casa, a cientos de kilómetros, es capaz de transportarte a los montes de Almería, a las esporádicas encinas, a los breves bosques de alcornoques o las endémicas centaureas o alfilerillos.

El Fotógrafo

Centro Pérez-Siquier

Centro Pérez-Siquier – Fotografía del Centro Pérez-Siquier

En medio del valle del Almanzora se levanta un conjunto de edificios que brilla de un blanco cegador bajo el sol hondo del verano almeriense. Con los ojos entrecerrados casi parece un cortijo minimalista de verjas azul cielo que no quiere llamar la atención. Son las sedes del Museo Ibáñez y del Museo Pérez-Siquier. El primero de ellos alberga una de las colecciones de arte contemporáneo más grandes de Andalucía con obras de Sorolla, Zuloaga o Benlliure. El segundo de ellos es uno de los escasos museos dedicados a la fotografía en toda España, donde seguimos sin poder contar con un museo especializado en este arte que reconozca y ponga en valor su importancia expresiva y su importancia a la hora de interpretar nuestro pasado y nuestro presente.

En este caso, como su nombre indica, este museo dedica especial atención a la obra del fotógrafo andaluz Carlos Pérez-Siquier, una figura de importancia vital no solo ya en el desarrollo de este arte en España si no en Europa. Su trabajo parte del neorrealismo de proyectos como el que hizo sobre el barrio almeriense de La Chanca hasta el pop playero en color precursor del trabajo de otras figuras europeas como Martin Parr. Además, fue uno de los creadores de la revista AFAL que sirvió de inesperada tribuna para la brillante escena española de la época Joan Colom, Cualladó, Paco Gómez, Masats, Oriol Maspons, Ricard Terré, Catalá Roca, Gerardo Vielba, Miserachs, Francisco Ontañón… y que mereció una reciente exposición en el Museo Reina Sofía de Madrid. Su museo en Olula del Río es una extraordinaria puerta para conocer tanto sus propios proyectos como los del resto de fotógrafos miembros de una generación sobresaliente.

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