Resulta difícil encontrar una ciudad española con tal cantidad de patrimonio cultural concentrado en sus calles. No es ninguna casualidad que Úbeda fuese protegida por la Unesco desde 2003 reconociendo su portentoso entorno urbanístico definido especialmente por sus edificios de época renacentista que marcan el esplendor de esta ciudad: las cortes de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II dejaron su indeleble huella en la localidad andaluza.  

Una ruta por el casco histórico de Úbeda 

Úbeda
Sacra Capilla del Salvador. Fuente: Unsplash

Cuenta la leyenda que uno de los más importantes capitanes del ejército de Fernando III no acudió a su cita con la batalla que iba a tener lugar en Úbeda allá por 1233, cuando los católicos trataban de retomar el control de la ciudad ante los almohades. Cuando Álvar Fáñez, que así se llamaba, reapareció, la ciudad ya había sido tomado. ¿Y dónde estabas, Fáñez, que llegas cuando todo terminó? Bueno, es que… me perdí por los cerros de Úbeda

No se sabe a ciencia cierta que quería decir realmente el tal Fáñez —una de las versiones sugiere que había quedado con una mora antes de la batalla y que el encuentro se alargó más de la cuenta— pero lo cierto es que la disculpa produjo mucha guasa entre las tropas triunfantes, tanta que ha llegado hasta nuestros días como sinónimo de evasiva o ambigüedad. 


Nuestra ruta por Úbeda empieza justamente ante los cerros de la localidad jienense, un mar de olivos verdes mecido por el viento del sur por los que, sin duda, apetece perderse un rato, sobre todo si con ello evitamos empuñar una espada.  

Y una de las mejores maneras de admirarlos es desde los miradores del sureste de la ciudad, especialmente el mirador del Alcázar o el propio Paseo de la Redonda de Miradores. Desde aquí se puede disfrutar de un entrañable paisaje de la campiña de Jaén y las pequeñas colinas del Valle del Guadalquivir enmarcadas por la Sierra Mágina y la Sierra de Cazorla.  

Úbeda
Úbeda. Fuente: Wikipedia

Volvemos la vista ahora hacia el interior entrando en Úbeda a través de la Puerta de Granada, aquella por la que, según cuenta otra popular leyenda, salió Isabel la Católica rumbo al sur para doblegar Baza en el reino nazarí: dicen que fue en Úbeda cuando hizo su famoso y poco decoroso juramento: “no me cambiaré de camisa hasta que conquistemos Granada”

Seguimos hacia el norte para adentrarnos en el casco histórico partiendo de la plaza del Ayuntamiento donde se encuentra el Centro de Interpretación Andrés de Vandelvira en el palacio Juan Vázquez de Molina, el arquitecto que convirtió Úbeda en una joya del Renacimiento español en el siglo XVI, época en la que la ciudad jienense se convirtió en una de las localidades más importantes del sur peninsular. 

Al otro lado de la plaza de Vázquez de Molina admiramos la basílica de Santa María de los Reales Alcázares, una de las joyas de Úbeda. Conocida como ‘la maldita’ por la cantidad de restauraciones a la que ha sido sometida desde su fundación en el XIII, actualmente brilla justamente por esa combinación de estilos, entre el gótico, el mudéjar, el renacentista y el barroco. 

Úbeda
Basílica de Santa María de los Reales Alcázares. Fuente: Wikipedia

Y en el extremo oriental de la plaza de Vázquez de Molina se ubica la Sacra Capilla del Salvador, el edificio más querido por los ubetenses, definido por su insólita portada diseñada por Diego de Siloé, al que conocemos por sus obras en Burgos o Granada, y llevada a cabo por el propio Vandelvira.  

Concebido como panteón para Francisco de los Cobos, secretario de Estado de Carlos I, y anexo a su palacio, hoy es considerada la construcción más ambiciosa de la arquitectura religiosa privada de todo el Renacimiento español

Seguimos ahora ruta hacia el norte, hacia el otro lado de la plaza del Ayuntamiento, donde nos encontramos con varios palacios como el de Vela de los Cobos con sus hermosas ventanas esquineras, uno de los mejores testimonios de la inabarcable arquitectura palaciega ubetense.

Mientras la vecina Baeza se convirtió en la sede del poder eclesiástico, Úbeda lo fue del poder civil, definido por este elevado número de edificios residenciales —se han contabilizado más de 100 palacios— de la incipiente burguesía ubetense.  

Los barrios de Úbeda 

Úbeda
El deslumbrante patio del Hospital de Santiago. Fuente: Unsplash

Nos desplazamos ahora hacia el oeste de la ciudad para conocer el barrio de San Isidoro donde se encuentra una de las grandes joyas arquitectónicas de Úbeda, el Hospital de Santiago trazado por el omnipresente Andrés de Vandelvira. El hecho de encontrarse fuera del casco histórico lo explica su primera función: se trataba de un hospital para leprosos.  

Pese a ello, se no se repararon en gastos, convirtiéndose en uno de los edificios hospitalarios más impresionantes de su época hasta el punto de que llegó a conocerse como el ‘Escorial andaluz’. Su patio interior es una joya que rememora algunas de las grandes obras del Renacimiento italiano

Nos vamos ahora al norte de Úbeda para conocer los barrios de San Pablo y San Nicolás donde seguimos disfrutando de palacios como el de los Porceles o el de los Bussianos para detenernos un rato en el mercado de abastos admirando el género siempre apetitoso procedente de la campiña jienense. En esta zona se halla también el Centro de Interpretación Olivar y Aceite.

Úbeda
No hay pérdida, son los cerros de Úbeda. Fuente: Unsplash

Si seguimos ruta hacia el este de la ciudad llegamos a los barrios de San Millán y Santo Tomás, por donde trascurre la calle Valencia, famosa por su producción artesanal, especialmente cerámica. Y un poco más al sur disfrutamos del parque del Carmen, antesala de nuestra penúltima parada en Úbeda donde rendimos homenaje a Juan de la Cruz que murió en la localidad andaluza el 14 de diciembre de 1591.

El Museo de San Juan de la Cruz, ubicado en la Casa de Espiritualidad Carmelitas Descalzos, recrea la celda donde pasó su última noche además de numerosos escritos, documentos y obras que nos recuerdan la trayectoria de unos de los poetas más importantes de la historia de la literatura castellana. 

Y después de tanto monumento, tanta historia y tanto palacio, nos vamos a descansar la vista al punto de partida, a la Redonda de Miradores. Pero esta vez no nos contentamos con mirar desde lo alto, esta vez seguimos el espíritu de aquel Álvar Fáñez y deambulamos un rato entre olivos y sueños confiando en que la guerra haya terminado cuando regresemos.

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