Fundada en 1062 por Yúsuf ibn Tašufín, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides, Marrakech es la ciudad más importante del sur de Marruecos y uno de los centros turísticos más relevantes del norte de África. Conocida como la ciudad roja por el material de construcción usado en buena parte de sus edificios, combina una efervescente medina de plazas, zocos y callejuelas con elegantes y sofisticados barrios en los que vive la moderna élite marroquí.  

Marrakech en 48 horas: el norte de Jemaa el Fna 

Marrakech
Marrakech. Fuente: Unsplash

Nuestra ruta de dos días en Marrakech arranca en el centro de la antigua medina amurallada, en la plaza Jemaa el Fna, el lugar más emblemático de la ciudad y punto de encuentro de muchos marrakechíes. Todo lo que te puedas imaginar y un poco más sucede en esta plaza envuelta en un fascinante caos que nos anuncia que esta ciudad no es como las demás.  

Y es que Jemaa el Fna es una suerte de escenario en el que observar insólitos episodios de la vida de la ciudad. Recomendamos también visitar la plaza de noche, cuando se llena de puestos de comida que esparcen fragancias embriagadoras a las que no es posible resistirse. 


Alrededor de Jemaa el Fnaa se ubican restaurantes, tiendas y riads —tradicionales casas marroquíes convertidas actualmente en hoteles en muchos casos— además de ser la puerta a los diferentes zocos de Marrakech, nuestra siguiente parada. Perderse en el laberinto de los suqs marrakechíes es otro clásico de la ciudad. Organizados en gremios y con ocho siglos de historia, en estos zocos podrás encontrar diversos tesoros artesanales por los que, por supuesto, tendrás que regatear

Marrakech
Marrakech. Fuente: Unsplash

Tras dejar el zoco, seguimos nuestra ruta hacia el norte callejeando hasta llegar al Jardín Secreto, un oasis en medio del hervidero marrakechí. El origen de este paradisiaco palacio de estilo árabo-andalusí está en el siglo XVI, en la época de la dinastía saadí. Tras su reconstrucción en el XIX volvió a abandonarse durante más de 80 años, hasta que en 2016 fue restaurado por el paisajista británico Tom Stuart-Smith

A cinco minutos al este del Jardín Secreto encontramos la madrasa Ben Youssef, la escuela musulmana de estudios superiores más grande de Marruecos. Fundada en el siglo XIV, servía como lugar de estudio del Corán para cientos de estudiantes que se alojaban en sus más de cien celdas. El patio y la sala de rezo son los espacios más espectaculares del recinto

Marrakech
Madrasa de Ben Youssef en Marrakech. Fuente: Unsplash

Nuestra siguiente parada está a una media hora al norte de la madrasa Ben Youssef, así que, o bien podemos tomar un taxi, o mejor seguir callejeando si vamos bien de tiempo. Se trata de los Jardines Majorelle, otro oasis verde y azul en Marrakech diseñados en 1924 por el pintor Jacques Majorelle siendo adquirido en 1980 por el mítico modisto Yves Saint Laurent que se encargó de su mantenimiento. Hoy acoge también un museo y un memorial dedicado al modisto francés nacido en la vecina Argelia, una de las visitas más curiosas que podemos hacer en Marrakech. 

Y para terminar nuestro primer día en la ciudad roja, tres opciones: podemos coger un taxi y ver el atardecer recorriendo el Palmeral que se ubica al este de la ciudad, darnos una vuelta por Guéliz o Hivernage, los barrios más sofisticados de la Ville Nouvelle marrakechí, o bien regresar sobre nuestros pasos para vivir la noche en Jemaa el Fna

Marrakech en 48 horas: el sur de Jemaa el Fna 

Marrakech
La torre de la mezquita de Kutubía ante la cordillera del Atlas. Fuente: Unsplash

Comenzamos nuestro segundo día en Marrakech admirando la mezquita Kutubía, a un paso de la plaza. Construida en el siglo XII es célebre por su minarete, el edificio más alto de la ciudad con sus casi 80 metros, sirviendo de referencia para la Giralda de Sevilla o la Torre Hasan en Rabat. Nos dirigimos ahora hacia el este para visitar el Museo Dar Si Said, el más antiguo de Marrakech. Ubicado en un palacio del XIX, nos ofrece un recorrido por las prestigiosas artes decorativas marroquíes.  

