Hiroshima está en todas las guías de viaje a Japón, es uno de esos destinos imprescindibles del país oriental. La tragedia que vivió la ciudad hace siete décadas traspasa fronteras, culturas e ideologías y todos los viajeros quieren conocer uno de los lugares que marcaron el devenir del siglo más sangriento de la historia de la humanidad. Hiroshima no es la ciudad más bella de Japón, no es la apabullante Tokio ni la espiritual Kioto, pero es un destino ineludible: en Hiroshima te sientes más cerca de los japoneses y del resto de la humanidad.

Hiroshima
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Uno de los primeros datos que sorprende al viajero que llega a Hiroshima es la extensión de la ciudad: más de 900 kilómetros cuadrados en los que viven algo más de 1.3 millones de personas. Cuando bajamos del shinkansen no notamos nada extraordinario que distinga esta urbe de otros de los grandes gigantes de Japón: mucha gente, un ritmo frenético y un gran sentido del orden.

Pero al contrario de lo que sucede en esas otras ciudades, el viajero que nunca ha estado en Hiroshima dirige sus pasos a un mismo punto: la cúpula Genbaku a la orilla del Motoyasu, uno de los siete brazos que dividen la ciudad en seis islas y que desemboca en la bahía de Hiroshima.


La cúpula Genbaku se ha convertido en un símbolo mundial: barbarie y desolación, paz y concordia. A buen seguro que el arquitecto checo Jan Letzel no imaginó la trascendencia que tendría en el futuro su diseño para el edificio de la Exposición Comercial de la Prefectura de Hiroshima inaugurado en agosto de 1915, mientras al otro lado del mundo miles de personas morían en un conflicto bélico que sería la antesala de lo que sucedería 30 años después en todo el planeta.

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Genbaku es actualmente el Memorial de la Paz de Hiroshima y es también el monumento más fotografiado de la ciudad. Es común ver a turistas petrificados ante la cúpula, tratando de imaginar lo inimaginable: la devastación de aquel fatídico 6 de agosto de 1945.

Y también es común ver a otros turistas —incluso a los mismos que minutos antes se mostraban compungidos— tratando de encontrar el mejor encuadre para la foto de rigor, haciéndose un selfie o sonriendo ante alguna que otra broma. Tal vez sea también una manera de marcar distancia ante un suceso que sigue siendo inasumible.

Se estima que en agosto de 1945 vivían en Hiroshima algo más de 250.000 personas. Algunas fuentes cifran en 200.000 los muertos entre las personas que murieron en el acto o en días posteriores además de las que padecieron cánceres y otras enfermedades derivadas de la radiación en los cinco años posteriores. Podríamos seguir dando datos siniestros, pero para qué… Queremos creer que la mayor parte del mundo tomó nota tras la tragedia y se planteó la absoluta obligación de no repetir tamaña insensatez.

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Al otro lado del río, el viajero se acerca al Parque Memorial de la Paz de Hiroshima donde se encuentra el Museo de la Paz, un espacio de visita obligada en el que se hace un recorrido extraordinariamente bien documentado sobre las horas previas al desastre y todo lo que vino después. Algunas de las imágenes no son aptas para todos los públicos, como se suele decir. Sin embargo, es común tropezarse con muchos colegiales japoneses que han acudido con sus profesores: la memoria es un elemento fundamental de la cultura nipona que se inculca desde muy pronto y en Hiroshima hay mucho que recordar.

“Descansad en paz pues el error jamás se repetirá”

En las proximidades del museo encontramos otros hitos que, casi siempre, llevan el mismo apellido: «paz». Tenemos el cenotafio de hormigón del arquitecto Tange Kenzo dedicado a las 200.000 víctimas y que es otro de los monumentos más fotografiados del lugar ya que ofrece una panorámica magnífica con la cúpula Genbaku en uno de los extremos. Su lema “descansad en paz, el error no se repetirá” no necesita explicación.

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También destaca el Monumento a la Paz de los Niños construido en honor de Sadako, la niña con leucemia que no pudo curarse a pesar de su deseo: sus amigos terminaron las mil grullas que ella empezó a elaborar en vida. Hoy, el monumento sigue llenándose de grullas de papel para homenajear a todos aquellos niños que padecieron en primera persona la devastación perdiendo a sus familiares o sus propias vidas.

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La Campana de la Paz, la Llama de la Paz… El viajero puede llegar a sentirse abrumado tras unas horas en el Parque Memorial, sobre todo si echa un vistazo a los últimos tres cuartos de siglo de historia. No ha caído otra bomba atómica, pero hemos jugado tantas veces con fuego —y las que nos quedan— que la palabra «paz» nunca sobra, especialmente en una ciudad como Hiroshima.

Más allá de la cúpula Genbaku

Un viajero occidental de viaje en Japón, a menudo con el tiempo justo para conocer un país de tantos atractivos como este, no suele reservar más de un día para la visita a Hiroshima. La cercanía de Miyajima es demasiado tentadora pero Hiroshima es, 75 años después de la bomba, una ciudad que late de vida y que mira orgullosa el porvenir. La rapidez con la que esta urbe se repuso de la tragedia es otra lección de esfuerzo: la legendaria capacidad de los japoneses para reinventarse encuentra en la actual Hiroshima un ejemplo único.

Pasear por sus calles repletas de tiendas y algarabía te recuerda que aquí viven miles de japoneses que no olvidan pero que también deben mirar al futuro. Y es que como en cualquier ciudad del resto del país siempre hay tiempo para disfrutar de su célebre gastronomía y hacer unas cuántas compras.

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Y no podemos dejar Hiroshima sin visitar su castillo. Situado al norte de la cúpula Genbaku en un delicioso parque, desde sus miradores se contempla otra perspectiva de una ciudad única. Destruido tras la explosión de la bomba, se reconstruyó pocos años más tarde tratando de mantener la fidelidad con el original del siglo XVI, algo que en realidad es bastante común en Japón ya que la mayoría de los templos son de madera y requieren reconstrucciones parciales o totales de forma periódica. Dentro del castillo podemos visitar el interesante Museo de Historia con la temática samurái como principal reclamo e incluso sacarnos algunas fotos vestidos como los legendarios guerreros nipones.


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Este 2020 se cumplirán 75 años de la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima, tres cuartos de siglo de una de las grandes tragedias de la historia de la humanidad. En su día se pensó en dejar la ciudad devastada como una siniestra advertencia a las generaciones futuras. Pero a la postre se tomó la decisión correcta: la vida se abre camino en cualquier escenario. Hiroshima volvió a vivir.

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