La aparición en escena de los cines comerciales y la consolidación de la cultura de la descarga han supuesto la desaparición y, en muchos otros casos, el olvido de los cines de siempre. Sí, esos con encanto, personalidad y auténtica esencia, donde el aroma a moqueta y la clásica decoración de escayola lo dominaban todo, cuya cartelera estaba muy lejos de alcanzar el ‘síndrome de la butaca vacía’.

Sin embargo, aún quedan algunos que, a pesar de los muchos inconvenientes y los escuetos presupuestos, se aferran a la escena cinéfila, ofreciendo una programación de lujo para los amantes del séptimo arte. Buen ejemplo de ello es la Filmoteca Española de Madrid, una institución con más de setenta años de historia, cuya misión es la conservación del legado fílmico español y su difusión a través del encantador Cine Doré, que hoy es un auténtico oasis para los amantes del cine.

Los orígenes de la Filmoteca Española

Cine Doré

Dependiente del Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales, la Filmoteca Española se creó en 1953, en un momento culturalmente alarmante, pues la mayoría del legado del cine mudo había desaparecido y, con él, una etapa valiosa de la historia del cine. La razón de ser de dicha institución no solo era poner todo su empeño en recuperar dichas muestras, sino también conservar el patrimonio existente y venidero.


Sesenta y siete años después, tiene en su haber algunas de esas joyas cinematográficas del cine de antaño, que ha restaurado (de hecho, continúa con su labor de recuperación) y conserva como los tesoros cinematográficos que son.

Pero además garantiza la preservación del legado fílmico que se ha producido desde su fundación, cuyo fondo alcanza los 25.000 ejemplares. Sin duda, todo un edén para los más cinéfilos y uno de los máximos exponentes de la riqueza cultural de nuestro país.

El Cine Doré, un santuario de los viejos clásicos

Sala del Cine Doré

Para dar a conocer el legado fílmico patrio más clásico que atesora la Filmoteca, se reabrieron, en 1989, las taquillas del Cine Doré, un tradicional local cinematográfico, antaño conocido como el Palacio de las Pipas, que se vio obligado a echar el cierre tras un periodo a la deriva, resultado de la transformación del barrio y su decadencia económica y la apertura de modernas salas de cine.

Al margen de esta pincelada histórica, lo cierto es que el Cine Doré sobrevive al paso del tiempo, al declive de los cines de siempre y las modas, constituyendo un lugar de referencia para los apasionados de las viejas proyecciones clásicas, aquellas que se hacían con más cariño que presupuesto. Y tiene más mérito porque lo hace en el mismísimo corazón de Madrid, en la callejuela de Santa Isabel, junto al castizo mercado de San Antón, camuflado entre las modernas construcciones y edificios que lo dominan.

Su exterior es uno de los máximos exponentes del modernismo de principios del siglo XX, y además conserva elementos originales como las espigadas columnas jónicas. Por su parte, el interior integra dos salas cubiertas y una al aire libre. En ellas se proyectan, de martes a domingo (los lunes cierra), clásicos del cine en versión original, aunque también acogen un buen número de ciclos temáticos. Así, este año lo comenzó con un ciclo consagrado a Federico Fellini y el desarrollo de una retrospectiva a la obra de Willian Wyler.

Fachada del Cine Doré.
Fuente: Wikipedia.

No obstante, su calendario mensual está de lo más repleto, constituyendo la dirección de referencia para los devotos del séptimo arte y los círculos cinéfilos. Por si fuera poco, acceder a todo este universo cinematográfico y cultural está al alcance de cualquier bolsillo, pues las entradas tienen un precio casi simbólico de 3 €.

Además de sus coquetas salas, tiene una prolífica biblioteca, que actualmente se encuentra en el Palacio Marqués de Perales, en la cercana calle de la Magdalena. Reúne todo el cine de España y del mundo de cualquier época, lo que la ha convertido en un lugar de culto para muchos cineastas, directores de cine, aficionados e incluso historiadores del cine español. Para reposar de tanto exceso cultural, nada como pasarse por la cafetería para deleitarse con uno de sus dulces.

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