A diez minutos al sur alcanzamos el Palacio de la Bahía construido en el XIX por un visir de la corte real con la intención de ser el ‘más grande de todos los tiempos’: ocupa nada menos que 8 hectáreas de superficie y suma 150 habitaciones. Pero lo más espectacular del recinto son sus fascinantes patios de jardines, piscinas y fuentes, un testimonio del lujo decimonónico marrakechí. 

Ya que estamos en el Palacio de la Bahía no podemos perder la oportunidad de callejear por Mellah, el antiguo barrio judío de Marrakech cuyo origen está en el siglo XVI cuando muchos judíos llegaron a la ciudad procedentes de España tras la expulsión decretada por los Reyes Católicos. La sinagoga Salat Al Azama y el cementerio son dos de los testimonios de esta comunidad judía marrakechí de la que ahora apenas queda un centenar de miembros.

Marrakech
Uno de los patios del Palacio de la Bahía. Fuente: Unsplash

Nos vamos ahora hacia el oeste, cruzando la Plaza des Ferblantiers, para llegar al Palacio Badi, uno de los iconos históricos de la ciudad. Edificado en la segunda mitad del siglo XVI por el sultán Ahmed el Mansour, el más importante de la dinastía saadí, las paredes y los techos de parte del edificio estaban recubiertos de oro procedente de Tombuctú. Este esplendor solo duró 100 años ya que fue saqueado y abandono tras el traslado de la capital imperial a Meknés.

Nos vamos adentrando en la Kasbah, el barrio al suroeste de la vieja medina donde encontramos las tumbas saadíes, para muchos la visita más espectacular y misteriosa de Marrakech. Y es que el edificio que alberga el mausoleo de la dinastía saadí está escondido en una suerte de laberinto que no fue localizado hasta 1917 cuando unos oficiales franceses indagaron las curiosas tejas verdes que sobresalían entre las viviendas humildes del barrio. 

Marrakech
Tumbas saadíes. Fuente: Wikipedia

A lo largo del mausoleo nos adentraremos en fascinantes salas como la de los Tres Nichos, el Mihrab o la Sala de las Doce Columnas, espacios delicadamente decorados con estucos policromados, madera dorada y mármol de Carrara. 

Y nuestra última parada en este viaje de 48 horas a Marrakech es la puerta de Bab Agnaou, las más espectacular de la muralla, una impresionante estructura de 15 kilómetros que protegía la vieja medina marrakechí. Esta puerta fue construida en el XII, en época almohade, siendo la puerta de entrada a la kasbah real de la parte sur de la medina. Una estampa inolvidable desde donde nos despedimos de la siempre embriagadora ciudad roja. 

1 Comentario

  1. Yo viajo cada año a Marruecos y en efecto,es un país maravilloso,con estructuras y decoraciones que son unas verdaderas joyas,elegantes y esplendorosas,su comida las mejores que he probado,ya que tienen una amplia variedad de platos todos con sabores exquisitos,su cultura y sus costumbres muy curiosas pero a la vez tienen una educación muy buena donde las personas mayores son las más queridas y respetadas,su gente es amable, muy educada y hospitalaria que te dan lo que tienen para hacerte sentir como en tu propia casa,sus casas la gran mayoría son grandes y con ese estilo árabe que las hace muy particular,todas a las casas que he visitado son preciosas.Marruecos es un encanto de país,actualmente está en constante crecimiento.En Marruecos no hay por donde aburrirse,se pueden visitar riads,edificaciones con muchos años de historia y tienen una muy amplia bellezas naturales con unos hermosos y conservados paisajes.Las frutas y las verduras que cosechan tienen muy buen sabor lo que creo que hace que sus comidas sean de lo mejor que he probado porque lo que cosechan no están genéticamente modificadas a los campos que he visitado aún siguen cosechando de forma tradicional y usando productos naturales para combatir las plagas. Marruecos es sin duda un país del que nunca me cansaré de visitar.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here